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Mourinho, contra sus demonios

Cuando en el último tramo de la temporada pasada la Roma confirmó que José Mourinho sería su próximo entrenador, la parte roja de la ciudad eterna celebró como si de un título se tratase la llegada de un técnico legendario a un club que, como el lugar al que representa, vive de las ruinas del pasado. Tras una temporada desastrosa en Serie A en la que fue séptima de milagro, la Roma necesitaba un golpe de efecto, un cambio radical. Sin el músculo económico para revolucionar la plantilla, la contratación del de Setúbal, un agitador innato, yacía como una solución lógica, una primera piedra para construir un proyecto prolífico en un equipo históricamente abonado a la agonía. Asimismo, el caché de Mourinho, después de sus decepcionantes experiencias en United y Tottenham, ya no era el de antaño; y sin empresas ganadoras a la vista, el portugués emprendió un reto puramente emotivo: devolver a la Roma a la élite del Calcio.

Desde el inicio de la campaña, el idilio entre técnico y afición fue natural. Era verano, Mourinho paseaba en Vespa por Trigoria (la ciudad deportiva) con una sonrisa de oreja a oreja y el equipo funcionaba (ganó sus primeros seis partidos oficiales). Pero llegó el otoño y con él los días grises, las derrotas y las evidencias de una plantilla desestructurada. El pasado jueves, en la Conference League, el humilde Bodo/Glimt ganó 6-1 a los italianos en el resultado en contra más duro en la carrera del veterano entrenador. Y como es habitual en él, cargó de manera concisa y directa contra muchos de sus futbolistas que jugaron en Noruega. Tras este tenso episodio, el domingo siguiente, ante el Nápoles, el portugués protestó airadamente varias decisiones del árbitro y fue expulsado. Inevitablemente, volvió a visitar a sus antiguos demonios.

Señalados
«Nuestra alineación tenía menos calidad que la empleada por el Bodo. Si pudiese jugar siempre con los mismos once lo haría, porque tenemos una diferencia significativa de calidad entre un grupo de jugadores y el otro», señaló el luso tras la abultada derrota en Noruega. En la misma rueda de prensa, Mourinho confirmó que solamente tiene 12 o 13 futbolistas de confianza y que contra el Nápoles y el Bodo en el Olímpico eran ellos los que iban a competir. «Lo único positivo es que ahora no me preguntaréis más por qué siempre juegan los mismos», concluyó. Mourinho cumplió su palabra y contra el Nápoles mandó a la grada a cinco de los integrantes de aquel once. Entre ellos estaban los españoles Borja Mayoral y Gonzalo Villar. Pese a que fueron importantes en el curso pasado, ambos han pasado al ostracismo más absoluto bajo las órdenes del luso. Mayoral sigue siendo propiedad del Real Madrid y su caso preocupa menos. Pero en el seno romanista chirría la situación del murciano Villar, un excelente mediocentro organizador de 23 años que aún interesa a varios grandes del continente. Su situación no es fácil, ya que la historia del portugués con jugadores de su perfil intuye un final amargo. Mourinho nunca se entendió con hombres de gran calidad como Canales, Ozil, De Bruyne o Salah (estos dos últimos fueron vendidos por el Chelsea bajo el beneplácito del portugués). Sin trabajo ni sacrificio los minutos se convierten en una odisea para este estilo de jugadores en el fútbol de repliegue y contragolpe que suele proponer el luso. En general, el resurgimiento de estos cinco futbolistas (Diawara, Reynolds y Kumbulla, aparte de los dos españoles) se vislumbra complicado. Mourinho quiere reforzar la plantilla en enero y, por lo tanto, se avecinan salidas y cambios.

Con los cinco condenados en la tribuna del Olímpico, el pasado domingo una Roma malherida se enfrentó al líder, al Nápoles de Spalletti. Con sus 12 o 13 jugadores de confianza, Mourinho sacó un empate a cero en un partido plano y espeso en el que Abraham tuvo la victoria en el mano a mano frente a Ospina, aunque el empate a nada fue más que justo. Sin embargo, José volvió a reencontrarse con su pasado más gris: protestó, notablemente alterado, varias decisiones del colegiado y la tarjeta roja fue inevitable.

De momento, pese a estos episodios incómodos y a la mala racha que atraviesa el equipo (tres partidos sin vencer), nadie le discute. Su personalidad encaja en Roma como guante en mano. Se ha topado con un aficionado totalmente irracional que le perdonará todos sus pecados. Es idolatrado como sólo lo fue en el Inter, con una emoción desmedida y exaltada, pero real. Por las viejas calles de la ciudad eterna ya hay pintadas donde se lee ‘San José’ y el domingo, tras su expulsión, salió del Olímpico entre aplausos cómplices como mil veces lo hizo Francesco Totti después de alguna de sus típicas excentricidades acabadas en roja.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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