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Caza

La resina y la caza

La resinación industrial acabó en los primeros años de la década de los noventa del siglo XX. Una pésima entrada en el Mercado Común Europeo con una bajada de pantalones del Gobierno socialista en la negociación de temas agrícolas acarreó el levantamiento de los aranceles que privilegiaban los productos resinosos naturales contra países terceros. Lo remató el Gobierno autonómico de Aznar en Castilla y León, como me afirmó el responsable de la Junta, del mismo apellido que un conocido ciclista profesional, que me dijo textualmente: «Es voluntad de este Gobierno acabar con la resinación».

 Como presidente de la patronal del sector (fui su último presidente) convoqué una reunión de los empresarios, los sindicatos y los propietarios de montes resinables, tanto públicos como privados, en el magnífico castillo de Coca, allí donde hace años atrás habíamos firmado el Plan de Reestructuración del Sector Resinero con la presencia del ministro socialista en cargo. Y en esa última convocatoria se puede decir que la Resina cantó su ‘gorigori’ final. 

Los pinares de llanura en Castilla la Vieja asentados sobre arenales son montes protectores que fueron plantados para proteger la degradación del terreno y se convirtieron en los pinos de mayor producción de resina por unidad del mundo; ayudó a que la pobreza del terreno limitaba la presencia de otras plantas que fácilmente eran erradicadas por el resinero, que de este modo facilitaba por su sencillez las labores de pica y recolección en superficies llanas de arenas que permiten un muy fácil traslado. 

El pino negral es el único que tiene valor para el resinero

Norte de Castilla
Personalmente, en los distintos foros donde me dejaron intervenir manifesté, en nombre de la industria resinera, el enorme error estratégico que se produciría con la extinción de la resinación masiva. En primer lugar, el abandono del monte, lo que se traduciría en un evidente enorme riesgo potencial de incendios. En casi cien años de industriales resineros de mi familia jamás se nos quemó un pinar de llanura; la mata de trabajo de cada resinero estaba limpia; y si se producía un inicio de incendio por causas naturales, el resinero que se debe pasar en su mata todos los días desde mayo hasta octubre estaba presto a extinguirlo él solo en los inicios, y si iba a mayores con la ayuda de sus compañeros resineros vecinos de pinar. Por tanto, en los meses de mayor riesgo de calor se contaba con un experto guardabosques con un conocimiento absoluto de su mata y además con un eficaz bombero, como siempre no me cansé de repetir. 

En segundo lugar, la utilización de la resina natural es como el quijotesco ‘bálsamo de Fierabrás’ que vale para todo, incluido preparados de farmacopea, pasando por toda la industria de pinturas, tintes y tintas, ceras, barnices, colas y el actual novísimo mundo de los adhesivos. La desaparición de España, segundo productor mundial, dejaría un hueco en el mercado que, cuando la producción industrial emergente asiática copara su resina, haría necesaria la resinación en los pinares de mayor producción mundial, como así está empezando a suceder en España. 

Pérdida de empleos
En tercer lugar, en esta España rústica y vacía se consideraba al resinero como el minero de Castilla por la alta remuneración de su trabajo; solo hay que pasarse aún por pueblos con una altísima cantidad de trabajadores de la resina, como es el caso de Zarzuela del Pinar, para apreciar la calidad de las viviendas. En muchas zonas de Segovia, Ávila, Valladolid, Soria y Burgos el mayor número de trabajadores eran los resineros, que se quedaron sin trabajo. Yo también me quedé sin el mío y… me dediqué a la caza profesional. 

Valga este largo preámbulo para incidir en el título de este artículo, que es el binomio caza/resina. La pérdida en intensidad de la presencia humana en nuestros bosques fue por varias causas: la rapidez de los trabajos forestales cuando se mecanizaron o la desaparición de la recogida de leñas cuando se empezó a popularizar el uso de combustibles fósiles (el butano), que puso fin al hogar de leña y a las pesadas cocinas ‘económicas’; pero el gran golpe para muchos municipios fue la desaparición de la extracción de la resina.

