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Ciencia

Un gran telescopio para explicar la furia del Sol (y ayudar a predecirla)

El pasado sábado un observatorio de la NASA capturó la imagen de una fulguración solar de clase X, como se llama a las más poderosas. Era la más reciente de una serie ocurrida en las últimas semanas en el Sol, que parece indicar que nuestra estrella se está despertando después de un ciclo de tranquilidad de once años. Estas tormentas magnéticas pueden afectar a las comunicaciones por radio, las redes eléctricas y las señales de navegación, poniendo en riesgo nuestro estilo de vida basado en la tecnología. Sin embargo, aún estamos lejos de comprenderlas del todo. No sabemos exactamente cuándo se producirán ni por qué.

El Telescopio Solar Europeo (EST, por sus siglas en inglés) intentará dar respuesta a este y otros misterios del Sol. Si el consorcio que lo promueve -la Asociación Europea de Telescopios Solares (EAST), compuesta por 18 países europeos-, recibe el apoyo necesario, está previsto que se empiece a construir en 2024 en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma, y que entre en funcionamiento en 2029. De momento, España se ha comprometido a financiar el 25% del proyecto, que costará 220 millones de euros. Algunos estados, como Suecia, Noruega, Portugal o la República Checa también lo han respaldado, aunque aún queda convencer a algunos de los socios más potentes, como Reino Unido, Alemania o Italia.

Si sale adelante, el EST será la mayor infraestructura de su clase en Europa. Tendrá un espejo primario de 4,2 metros de diámetro y una altura de 44 metros. El gigante sustituirá a los telescopios solares europeos cuya vida útil ya está llegando a su fin y tienen limitaciones a la hora de estudiar algunos de los fenómenos solares. Entre ellos, el ‘Gregor’ alemán, ahora mismo el más grande de Europa con un espejo de metro y medio de diámetro, casi tres veces más pequeño que el canario.

Los astrónomos esperan que la tecnología puntera del EST les proporcione una herramienta única para entender los campos magnéticos que llenan toda la atmósfera del Sol. «Estos campos se organizan a escalas espaciales muy pequeñas, de decenas de kilómetros, y son muy débiles. Interaccionan muy rápidamente entre sí, en cuestión de segundos. Con los telescopios actuales apenas conseguimos detectar sus señales y mucho menos estudiar cómo evolucionan», explica Luis Bellot, investigador científico del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). Sin embargo, por primera vez, esto sí será posible con el nuevo observatorio, con su espejo de grandes dimensiones, un sistema de óptica adaptativa avanzada e instrumentos especializados en observaciones de alta sensibilidad a lo largo del espectro visible e infrarrojo cercano.

Ahora mismo somos incapaces de predecir cúando va a ocurrir una fulguración solar y su intensidad

El 31 de agosto de 2012, un largo filamento de material solar que había estado flotando en la atmósfera del sol, la corona, estalló en el espacio

NASA/Centro de vuelo espacial Goddard
Daños en los satélites
Entender cómo interaccionan los campos magnéticos solares permitirá a los científicos conocer la atmósfera de nuestra estrella y resolver, por ejemplo, el misterio clásico de por qué la corona solar se encuentra a millones de grados mientras su superficie se sitúa a ‘solo’ 5.000, cuando, en teoría, debería ocurrir al contrario. Por otro lado, «el Sol es la única estrella que podemos estudiar con muchísimo detalle. Y si comprendemos los procesos que ocurre en el Sol, también comprenderemos los procesos en otras estrellas del Universo que no podemos observar directamente», añade.

La tercera razón es más práctica y tiene que ver con lo que se llama el tiempo espacial. El telescopio podría arrojar luz sobre las fulguraciones solares, radiación y partículas muy energéticas que son lanzadas súbitamente al espacio a velocidades cercanas a la de la luz y que, en ocasiones, están acompañadas de eyecciones de masa coronal, formadas por gas y campos magnéticos. Si estas últimas se dirigen hacia la Tierra, pueden producir tormentas geomagnéticas que causan apagones, interrumpen las comunicaciones por radio y producen daños en los satélites en órbita. «Hace poco hubo un problema con algunos de los Starlink de Elon Musk, cuyo lanzamiento coincidió con una tormenta geomagnética. Los satélites tuvieron más rozamiento del que se esperaba a esa altura y no consiguieron alcanzar la órbita», recuerda Bellot.

