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Cine

John Waters, el viejo provocador que se convirtió su propio icono

En ‘Los asesinatos de mamá’, allá por 1994, John Waters escribió una de las líneas más básicas y limpias de su compleja y sórdida filmografía: «Me encanta Bill Cosby», dice Kathleen Turner para mostrar que es algo parecido a una perfecta ama de casa. Hoy en día la lectura de esa frase tendría tanta carga de profundidad que haría explotar varios resortes del espectador. Porque los límites, la provocación, son algo tan contemporáneo como vaporoso. Lo sabe bien el propio John Waters, icono de la sordidez en los setenta que ahora viaja por todo el mundo convertido en reverenciado cineasta pop.

Su última parada ha sido Madrid, donde ayer apadrinó el festival Rizoma, que visita por tercera vez. Aterrizó en la Plaza Mayor como un turista más, ataviado con vistosa chaqueta y su sempiterno bigote fino estilo años veinte –del pasado siglo–. Bajo esa apariencia siempre elegante, el enjuto veterano John Waters no parece ocultar una de las mentes más reviradas de la cultura popular. Su apariencia de tipo formal, su aburguesamiento de francés impostado y su educación exquisita son la coraza de un creador nacido para escandalizar al que el ‘slang’ –la jerga de los bajos fondos– se le escapa de vez en cuando.

Contra la corrección política
John Waters comenzó en las calles de Baltimore rodando cine ‘trahs’ y explícito con un grupo de gente en los límites que se agruparon bajo el nombre de ‘dreamlanders’. En realidad, eran más bien unos alborotadores a los que les gustaba provocar. Las vidas de algunos de ellos eran complejas, salvajes –como Divine, su amiga ‘drag’ e icono de lo ‘trash’ desde ‘Mondo Trasho’ y ‘Pink Flamingos’– mientras que otros solo buscaban soltarse las cadenas de la rutina. «Éramos jóvenes de los barrios residenciales que bajábamos al centro de Baltimore porque queríamos ser ‘beatniks’; nos juntábamos con bohemios, con gays, con heteros, con negros, con locos…», contaba Waters en un reciente encuentro en México. Ayer, en la charla de Madrid, no quiso profundizar mucho en más en aquellos días, «cansado», como Divine, de tener que hablar siempre de ‘Pink Flamingos’.

Prefirió hablar –preguntas de los organizadores y de la prensa mediantede–, de su faceta de coleccionista de arte y escritor, de cómo aconseja a los jóvenes cineastas y de la pretenciosidad de los que se autodenominan artista. Dejó un hueco, como no podía ser de otra manera, para disparar con bala al ‘mainstream’, ese al que llegó desde los más bajos fondos y del que se fue después de cobrar suculentos cheques con los que, vino a decir ayer, le permitió vivir más que holgadamente sin «haber trabajado nunca de verdad».

«Ahora es peor que antes por ese clima de corrección política. Ahora avisan de que se pueden herir sensibilidades», lamentó Waters después de soltar, sin atisbo de nostalgia, que «ese mundo de antes nunca va a volver». No se cortó, con la media sonrisa de ‘enfant terrible’ que todavía se le escapa, un ejemplo gráfico de cómo en las películas ahora utilizan vaginas de plástico para las escenas de sexo mientras un «coach de escenas íntimas» para que nadie se sienta incómodo. «Eso es mucho más grotesco, más siniestro», remató, presumiendo de que sigue trabajando «pese a esa corrección política».

Conocer el negocio del cine
John Waters ha podido hacer muchas cosas en el cine, casi todas tendentes a lo desagradable (la escena de Divine con una caca de perro fue su primer gran ‘hit’), pero lo que nunca ha hecho es el tonto. Tenía muy claro dónde quería llegar. Compraba el ‘Variety’ con catorce años y sabía cómo funcionaba el negocio detrás del arte. Sabía, y sigue sabiendo, que el ‘marketing’ y la imagen es tan importante como la propia obra. Ahora les recomienda a los jóvenes hacer lo mismo que él, aunque «hacer cine independiente hoy es mucho más difícil de lo que solía ser», con «Hollywood persiguiendo al próximo chaval loco que hace una película con su cámara».

Porque con ‘Pink Flamingos’ y sus primeras obras sabía perfectamente qué hacer para que la gente conociera la película. Como cuando mandaba a Divine a las puertas del metro travestida para dar ‘flyers’ del estreno. O cuando hacían ‘premiers’ en las universidades –los pocos sitios donde podían proyectarlas– y hacían lo que él ha definido como «vodevil», con Divine lanzando trozos de pescado a los estudiantes y unos actores disfrazados de policías que hacían el paripé de detenerlos. «Así calentábamos al público y ya se ponían a tono para ver la película».

Aunque a veces se le iba de las manos. Sí tuvo problemas con policías reales, que lo detuvieron en sus primeros años. Era un trasgresor que gustaba de sacudir los gustos de los «hombres blancos que lo censuraban». Ahora ya su provocación es diferente. Convertido en estilizado artista (palabra que dice odiar), vive al calor de su legado. Lejos de esas calles peligrosas a las que le gustaba ir en busca de rostros salvajes. Por eso, cuando le preguntan por los tiroteos que asolan EE.UU. ataca el descontrol de armas allí. Y dice que la gente que vive en barrios como el suyo no teme por los tiroteos masivos. «Los pobres son los que matan a los pobres, son los que lo sufren». Habría que ver qué película podría hacer él hoy en esos ‘downtown’ de las grandes ciudades.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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