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Hamilton se impone a un Verstappen indecente

Una carrera nunca vista, de esas que quedan para el recuerdo, llena de incidentes, coches de seguridad, dos banderas rojas, tres salidas desde la parrilla y un manual de recursos sucios de Verstappen para tratar de impedir lo inevitable, la victoria de Hamilton que deja el Mundial igualado, empate a puntos, con vistas a la última carrera el domingo en Abu Dabi. Carlos Sainz acabó séptimo y Alonso, decimotercero.

En la salida se descifró la realidad que ha impuesto el vertiginoso circuito de Jeddah. Como si fuera un monstruo de dos cabezas, los pilotos se respetaron como nunca, mitad por miedo al accidente en la primera vuelta, mitad por precaución entre los candidatos al título, aquello se ordenó como un desfile militar. Se preveía una cacería y se produjo una procesión. En la hora de la máxima tensión, todo el mundo, incluidos los ardorosos pilotos de Fórmula 1, tienden a conservar lo que tienen.

Salida tan limpia que no se registró un solo incidente, ubicados los coches en serena cofradía según había dictado la volcánica clasificación del sábado. Hamilton aceleró sin riesgo, Bottas taponó con cautela a Verstappen y el fogoso holandés actuó con calma antes de arriesgarse a colocar un cero en su casillero.

El escenario se mantuvo en una atonía momentánea, los coches en cadena y consumiendo kilómetros sin más aliciente que la remontada de Carlos Sainz, que partió con las ruedas grises (las más duras y resistentes) para buscar un cambio de paso respecto a sus competidores.

El circuito no concede un error y una salida de pista de Mick Schumacher, similar a la de Leclerc el sábado, cambió el panorama de la carrera y del Mundial. Coche de seguridad, como estaba cantado, y Hamilton que ingresa en el garaje para poner los neumáticos grises, listos hasta el final de carrera. Red Bull invierte la táctica y mantiene en pista a Verstappen, con calzado medio, líder sin haber hecho su parada.

La obsesión por la seguridad, la influencia del árbitro de la F1, Michael Masi, y unas barreras de máxima seguridad que requieren el cambio favorecen como una primitiva a Verstappen. Hay bandera roja, carrera detenida. El reglamento permite al holandés cambiar neumáticos, es decir se encuentra con el regalo del liderato real antes de otra salida, ahora como propietario de la pole.

En la segunda salida los pilotos aparcan los miedos y van a cuchillo. Hamilton mantiene la serenidad, rebasa a Verstappen y se encuentra con la sucia maniobra del neerlandés, quien impetuoso y temerario, adelanta por fuera de la pista a Hamilton antes de un nuevo accidente múltiple, con Mazepin, Checo Pérez y Russell. Medio kilómetro y otra bandera roja.

La maniobra de Verstappen da origen a un mercadeo nauseabundo. Red Bull y Mercedes negocian con el árbitro para recolocar a los bólidos en una nueva salida, en vez de aceptar la decisión de los comisarios, que en teoría deberían ser los que mandan.

La tercera salida abre otra perspectiva en esta carrera cambiante, que parece una cosa y la contraria en cada vuelta. Verstappen se cuela primero ante Ocon y Hamilton y anticipa un duelo épico y muy cochambroso.

Mientras se suceden los coches de seguridad virtuales y la pista es una chatarrería llena de piezas, escombros y restos de coches, Verstappen muestra su fullería y exceso de todo. Da un recital de suciedad, malas artes al competir y bajeza ética. Consigue que el público se posiciones a favor de Hamilton después de tres maniobras contaminadas por la falta de ética.

Empieza con un intento de expulsión de la pista de Hamilton al no girar el volante en la curva uno en una acción antideportiva. Sigue con una intervención de alunicero, al frenar en la recta a máxima velocidad cuando Hamilton le va a rebasar con el DRS abierto. Tan antideportivo que hasta su ingeniero de pista le dice «no era necesario hacer eso». Y como broche final a su suciedad competitiva, le cede obligado la posición a Hamilton después de la penalización de los comisarios, que además le sancionan con cinco segundos, para inmediatamente tratar de adelantarle sin opción a cerrar la maniobra con limpieza.

Una sucesión de indecencias que manchan su candidatura al título y que no pueden ser ejemplo de nada, tan zafio fue todo. Con el alerón medio roto, con cabeza fría y dejando en el aire una frase, «este tío está loco», el británico se impone en Arabia Saudí.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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