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Dos Luis Enriques para relanzar a España

En Interello, refugio estos días de la feliz España, unos microbuses muy modernos esperaban a que los jugadores, que se han mezclado con la prensa como en otros tiempos sin que haya pasado absolutamente nada ni a nadie le haya dado un sarpullido, fueran ocupando sus asientos para desplazarse así a los restaurantes reservados (comieron fuera jueves y viernes), tan relajada y plácida ha sido esta semana de Liga de las Naciones. Mientras iban llegando los futbolistas, cada uno a su ritmo, Luis Enrique, desde el exterior, se dedicaba a dar sustos a los miembros de su cuerpo técnico que ya ocupaban sus asientos y trasteaban con el móvil. «Es que él es eso, de verdad, está todo el día así. Salvo cuando toca trabajar, claro, que ahí es el más serio del mundo», cuentan desde la Federación, que disfrutan de la versión amable y divertida de un hombre al que se le encomendó reconstruir a una selección agrietada y que lleva toda la vida ofreciendo una cara amarga y con una importante pizca de soberbia ante las cámaras.

Hay, pues, dos Luis Enriques muy distintos, si bien aquí no se trata de blanquear la imagen de este técnico que ni pretende caer bien ni que se le reconozca por su amabilidad. Ante todo, es un entrenador de fútbol -bastante bien considerado, por cierto- y que tiene a España en construcción con una base ilusionante. De la semifinal de la Eurocopa, con la que nadie contaba, ha llegado a la final de la Liga de las Naciones de esta noche contra Francia, pero lo realmente importante viene en noviembre, cuando está en juego la clasificación directa para el Mundial de Catar sin tener que pasar por el mal trago de una doble repesca traicionera. El caso es que, volviendo al inicio, hay un Luis Enrique de puertas para adentro cercano, bromista, sensible incluso y que se interesa por los hijos de los empleados más anónimos de la Federación o por el familiar enfermo, un Luis Enrique que tiene a los futbolistas seducidos hasta las trancas, a los que les organiza actividades para desconectar y con los que juega al billar, a los dardos o a lo que haga falta como si fuese uno más.

«Es gracioso», le definió el otro día Yeremy Pino, uno de los últimos en llegar a este vestuario que se comporta como un equipo. Eso, el concepto de equipo, es una de las obsesiones de Luis Enrique, empeñado en que España no sea un conglomerado de estrellas y se comporte como cualquier conjunto que vive en el día a día. Cuesta porque las fechas para el fútbol de países son las que son, pero de ahí su interés en abrazar a cualquiera y en hacer que España sea como una familia, un término que los jugadores repiten como loros. «Suena a tópico, pero es que es así, de verdad. Pocas veces se ha visto una selección tan unida y en donde todos vayan tan de la mano», relata alguien que lleva ya un tiempo en Las Rozas. «Yo lo considero mi padre, es como nuestro padre», aporta Ferran Torres, una de las apuestas del asturiano, cuyas excentricidades también confunden a la afición porque por la Ciudad del Fútbol han desfilado varios jugadores a los que costaba poner cara y ojos. Su última locura, la de llevar a Gavi con apenas tres ratitos en el fútbol de élite, le ha salido, de momento, estupendamente, pero no deja de llamar la atención su manera de proceder y la forma en la que confecciona sus listas. Él, ajeno a ese debate mediático, suelta esa sobrada de que ni lee, ni ve ni escucha porque sabe más que la mayoría de los que opinan, y es evidente que no le falta razón. Otra cosa es el desprecio con el que lo dice, a ratos extremadamente cortante con la prensa en sus comparecencias.

Enemigo exterior
Esa es la cara del otro Luis Enrique, del Luis Enrique que se ve y que también existe, pero cuya acidez no es de ahora. Vestido de corto, tanto en su etapa en el Real Madrid como después en el Barcelona, protagonizó más de un episodio de alto voltaje con los medios y mantuvo ese tono agrio cuando dio el salto a los banquillos. Lleva años creando un enemigo exterior, una vieja receta que aplicó en su día Javier Clemente, muy de la línea de José Mourinho, y considera que así hace de escudo con sus chicos, de los que jamás tiene una mala palabra en público. Se le puede intuir, pero nunca acusa a nadie, aunque también es cierto que no hay nadie que haya aprendido a descifrar del todo a Luis Enrique. No hay un ‘luisenricólogo’ oficial que pueda hablar en consecuencia.

Ese rechazo absoluto que tiene hacia los medios contrasta con su excelente relación con el departamento de comunicación de la Federación, con quien colabora e incluso se implica a la hora de elaborar los vídeos con los que da la lista de turno. Les pide también estadísticas como cuando quiere defender en voz alta a Álvaro Morata -pese a su alergia a la prensa, quiere dejar claros los mensajes siempre- y permite que se trabaje sin poner trabas. Incluso durante la Eurocopa abrió las puertas de las entrañas de la selección y permitió que un equipo de rodaje tomara todas las imágenes que quisiera en el día a día para un documental que saldrá en breve, incluso toleró que presenciara las charlas meramente técnicas que mantiene con su ‘staff’ justo antes de adentrarse en el vestuario durante los descansos de los partidos. La noche y el día.

En la Federación están encantados con él y ni siquiera se preocupan demasiado del ruido que pueda generar Luis Enrique con sus actitudes, que también provocan cierto desapego en una parte de la afición que no casa para nada con sus formas y que, incluso, puede llegar a desear que España tropiece por el mero hecho de ver que al entrenador le va mal, así son los extremos. Tiene contrato hasta después del Mundial de Catar y, de momento, no se habla de renovación, pero nadie duda de que es el hombre para relanzar a España. Con la cara a y con la cara b.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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