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El resinero dejó de estar presente en los meses de mayor calor, lo que origina incendios (recordemos el de 2005 en Guadalajara, en el que murieron 11 personas y que yo había aventurado que se podía producir solo 48 horas antes, cuando estaba cazando en el mismo sitio); y las matas se ensuciaron, lo que produjo mayor cobertura y refugio para los animales salvajes, en especial y en primer lugar el corzo, luego casi a la vez los venados y los cochinos. Lo del corzo en nuestro país es singular; de pretender que era una especie diferente a la europea por su trofeo de menor puntuación a tener en la actualidad tres corzos entre los top ten medidos de todos los tiempos y con un ejemplar el segundo del mundo hoy en día. Muchos cazadores, casi todos los que ahora superan los cincuenta años, cazaron al pequeño cérvido en Europa ante la casi imposibilidad de hacerlo con un duende tragabalas en terreno batueco. 

En mi Castilla siempre hubo presencia del Capreolus en los segovianos pinares de Valsaín, en la garganta del río Moros o en el soriano Pinar Grande. Todos ellos tienen una cosa en común: sus pinos son silvestres (apenas dan resina), lo que además supone necesaria para su crecimiento una mayor altura sobre el nivel del mar, lo que añade que son mas fríos; los pinares de producción resinera son solo sobre ejemplares de pinos negrales. Estos reductos de corzos siempre existieron a pesar del encarnizado trabajo de los furtivos que año tras año los aclaraban sin medida pero apenas se producían ejemplares de excepción; el bosque no daba el aporte necesario alimenticio para un mayor desarrollo de la especie. 

Los corzos españoles saltaron la barrera de los 200 puntos CIC en los albores de este siglo XXI, cuando inundaron los campos de cereal, primero, aledaños a los montes y luego se asentaron definitivamente en el propio cereal. Lo mismo había pasado en Europa veinte años antes: la mecanización del campo y la falta de presencia humana hicieron que este animal inundara las llanuras cerealistas. Siempre sostuve que vería corzos en Olmedo, Valladolid, la única provincia peninsular española que no la cruza un importante macizo montañoso, hasta que una mañana primaveral, llegando a la Ciudad del Caballero, me paré en el arcén de la carretera para contemplar un ejemplar atropellado.

Pérdida del refugio

La pandemia me ha tenido apartado de viajar por España durante meses; y ahora, hasta que vuelva a reorganizar mi estancia en África, empiezo a desquitarme de este encierro. Hace unas pocas fechas estuve con un amigo en su apañado coto soriano; como tantos otros, ha estado dando unos excelentes corzos en las dos últimas décadas, amén de venados y una buena existencia de cerdosos con batidas de resultados satisfactorios. Nada más entrar, le hice ver a mi amigo que se estaba resinando; él no se había dado cuenta de que cada pino tenía un pote (no tiesto), ahora de plástico, no como los antiguos de barro cocido que se hacían casi en exclusiva en los hornos de los tejares de Portillo y Arrabal de Portillo. 

Empezamos a comprobar las fotos de las cámaras y en todas se veía a los jabalíes machos entrando a los comederos, pero nunca una hembra con crías. Ante su extrañeza, le afirmé que era porque la presencia del resinero había hecho emigrar a las hembras; además, las matas de resinación estaban limpias, lo que añadía la pérdida del necesario refugio. 

La caza y la resina tienen un punto de incompatibilidad. Personalmente, prefiero que haya resineros en esta pobre Castilla nuestra olvidada, aunque ya empiezo a oír el lamento del propietario del coto que por pura lógica va a ver reducido a corto plazo sus existencias de caza. Algunos cotos de inicio se beneficiarán, sobre todo con los guarros; pero si la resinación se intensifica y se siguen creando fábricas nuevas en puntos estratégicos, como ha sucedido en Coca, Cuéllar o Almazán, la necesidad de materia prima supondrá un gran estímulo a la resinación y entonces la densidad de caza en los pinares de llanura sufrirá de modo irremediable a la baja.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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