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La metamorfosis de José Mourinho en su proyecto más humilde

Hubo una época en la que José Mourinho, acompañado de su carácter, su carisma, su ego, y su tremendo conocimiento del juego, fue uno de los actores principales del fútbol europeo. Era joven e hizo campeón de la Champions al Oporto, se presentó ante el Chelsea como ‘The Special One’, mandó callar al público de Anfield, celebró partidos y títulos corriendo exultante por la banda, llegó como una estrella a Italia, protagonizó el esperpento de los aspersores en Barcelona, lo ganó todo y se marchó a Madrid, a un gigante dormido a la sombra de Guardiola, los reanimó y volvió a ganar. Con fuerza, con chulería, con históricas ruedas de prensa, con arrebatos de bravura y, por qué no, también de cordura.

En 2011, en pleno cénit deportivo (y mediático) y con el Madrid haciendo un fútbol excelso, el luso le dedicó unas palabras a su predecesor en el banquillo blanco, que en aquel momento regentaba el banquillo del Málaga: «La diferencia con Pellegrini es que si el Madrid me echa, yo no iré al Málaga». El tiempo ha pasado y José, inevitablemente, ha conocido el fracaso, la destitución y la derrota. Después de su intensa etapa en España regresó a la Premier, y ciertamente, volvió a ganar en Chelsea. Pero poco después comenzó su declive y, en 2016, tras un inicio de campaña terrorífico con los ‘blues’, Abramovich se vió obligado a prescindir de su hijo predilecto antes de Navidad. Luego pasó, sin pena ni gloria, por Manchester United y Tottenham, dos millonarios en apuros que José ni pudo ni supo azuzar. Tras sendos despidos, tras la imagen de dos equipos rácanos y vulnerables, ningún candidato a Champions volvió a llamar en su puerta.

Mourinho cumplió su promesa y no entrenó en la Costa del Sol, sin embargo, ahora lo hace en Roma, a una plantilla bastante más precaria que la de aquel equipo andaluz que sorprendió al continente. Sea como fuere, al portugués no se le han caído los anillos y ha encajado en los ‘giallorossi’ como guante en mano. Desde su aterrizaje, es un ídolo para la escandalosa afición romanista, que asiste asombrada al hecho de que un entrenador de su caché haya decidido acudir al rescate de un club tan grande como esperpéntico, un club que tuvo el privilegio exclusivo de explotar la carrera de Francesco Totti y que sólo levantó un Scudetto bajo el reinado del genio del Trastevere.

En sus primeros seis partidos en el banquillo de La Lupa, el luso consiguió seis victorias, y con ellas llegó la euforia a la parte roja de la Ciudad Eterna. En cambio, se ha visto a un Mourinho sosegado, a un Mourinho reflexivo en la victoria que conoce las limitaciones de su equipo, a un hombre que ha añadido a su personalidad el poso que proporciona el paso del tiempo y que parece haber desarrollado una mejor versión de sí mismo.

En su escaso tiempo en el Olímpico sólo ha vivido un momento de descontrol, de alegría juvenil y desmedida. El pasado 12 de septiembre, José cumplía su partido 1.000 como profesional, cuando ante el Sassuolo y en el minuto 91, El Shaarawy ponía el balón en la escuadra para firmar el 2-1 y la victoria. Tras el gol, Mourinho corrió la banda como antaño y se fundió con sus jugadores en el festejo ante su afición. Después del choque, el veterano entrenador reconoció que estaba nervioso ante su encuentro milenario y que fue imposible controlar el estallido de emoción derivado del triunfo en el descuento.

Sin embargo, el pasado domingo llegó su primera derrota en la Serie A (3-2 ante el Hellas Verona) y el portugués devolvió a la realidad a los suyos. «No somos candidatos a nada, sólo a ganar el próximo partido. La Serie A no es una autopista, tiene curvas. Por eso siempre debemos conducir concentrados y convertir la tristeza en motivación, no en depresión […] Sólo he tenido un minuto de euforia en dos meses. Fue en la victoria contra el Sassuolo; era un partido especial para mí. El resto del tiempo me he mantenido tranquilo, equilibrado, consciente de que el año pasado este equipo terminó a 29 puntos del Inter», comentó tras el partido.

Pese al discurso de calma y a vestir orgullosa el disfraz de tapada en la lucha por el campeonato, este domingo, la Roma tiene la primera cita clave de la temporada. Ante la Lazio, rival eterno y odiado, los de Mourinho tendrán la oportunidad de dar un golpe sobre la mesa y asentarse en los puestos Champions, una situación que parecía impensable tras la triste campaña anterior, en la que fueron séptimos y se quedaron fuera de los puestos de Europa League. Como acostumbra en la vieja ciudad, el futuro de la Roma es incierto, sin embargo, desde que Mourinho lidera su proyecto, en los hijos de La Loba habita la ilusión.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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