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Economía

Dele duro al langostino

En medio de una avalancha de datos económicos positivos, el Gobierno ha publicado su techo de gasto, diseñado específicamente para el contento general de la tropa ciudadana. El empleo se recupera de manera impresionante y el crecimiento coge ritmo. Para que nadie se quede atrás, nadie se quedará sin su alegría monetaria. Los empleados públicos serán más, los pensionistas cobrarán más, el salario mínimo subirá (ya lo verá) y hasta las autonomías tendrán su cuota de felicidad asegurada con mayores inyecciones de dinero (entregas a cuenta). La reelección va por buen camino y, desde luego, no será por falta de interés ni de atención.

Pero si aplicamos el ‘zoom’ y miramos las cosas más de cerca, la alegría se modera. El impulso del crecimiento se deriva exclusivamente de la mejora del consumo interno, porque las inversiones están estancadas. Lo primero demuestra que, aquí, en cuanto se nos abren las puertas, nos tiramos a la calle y nos lanzamos a consumir, ocupamos las terrazas y bloqueamos las carreteras. Lo segundo es mala cosa. Supone que las empresas no acaban de ver despejado el horizonte o, quizás, que están agazapadas a la espera de ver cómo llegan los dineros europeos que abaraten sus inversiones. Y el empleo ha mejorado mucho… a falta de concretar cómo quedan definitivamente las personas, más de 300.000, que siguen asiladas en los ERTE, pendientes de volver a sus antiguos puestos de trabajo o pasar a la fila de al lado, la del paro.

En ese entorno llega el techo de gasto complaciente diseñado por el Gobierno como disparo de partida para el proceso de elaboración de los Presupuestos Generales. Si lo observa con detenimiento verá que eso de fijar primero lo que queremos gastar y buscar luego dónde encontraremos los ingresos necesarios para financiarlos no deja de ser una actitud desaprensiva. Pero es costumbre, claro. Luego está su tamaño, un récord histórico que supera al del año anterior, sin haber iniciado ni siquiera una tímida política de consolidación que permita cubrir, aunque sea parcialmente, la profunda sima que tenemos entre ambas partes de la ecuación. Así, a lo tonto y de manera silenciosa, hemos dado por bueno y admitido como permanentes los gastos extraordinarios incurridos durante la pandemia.

Y si calcula el incremento de los ingresos que proporcionará el crecimiento verá que aún nos es necesario recurrir al déficit y, aún así, nos faltan 15.000 millones que nadie sabe dónde están. ¿En una subida de impuestos no desvelada? Supongo. Así que, dele duro al langostino. Que ese ya no se lo quitan.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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