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Economía

¿Irracionalidad en los mercados?

Abril echa el cierre, en lo que a los mercados se refiere, como uno de esos meses para el recuerdo. Los últimos días han dado grandes titulares. Las mayores caídas de los índices americanos en no sé cuantos años, muchos en cualquier caso. El peor día de no sé bien qué periodo –con la cantidad de cosas que hemos vivido los últimos años–. Fuertes movimientos en las divisas, que se suman a los de los tipos de interés, en franca aceleración en las últimas semanas. Caídas nunca vistas en algunas compañías tras fallar por poco en sus resultados, lo que ha hecho que una parte importante de las firmas del hasta hace poco índice de moda –el tecnológico americano– acumule caídas enormes.

Tal vez merezca la pena coger algo de perspectiva antes de valorar lo que le pasa en el mercado. Ahora quizás sorprenda, pero hasta hace no mucho que las peores compañías –las que se señalan como ‘basura’– pagaran los diferenciales actuales por endeudarse no sólo era normal sino que se interpretaba como unos diferenciales muy atractivos. Tampoco sorprendía que los estados tuvieran que pagar por endeudarse. O que en bolsa subieran las compañías que estaban baratas –y en este ciclo han llegado a estar groseramente baratas– y cayeran las que estaban caras. Esta perspectiva temporal es la mejor forma de no llamarnos a engaño y entender que por qué las dinámicas de los últimos años se hayan mantenido vigentes durante tanto tiempo no desmontan los paradigmas que rigen el comportamiento del mercado.

El movimiento ha sido muy brusco y pilla a parte de los agentes del mercado con el pie cambiado, y lo que es peor, sin experiencia suficiente.

La normalización de los tipos de interés está produciendo un movimiento de placas tectónicas en los mercados que solo puede resultar irracional para quien lleve poco tiempo en ‘el machito’. A los demás nos podrá llamar más o menos la atención como de rápido se han ajustado los precios, pero nunca hasta dónde han llegado.

Crecer no es suficiente
Los datos de crecimiento de la semana pasada han desatado la habitual tormenta. Por un lado, los que aprovechan para atizarle al Gobierno. Se lo ha ganado. Pero, además, todo vale. Lo de menos es lo que pueda haber detrás de los datos. Cualquiera que lea una de estas crónicas llega a la conclusión de que estamos peor de lo que hemos estado nunca y de que el único responsable es el Gobierno. No valen medias tintas y se abre la competición por el titular más apocalíptico. Es parte del juego.

Por otro lado, están a los que los datos no les terminan de cuadrar. Aunque fuera previsible una caída del consumo porque Ómicron hizo de las suyas a finales del año pasado, y tampoco han ayudado mucho el paro en el transporte y el desplome de la confianza del consumidor a raíz de la guerra en Ucrania, una contracción de este calado ha sorprendido mucho a los que se limitan a analizar la evolución de los números. Ningún otro dato lo había anticipado y tenemos experiencias muy recientes sobre lo difícil que resulta medir la evolución de las variables económicas en el entorno actual.

No se trata de buscar chivos expiatorios ni de decir una cosa por otra pero, quizás, la sorpresa sea mayor que la preocupación. Aunque las incertidumbres son muchas, la simple observación de la realidad nos conduce a la conclusión de que a pesar de que esto se pueda terminar torciendo –llevamos mucha ‘mili’ como para aventurarnos a anticipar nada–, de momento no lo ha hecho. Por lo tanto, tal vez convendría hacer un llamamiento a la prudencia a los que, en cierta medida, están celebrando este final de ciclo como anticipo de otra cosa. Los servicios han cogido el relevo a los bienes de consumo y esto, además de previsible, porque hasta ahora la recuperación venía de la mano del consumo, favorece especialmente a la economía española.

Por supuesto la cosa puede torcerse, pero no es lo que una lectura sosegada de las estadísticas indica. No sé cuál es la forma correcta de jugarlo políticamente. En lo que a mí respecta, toca esperar y ver qué pasa.

Los bancos brillan
Hay muchas cosas que destacar de lo que ha pasado en los mercados últimamente pero, para empezar por las sorpresas positivas, hay que detenerse en los resultados de la banca española.

En la publicación de resultados del primer trimestre, el sector bancario ha brillado con luz propia. Contra todo pronóstico, la práctica totalidad de los bancos han sorprendido en esta tanda de resultados. Las dinámicas son las mismas en las cuentas de resultados de todas las entidades, pero no se esperaba que empezaran a lucir tan pronto porque en el arranque del año todavía no había dado tiempo a que se trasladara a resultados el impacto de la subida del euríbor.

Lo que era –de hecho lo sigue siendo– común para el conjunto del sector eran las bajas expectativas. Nadie esperaba nada. En realidad se lleva mucho (demasiado) tiempo sin esperar nada de este sector, que estos últimos años ha sido capaz de sostener mucho mejor la rentabilidad de lo que se presuponía, aunque eso no haya sido suficientemente para recuperar el favor del mercado.

Quizá sea eso, precisamente ahora, lo que desde el punto de vista de la inversión constituya uno de sus principales atractivos: están dejados de la mano de Dios.

Más aún cuando las sorpresas no han hecho nada más que empezar. Los próximos trimestres nos van a servir para recordar cómo de agradecidas son las cuentas de resultados de los bancos con el viento de cola. Lo teníamos olvidado, lógicamente, pero salvo catástrofe tenemos por delante años de muy buenos resultados de la banca.

Al colchón por el lado de las provisiones del Covid, que prácticamente les hace las cuentas de este año, hay que sumar que la vuelta de los tipos de interés les coge con los deberes bastante bien hechos por el lado de los costes. Esto se va a traducir en un apalancamiento operativo sin precedentes. Además, y como ya hemos contado en esta página, lo que vamos a vivir no lo hemos vivido nunca antes. El paso de los tipos de referencia de negativo a positivo no tiene precedentes, por lo que no nos sirve el habitual sesgo retrospectivo para anticipar lo que está por llegar. Y va a ser entre bueno y muy bueno.

Otra cosa. Cuando esto pasa en un entorno de valoraciones sectoriales atractivas no se puede pedir más. La fiesta está servida.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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