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Quartararo, el diablo se convierte en rey

Se dice que los pilotos deben madurar antes porque las exigencias del ascenso hasta el Mundial y las presiones del día a día hace que se compriman muchas lecciones que otros adolescentes aprenden con más tiempo. El caso de Fabio Quartararo (Niza, 1999) demuestra este crecimiento exprés, con caídas en forma de lecciones, y no solo contra el suelo. Pero, a final de curso, matrícula de honor, campeón del mundo de MotoGP en su tercer año en la categoría reina.

Todo han sido lecciones en esta trayectoria, desde Niza hasta el cielo, y a la historia, primer título para Francia en la máxima categoría, y para Yamaha desde el de Jorge Lorenzo en 2015.

El francés, con ascendencia siciliana, llegó a las motos por su tío Alain, aunque también su padre, Etienne, cerrajero de profesión, había hecho sus pinitos sobre las dos ruedas. Con 7 años la cosa empezó a ir en serio y la furgoneta se convirtió en una casa rodante, con miles y miles de kilómetros para disputar carreras tanto en Italia como en España. «Mi padre trabajaba de lunes a viernes y el fin de semana íbamos a entrenar. Mi madre se quedaba sola en casa y cuando volvía entrenaba con mi hermano porque estaba un poco gordo. En un momento vi que tenía que dejar de comer hamburguesas».

En España se instaló definitivamente con 13 años, porque en Francia no podía mejorar, acogido por la familia de Eduardo Martín, su mánager, sin la suya propia y con más sueños que certezas. «No tuve una infancia normal. Cuando eres más pequeño te hace gracia no estar con tu familia porque te sientes mayor, pero ahora resulta duro pensar en ello. He trabajado muy duro, he madurado muy rápido», recordaba ayer. El trabajo, la disciplina y los buenos resultados eran obligatorios en el contrato familiar, pues la cerrajería y la peluquería de su madre, Martine, no podía sacar todo lo necesario para un deporte tan caro como el motociclismo. El hijo aceptó el trato y hasta se sacó la ESO, en Altea, en español, después de que dejara los estudios en Francia. Ayer, las lágrimas se le escaparon cuando pensó en sus progenitores: «Tienen una parte muy grande de culpa».

En España se instaló con 13 años porque en Francia no podía mejorar, acogido por la familia de Eduardo Martín, su mánager

De esa época, pocos amigos y muchos kilómetros en los circuitos. Promesas de élite que se ganaba en las carreras de promoción y en categorías inferiores, y el salto definitivo al Mundial con solo 16 años. Esta semana, se elevaba la edad mínima para participar en el Mundial a los 18 años. Hasta este momento, eran los 16. Una norma que se modificó en 2015 para que el francés pudiera demostrar lo que ya se había visto en las categorías inferiores, campeón del Campeonato de España de velocidad (CEV), el segundo de ellos en el equipo de Emilio Alzamora, valedor de Marc Márquez.

Pero, como una constante en su carrera hasta este domingo, a Quartararo se le atragantó la presión del salto a las alturas. «Me vino mal que me compararan con Márquez, quería ser como él, pero no lo era. A esas edades, gestionar lo que te dicen es complicado», aceptó. Tuvo un mal curso, y aún sería peor el siguiente. Harto de que las cosas no funcionaran, decidió pasar a Moto2, donde se estrenó con pocos brillos en 2017. Al año siguiente, con otro equipo, logró su primera victoria. Solo una. Y aún así, encontró su hueco en MotoGP, en el equipo satélite de Yamaha, en 2019, con 20 años. Y lo que parecía un salto mortal, con voces críticas con este ascenso rápido y desproporcionado a los resultados, lo convirtió en un acierto.

Un inicio prometedor
Ya en su estreno en MotoGP, Quartararo demostró que era rápido, que tenía talento, que tenía ganas y que iba a trabajar. También, que todavía le quedaba por crecer. En 2019 compitió con desparpajo contra Márquez; fue el único que pudo hacerle sombra, especialmente en las sesiones clasificatorias de los sábados. Los domingos fueron otra historia, incapaz de quitarle ninguna victoria a pesar de los duelos cuerpo a cuerpo, pero sí tomó buena nota para seguir aprendiendo. Para 2020, la ausencia de Márquez en el Mundial por lesión abrió las puertas para el francés. Pero también la presión, su mayor enemiga, entró en torrente en su curso del coronavirus. Brilló en Jerez, tatuada la fecha para siempre en su brazo derecho, y en Andalucía; su nombre ya en las quinielas. Pero llegó el apagón. El podio en Cataluña fue solo un espejismo. «No pude con la presión y las cosas no salieron como queríamos: se escapó el título. Pero no siento frustración, gané mucho aprendizaje», expresaba sobre esos días en los que la etiqueta de favorito pesó demasiado en la moto.

Volvió a contar con la ayuda de un psicólogo porque todavía quedaba por limar esas frustraciones y enfados que solo incomodaban su pilotaje. «Tengo que ser menos emocional, aprender a gestionar las emociones», admitía nada más terminar el curso 2020, pero subraya que lo que le ha hecho ser más rápido, más capaz, mejor, han sido las batallas con sus rivales, con Márquez, por ejemplo. El francés, al que apodaron Principito al principio, pero ha acabado prevaleciendo el sobrenombre de El Diablo, vio que sí podía ser como él, como Márquez. Lo que se había vaticinado, demasiado pronto, en 2015.

Se le atragantó la presión del salto a las alturas. «Me vino mal la comparación con Márquez, quería ser como él, pero no lo era»

Paciencia y madurez que ha asumido y depurado en este 2021: vestido de líder casi desde el inicio, con victorias de Doha, Portugal, Italia, Países Bajos, Gran Bretaña y un buen puñado de podios. Ya tiene toda la tinta preparada para dibujar su próximo tatuaje: el título de campeón del mundo. La sonrisa vuelve radiante, ensanchada hasta el infinito en este Gran Premio de Emilia Romaña, después de superar esos altibajos de resultados, emocionales y de una trayectoria meteórica construida con sus propias líneas.

Triunfo de Márquez
Muestra de esa madurez, esta carrera en Misano. Salió decimoquinto, fue remontando plazas sin ceder al nerviosismo, a pesar de que podía ser campeón. Siguió firme hacia la cabeza, se hizo más fuerte en la quinta plaza, y vio cómo su rival, Pecco Bagnaia, el único que le podía disputar el título, caía a falta de cuatro vueltas para el final. Ganó Márquez, mostrando músculo porque ya son dos victorias en este curso de reconstrucción física. Pero triunfa Quartararo, cuarto, imágenes de su infancia en las vallas, lágrimas y emociones, ahora sí, desatadas. «He llorado un montón, he gritado y me siento maravilloso porque cuando he cruzado la línea de meta me he acordado de todos los momentos malos que he pasado». El título se lo lleva el diablo.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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