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Ciencia

Las cigüeñas, las aves de costumbres más antropomorfas de nuestra fauna

Las cigüeñas blancas (
Ciconia ciconia
) son una de las aves más representativas de la fauna ibérica. Son inconfundibles por su tamaño y plumaje blanco, así como por su pico largo y apuntado de tonalidades rojizas o anaranjadas; muy intenso en el caso de los adultos, sucio en los ejemplares juveniles y prácticamente negro en los polluelos recién nacidos.

Estas zancudas pueden ser avistadas en nuestra geografía tanto en espacios abiertos, como pastizales, regadíos, campos agrícolas o humedales, como en los campanarios de nuestra España abandonada, en donde destacan por su gran porte y elegancia.

Las cigüeñas, que antaño tenía hábitos montaraces, han perdido todo atisbo de timidez y se ha acercado al Homo sapiens en busca de sustento y protección.

Animal de costumbres
Las cigüeñas permanecen en parejas monógamas a lo largo de toda la vida. Año tras año, cuando ya han cumplido los tres o cuatro años de vida, y con la llegada de la primavera, regresan a nuestro país, procedentes de tierras africanas en donde han pasado la dura invernada. Generalmente emigran hasta el centro subsahariano o bien hasta el sur del continente africano.

Al parecer es el macho el primero en regresar y lo hace apenas unos días antes que la hembra. Lo primero que hace es buscar el nido de años anteriores, con el cual poder dar seguridad a las crías, una vez localizado se acomoda y espera impaciente.

Cuando la pareja se ha reunido, y tras las salutaciones de rigor, dedican unas semanas a la reconstrucción del hogar, aportando los más diversos materiales, desde trapos hasta palos, pasando por ramas, papel y todo tipo de materiales que encuentran en el campo. Al final consiguen un nido voluminoso que puede llegar a tener hasta dos metros de diámetro y tres de profundidad.

Durante este tiempo no es infrecuente observar escenas cariñosas en las que los dos adultos se espulgan el uno al otro, un acto tierno que recuerda bastante los gestos amorosos de los Homo sapiens.

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Una vez que el nido se ha acondicionado comienza el periodo de apareamiento, corto, repetido e intenso que se acompaña de un sonido característico, conocido como crotoreo.

Previamente los ejemplares adultos han ejecutado una serie de patrones de comportamiento en el cortejo aéreo, consistentes en vuelos en paralelo y de forma sincronizada, en vuelos con movimiento en balanceo, en vuelos donde se emiten sonidos o en vuelos donde al menos uno de los miembros de la pareja tiene las infracobertoras extendidas, lo cual proporciona una sensación de cola blanca.

Ya en pleno apareamiento, el estruendo característico, producido al abrir y cerrar el pico, es acompañado de ciertas posturas en las que ambos ejemplares dejan caer las alas y echan el cuello hacia atrás, y que suele iniciarse con el macho caminando alrededor de la hembra.

A veces es ella la que invita al macho a la cópula, que se produce finalmente cuando monta en el dorso de la hembra, que se encuentra de pie, apoyando sus tarsos y enganchándose a los hombros, mientras ella mantiene el equilibrio como buenamente puede entreabriendo las alas. A reglón seguido el macho alternará el crotoreo con el picoteo en el cuello de su pareja.

El diente de las cigüeñas
La puesta consiste, normalmente, en cuatro huevos, que la hembra pone a intervalos de cuarenta y ocho horas. Es sabido que ambos padres participarán en la incubación, aunque es siempre la hembra la que asume las horas nocturnas, y lo harán gracias a la llamada placa de incubación, un parche de piel carente de plumas que tienen en la región ventral.

Tras un mes largo de incubación nacerán los esperados polluelos -los cigoñinos-, que con la ayuda de un único diente romperán la cáscara del huevo que les separa del mundanal ruido. Con el paso de los días ese diente –llamado ‘diente de huevo’- acabará desapareciendo, ya que carece de utilidad y, además, supondría un peso añadido a la hora de levantar el vuelo.

Los científicos han observado la existencia de cortejos post-nupciales entre el macho y la hembra y que se producen una vez que los polluelos son volantones, lo cual se ha interpretado como una forma de afianzar el vínculo entre la pareja de zancudas.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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