El Sol está espacialmente activo y sube a su máximo mucho más rápido de lo que pensábamos

«Ahora mismo somos incapaces de predecir cuándo va a ocurrir uno de estos fenómenos y su intensidad», reconoce el científico. Con el nuevo telescopio, «vamos a descubrir las condiciones y el proceso exacto que ocurren cuando una de estas fulguraciones tiene lugar». El telescopio no se dedicará a dar un ‘parte espacial’, pero será capaz de identificar al detalle la física solar, las configuraciones del campo magnético que producen las llamaradas, lo que servirá a otros observatorios para poder hacer esas predicciones.

Camino del máximo solar
Qué ocurre en el Sol es algo que comienza a estar de actualidad. Cada pocos días, la NASA advierte de una fulguración más potente que la anterior y las publicaciones de ciencia popular se hacen eco del fenómeno. Con todo, será difícil superar la fiebre de 2012, cuando el máximo solar se mezcló de forma delirante con interpretaciones erróneas del calendario maya sobre el fin del mundo. «Sí, el Sol está especialmente activo», admite el físico solar. «Cada once años, el Sol pasa de un mínimo a un máximo de actividad y luego vuelve a caer. Ahora está subiendo hacia el máximo, pero lo está haciendo mucho más rápido de lo que tenemos previsto. Estamos viendo manchas solares (regiones activas) bastante grandes en el Sol y se producen fulguraciones, algunas muy intensas y espectaculares, como las de clase X de los últimos días», apunta.

Una ocurrida el pasado viernes fue algo más suave, de clase M, pero estuvo seguida de una eyección de gas y campos magnéticos. Generalmente, en la Tierra ni nos enteramos, pero si estas nubes de plasma se dirigen hacia nosotros, pueden producir tormentas geomagnéticas. «Nos estamos acercando al máximo solar y cabe esperar más eyecciones. Cuando se observa una se intenta calcular su intensidad, cuándo llegará…», dice el investigador. Y se intenta actuar. Por ejemplo, «los operadores de satélites cambian su configuración y los rotan para protegerlos. O se envía instrucciones a la tripulación de la Estación Espacial Internacional (ISS) para que se resguarden en los módulos con mayor protección y eviten dosis letales de radiación», señala.

En cuanto a los apagones, las modernas redes eléctricas se han transformado para que sean más resistentes a estos fenómenos, por lo que «es difícil que haya un apagón grande que afecte a todo un país, pero sí pueden tener problemas». No es ciencia ficción. «Todas estas cosas son esperables en los próximos años», afirma Bellot. «No van a provocar que desaparezcamos de la Tierra, pero sí van a producir algunos efectos molestos para la sociedad tecnológica en la que vivimos y que tienen un gran impacto económico para las empresas», concluye

El nuevo telescopio podrá arrojar luz sobre todo eso y más. Todo lo que ocurre en el Sol nos influye de manera muy poderosa. Su luz nos alcanza en tan solo ocho minutos y su energía es fundamental para la vida en la Tierra. Es la única estrella que tenemos. Las demás son solo puntos en el Universo.

Dos telescopios cerca del Sol, ¿para qué uno nuevo en tierra?
Aunque en la actualidad hay dos naves muy cerca del Sol -la Parker Solar Probe de la NASA y la Solar Orbiter de la Agencia Espacial Europea (ESA)-, Bellot defiende la creación del Telescopio Solar Europeo en tierra. «Son instrumentos complementarios. Las naves espaciales pueden trabajar en longitudes de onda imposibles desde la Tierra y son muy certeras, pero no puedes colocar en el espacio un telescopio como el nuestro, de 4,2 metros de diámetro: el coste económico sería enorme y tendría grandes problemas térmicos», explica. Sin embargo, «necesitamos que sea grande porque queremos detectar estructuras muy pequeñas y muy débiles, que las misiones espaciales no pueden ver». Además, las infraestructuras terrestres permiten conseguir y almacenar un volumen de datos ingente. Y corregir fallos o mejorar sus instrumentos se puede hacer con facilidad, al contrario de lo que ocurre con un observatorio en el espacio.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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