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Tiro: Alberto Fernández y Fátima Gálvez quieren pasárselo bien

Alberto Fernández sonríe cuando compite. Quizá sea un rictus involuntario o una mueca nerviosa, pero el espectador tiene la sensación de que está disfrutando como un niño al que su padre le ha dejado tirar con la escopeta. Otros deportistas, sometidos al estrés inaudito de la alta competición, irradian crispación y hostilidad, pero Alberto parece estar pasándoselo en grande, encantado de romper platos a cartuchazos. Y eso que su disciplina (el foso olímpico) exige una concentración sobrehumana: el plato, cuyo diámetro mide 11 centímetros, sale volando a unos 120 kilómetros por hora y el tirador debe atinar a 76 metros de distancia. «El 99% de mi deporte es psicología; la cabeza no debe tener tiempo para pensar», asegura.

Disparar, acertar, no pensar. Disparar, fallar, no pensar. Cuesta embridar la mente para que no se distraiga ni con los estímulos exteriores ni con los demonios interiores. Pese a su beatífica sonrisa, Alberto Fernández lucha contra la ansiedad de hacerlo bien en unos Juegos. En su casa los trofeos se acumulan (ha sido, entre otras muchas cosas, triple campeón mundial), pero le falta la guinda olímpica. Ha participado en tres citas (Pekín, Londres y Río) y en todas ellas ha obtenido resultados muy por debajo de sus expectativas y de su calidad. Para manejar la presión decidió contratar a un entrenador de la mente y ahora se ve mejor preparado que nunca para conseguir en Tokio su mayor objetivo: una medalla olímpica.

A Alberto Fernández la afición por el tiro se la pegó su padre, Gregorio. El tirador madrileño todavía recuerda el primer plato que rompió: aquella imagen fundacional, que luego ha repetido millones de veces, se le ha quedado grabada en la memoria con tinta indeleble. Comenzó a entrenarse a los 9 años y pronto se dio cuenta de que, para triunfar en su deporte, no hace falta una vista excelente (él lleva gafas), pero sí toneladas de abnegación e infinitas horas de trabajo. Y aun así hay condiciones externas imposibles de controlar y que pueden dar al traste con todas las ilusiones: la velocidad del aire, su dirección cambiante, el modo en el que incide la luz solar…

Fátima y Barcelona
Pero la vida de Alberto Fernández tiene otro punto de fuga: la música. Apasionado de los Beatles y devoto de las guitarras eléctricas, es el fundador de un grupo de pop-rock, Los Geiperman, que gira por España rindiendo tributo a los Hombres G y a la música ochentera. El grupo nació en 2010 y suma más de 70 actuaciones. Alberto toca la guitarra y hace los coros. Lo mismo atacan ‘Venezia’ que ‘Voy a pasármelo bien’. Cuando actúa se le ve concentrado, absorto por la melodía, disfrutando. Sin embargo, se diría que sonríe más cuando dispara. Y sonreirá aún más, abiertamente, desmesuradamente, si en Tokio logra romper su maleficio olímpico. Tendrá dos oportunidades para ello: en la prueba individual y en la mixta, en donde forma pareja con la andaluza Fátima Gálvez, la otra gran tiradora española.

También Fátima Gálvez, natural de Baena (Córdoba) y afincada en Granada, aspira a medalla en los dos concursos. Ella sí que ha rozado el metal olímpico: fue quinta en Londres y cuarta en Río. Fátima está hoy en Tokio porque cuando tenía cinco años, sentada frente al televisor, vio a Zhang Shan, una tiradora china, colgarse la medalla de oro en los Juegos de Barcelona. Supo entonces que quería ser como ella. Como en el caso de Alberto Fernández, no cesó de dar la paliza a su padre, don Pío Luis, para que la llevara de caza y le dejara pegar algún tiro. Comenzó a disparar por los campos de olivos cordobeses y también en las ferias de los pueblos. La gente empezó a hacerse lenguas de la puntería de la joven Fátima, que fue adentrándose en un terreno hasta entonces vetado para las niñas. «Soy una luchadora en un mundo de hombres», se define. Desde entonces, su palmarés ha engordado hasta extremos que parecían inimaginables, con medallas en mundiales, europeos y grandes premios. Solo le falta, como a su compañero Alberto, el laurel olímpico.

Fátima, enfermera y estudiante de Psicología, hace buenas migas con Alberto. La inclusión en el programa de los Juegos de la disciplina de foso mixto por equipos les abre otro camino para llegar al Olimpo. El miércoles se abre la competición en el campo de tiro de Asaka. Ambos, juntos y por separado, afrontan la semana más decisiva de sus vidas pensando, como cantaban los Hombres G, que van a pasárselo bien.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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