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El alpinista solitario que desafía al Everest

Una base científica con forma de pirámide de cristal situada a los pies del Everest es el refugio elegido por Jost Kobusch (Bielefeld, 1992) para reponer fuerzas cuando no está en altura. Hasta en eso es atípico este alemán, que prefiere huir del campo base más famoso de la tierra aunque para ello tenga que caminar algunos kilómetros más en cada subida a la montaña. Bajo una de esas ventanas con vistas al techo del mundo atiende a ABC, en una conversación que trasciende el alpinismo actual y que deja entrever una personalidad especial tras la que se esconde uno de los alpinistas con mayor proyección del momento.

Kobusch está en el Everest (8.848 metros), aunque su reto nada tiene que ver con la cima. Al menos no este año. En su búsqueda por romper los límites, por convertirse en una leyenda de la montaña, el alemán ideó hace años un proyecto gigante. Tanto, que nadie antes ha sido capaz ni siquiera de rozarlo. «Subir el Everest en invierno, en solitario, por la ruta oeste y sin apoyo ni oxígeno es el proyecto más complicado que se me podría ocurrir. Quería encontrar un objetivo que estuviera cargado de significado para mí y que me permitiera enfocar mi vida hacia ello durante algún tiempo», explica el alpinista sobre un proyecto que ya comenzó a poner en práctica en el invierno 2019-20. Entonces, explorando la ruta casi a ciegas, alcanzó los 7.360 metros, y se marchó feliz para casa. Dice que para él la felicidad no está en la meta, sino en el camino y por eso este invierno vuelve a retomar aquella aventura, más experimentado y con un mayor conocimiento del entorno. «La máxima altitud conseguida nunca en invierno en la arista oeste es de 7.500 metros. Estaría bien romper ese límite, pero mi objetivo personal este año es alcanzar los 8.000 metros y echar un vistazo a las condiciones en el corredor Hornbein. Sería un gran logro para mí y estaría completamente satisfecho si llego a esa altura», confiesa.

«Después de horas perdido en la oscuridad encontré mi rastro… hacía tiempo que no me sentía más feliz »

Con la llegada de 2022, Kobusch abandonó la comodidad de su campo base en ‘The Pyramid’ y se lanzó a la montaña. Según informaba ayer, ha alcanzado ya los 6.379 metros, aunque se perdió durante el regreso a la tienda que tenía cerca del Lho La y llegó a temer por su vida. «Después de tres horas perdido en la oscuridad, encontré mi rastro en el muro… Hacía tiempo que no me sentía más feliz», afirmaba aliviado.

Aunque ya conocía el camino hasta esa zona, una de las más comprometidas de la ruta, y los peligros que podía encontrarse, no pudo evitar este sobresalto, y eso que el aprendizaje anterior había allanado parte de este primer tramo del camino. «En el pasado aprendí mucho sobre los microclimas de esta montaña, sobre el equipamiento que debía llevar y cómo era la ruta a seguir. También aprendí a interactuar con estos tres elementos y eso ha hecho que mi confianza esta vez sea mayor. La última ocasión, el primer tramo fue casi como un milagro para mí», señala Kobusch con una sinceridad que asusta.

Todo en él destila confianza y pasión. Entrega. De hecho, desde hace años vive por y para este proyecto que prepara con mimo durante el resto del año en los Alpes. «Nací en un lugar de Alemania alejado de las montañas, así que vivir en Chamonix, enfrente del Mont Blanc, es un sueño. No creo que pueda haber un mejor lugar para mí. Puedo hacer de todo, escalar en altura, en hielo… soy muy feliz viviendo allí». En ese cuartel general en el que vive cuando no está en el Everest, Jost ha pasado muchas horas leyendo sobre la montaña más alta del mundo. Tratados recientes y antiguos que revelan teorías desconocidas para él y que ahora resultan claves en el reto que tiene por delante. «De acuerdo con algunas investigaciones sobre las que he leído antes de venir, el Everest, en invierno, es más alto. La presión del aire en la cima hace que sea equivalente a 9.100 metros, así que, realmente, lo que estoy tratando de escalar estos días es un nuevemil y eso lo hace realmente difícil», apunta el alemán.

El viento, el peligro
Son muy pocos los que han conseguido ascender el Everest en invierno. Según las estadísticas del Departamento de Turismo de Nepal, solo una docena de personas lo han logrado y la última de esas ascensiones fue hace 28 años (Shinsuke Ezuka, en 1993). Desde entonces, muchos intentos fallidos y casi ninguno por la arista oeste, la más salvaje de la montaña. La más peligrosa. En invierno, cuando los vientos soplan más fuertes y las temperaturas alcanzan los 50 grados bajo cero, muy pocos se atreven con esta ruta que obliga a superar el corredor Hornbein, una pared de 500 metros de desnivel que antecede a la cumbre. Nadie la ha superado nunca en solitario.

«Mi objetivo es superar los 8.000 metros y echar un vistazo a las condiciones en el corredor Hornbein»

Quizá ahí radica el interés de Kobusch en esta aventura que atrae este invierno las miradas de los aficionados y profesionales de este deporte en todo el mundo. «Para mí, el alpinismo es como el arte: no hay reglas. Puedes ser tan creativo como quieras y desarrollar tu propio estilo. Dibujar tu propio camino en el mundo. Cada uno puede hacerlo de una manera diferente y esa es la parte divertida. El alpinismo no es competición, es pura creatividad», apunta feliz, convencido de que su lugar en el mundo está allí bajo la pirámide casi perfecta que forman la roca y el hielo del Everest.

A medio camino de la cima, resguardado en una pequeña tienda de campaña, repasa estos días sus notas y se distrae con un libro mientras disfruta de algún bocado de comida india o nepalí. Placeres frugales para un tipo sencillo que disfruta del camino más que con la meta. Un alpinista solitario que quiere hacer historia en el techo del mundo.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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