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Caza

La ciencia, esencial para la caza y su gestión

Al finalizar mi carrera de biólogo estuve más de cinco años trabajando en mi tesis doctoral y otros estudios en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, al amparo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Sin duda fue allí donde me convencí de la importancia de la ciencia para la gestión de cualquier especie silvestre, y en particular para la caza y la pesca. El destino quiso que terminase trabajando de periodista, y una de mis obsesiones fue divulgar los trabajos científicos, que a menudo resultaban ignorados por la sociedad. Por entonces veía que con frecuencia los científicos no eran bien aceptados entre los colectivos cazadores, que desconfiaban, e incluso se mofaban, de sus trabajos de campo. Linces o rapaces equipados con un radioemisor, por ejemplo, solían ser motivo de críticas. Por fortuna los tiempos cambian, y en la actualidad los propios cazadores utilizan esos mismos emisores para conocer mejor a las especies que cazan. El Club de Cazadores de Becadas, al que pertenezco, gasta parte de su presupuesto en ese menester, con idea de conocer mucho mejor las costumbres de esta misteriosa ave migratoria. Cuanto más a fondo conozcamos la biología y comportamientos de una especie más podremos afinar en su gestión cinegética, lo que redundará en poblaciones más saludables y también en mejores resultados en la caza. La investigación científica es tan esencial para la caza como lo puede ser para la curación del cáncer; y me alegra ver que, tras un período de dudas, la caza moderna y las personas que la manejan han apostado por ella.

A lo largo de la historia tenemos numerosos ejemplos de cómo la investigación ha sido decisiva a la hora de conservar especies de caza. A partir de la Segunda Guerra Mundial, los ingleses se hallaban muy preocupados por la situación de sus perdices pardillas, que era el ave de caza más popular y cuyas poblaciones tendían a un declive irremediable (en el año 2000 había un 86 % menos de parejas reproductoras). La iniciativa para investigar el problema partió básicamente del sector privado, de muchos dueños de fincas y terrenos que tradicionalmente cazaban, preocupados por la situación de sus poblaciones de perdices. Desde entonces han sido numerosos los proyectos científicos que se han llevado a cabo, lo que ha permitido diagnosticar con bastante rigor las causas del declive de las perdices y proponer algunas soluciones eficaces. Las tres razones principales del declive fueron: En primer lugar, la alteración del hábitat por la agricultura moderna. Dos tercios de las perdices criaban en lindes y ribazos, y en sesenta años desaparecieron el 40 % de este tipo de márgenes por la concentración parcelaria. Las que criaban en cultivos de cereal viejo tampoco podían hacerlo, ya que se araban o se trataban con herbicidas.

Desaparición de insectos
Otro factor fue la desaparición de insectos, vitales en las dos primeras semanas de vida de las jóvenes perdices. Las hembras pasaban el 96 % de su tiempo en cultivos de cereal, sin apenas vida, ya que desde los años cincuenta se utilizaron masivamente los herbicidas y desde los años setenta los pesticidas. Los pollos de perdices se quedaron sin alimento. Por último, la depredación aumentó drásticamente en estos hábitats empobrecidos. En cuarenta años se duplicó el número de córvidos y triplicó el de zorros. Se hicieron experimentos en zonas con control de predadores y en otras sin él, viéndose que en tres años el número de perdices se multiplicaba por 3,5 en las parcelas con control de predadores.

En nuestro país hemos conocido también la importancia de la investigación. El conejo de monte ha sido quizás la pieza básica para muchos hogares rurales españoles a lo largo de la historia. En las últimas décadas la preocupación por su disminución debido a la mixomatosis y a la neumonía hemorrágica ha dado lugar a que muchos cotos españoles se hayan puesto a repoblar con conejos de diferentes orígenes, sin ningún criterio. No se sabía que en España existen dos subespecies de conejos (cuniculus y algirus), de características y biología bien diferentes, haciéndose translocaciones con frecuencia de individuos de una subespecie en regiones donde vivía la otra.

No solo estos proyectos eran un fracaso y una pérdida de dinero, sino que además constituían un grave riesgo para los conejos residentes, ya que multiplican las enfermedades y disparan la depredación. En la actualidad la ciencia ha puesto al servicio de los cazadores la información suficiente para que no se cometan errores groseros como hasta ahora y se puedan poner los pilares básicos para la reconstrucción de las poblaciones.

El pasado viernes 25 de septiembre tuvo lugar en Cáceres un congreso de la caza que ha trascendido más allá de nuestras fronteras. Tuve el placer de moderar una mesa redonda titulada «Investigación científica, clave para la biodiversidad». En la misma participaron cuatro científicos que llevan a cabo proyectos muy interesantes para conocer qué pasos debemos dar en la gestión de caza: el control legal de predadores y sus efectos, tanto en las especies de caza como en las poblaciones de los propios depredadores; el efecto de los fitosanitarios sobre las especies de caza y la posibilidad de que a consecuencia de ellos se conviertan en más sensibles a ciertos virus; el aporte de determinados alimentos –proteína de insectos y postbióticos– y sus efectos beneficiosos en algunas poblaciones de caza menor; o bien los vivares artificiales de conejos, claves para restaurar poblaciones desaparecidas.

Reconocimiento
La Federación Extremeña de Caza patrocina numerosos proyectos científicos vinculados a la caza. La Federación Nacional hace otro tanto, y la fundación Artemisan ha apostado por la misma vía. Próximamente, el Fondo para la Protección de la Naturaleza, Fondena, otorgará su prestigioso premio anual al IREC (Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos), centro que posee ya más de cien trabajadores fijos y depende del CSIC, la Universidad de Castilla-La Mancha y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Es una gran satisfacción, pues, ver que el mundo de la caza se ha dado cuenta de la importancia de la ciencia y en ella se apoya.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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