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Internacional

La debacle demócrata augura la pérdida del Capitolio en 2022

Toda la política es local, dice el adagio. La jornada electoral de este martes en EE.UU., protagonizada por la debacle de los demócratas en la elección al gobernador de Virginia, no lo refuta y hay factores específicos en cada una de los cargos en juego a lo largo de un país tan diverso como Norteamérica. Pero, al mismo tiempo, es imposible disociar el descalabro del partido de Joe Biden de la situación que viven los demócratas en la Casa Blanca y en el Congreso, y de una guerra cultural e identitaria que han empezado a perder. Esa derrota y el resultado ajustado en New Jersey –todavía más sorprendente–, unido a otros varapalos a su corriente izquierdista en elecciones locales, podrían ser el anticipo de algo mucho más doloroso para sus intereses: la pérdida de las mayorías exiguas que tienen en el Congreso y, con ellas, buena parte del poder y de la capacidad de maniobra de Biden en sus siguientes dos años como presidente.

Virginia, estado en el que conviven el espíritu sureño y la creciente inclinación demócrata de sus suburbios (el norte está a las puertas de la capital, Washington), se había confirmado en la última década como territorio demócrata. Desde 2009, solo un año después de la victoria histórica de Barack Obama, ningún republicano había ganado una elección aquí a nivel estatal. Este martes, los tres cargos de ese tipo en juego –gobernador, vicegobernador y fiscal genera– se los llevaron candidatos republicanos.

La victoria del republicano Glenn Youngkin frente al favorito inicial, el peso pesado demócrata y ex gobernador del estado Terry McAuliffe, supone un castigo claro a Biden y a sus compañeros de partido y un aviso nítido: la coalición electoral que montaron para echar a Donald Trump del poder y conquistar las dos cámaras se desmorona.

Esa coalición es una mezcla del tradicional voto de minorías raciales, que es decisivo cuando se moviliza, y de avances demócratas en los suburbios, en especial en el voto femenino. Con ella, Biden se impuso a Trump por diez puntos en Virginia y por dieciséis puntos en New Jersey, donde al cierre de esta edición no se había finalizado el recuento, con una ventaja mínima para el actual gobernador, el demócrata Phil Murphy: solo le separaban 15.000 votos del republicano Jack Ciattarelli, con el 90% del escrutinio.

La movilización del voto negro, del que siempre se acuerda el partido demócrata cuando llega la cita con las urnas, no se produjo tanto como la desbandada en los suburbios. Según encuestas a pie de urna, comparado con la victoria de Biden del año pasado, se produjo un trasvase de quince puntos de demócratas a republicanos en el voto de las mujeres blancas, y de 19 puntos para aquellas sin estudios universitarios.

Es una muestra de que funcionó la principal carta política usada por Youngkin: la educación como batalla cultural. En los mismos suburbios donde Biden se impuso con facilidad hace un año se han producido revueltas de padres y madres sobre imposiciones educativas a sus hijos. Desde el uso de mascarilla o la obligación de vacunación para profesores, hasta asuntos ideológicos como las directivas sobre estudiantes transgénero –como el uso de pronombres no binarios o el acceso a baños que correspondan con su identidad de género–, o el debate sobre la inclusión de la Teoría Crítica Racial –la mayor presencia de las cuestiones raciales en el estudio, por ejemplo, de la historia de EE.UU.– en el curriculum escolar.

La mayoría de los votantes en Virginia aseguraban también que el partido demócrata se ha escorado demasiado a la izquierda, una sensación que llega desde el peso mediático de los líderes más progresistas en el partido y de la reacción que provoca en los republicanos y en sus aliados en los medios con llamamientos, por ejemplo, a los recortes o la abolición de la policía.

Esa guerra ideológica no escapa al propio partido demócrata, en otro de los factores decisivos del descalabro: las guerras internas entre las facciones izquierdista y moderada, que tienen bloqueada la agenda legislativa de Biden y proyectan una imagen de desgobierno. Después de diez meses con la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso en su poder, los demócratas no han sido capaces de ofrecer avances legislativos a sus votantes, más allá del plan de rescate frente a la pandemia aprobado a comienzos de año.

Las grandes apuestas legislativas del presidente Biden, mientras tanto, siguen embarradas. Su plan de gasto social y climático, de 3,5 billones de dólares, y con la inclusión de partidas transformadoras –como la baja médica y por maternidad remuneradas–, se ha quedado aguada y reducida a 1,75 billones de dólares por la negativa de senadores moderados como Joe Manchin o Krysten Sinema. Los izquierdistas, por su parte, han impedido que se apruebe el plan de infraestructuras –popular, incluso con cierto apoyo republicano– mientras las partidas sociales no tengan luz verde.

Biden, mientras tanto, parece incapaz de poner orden y conducir a sus socios hacia acuerdos que procuren avances para sus votantes, lo que incide en la sensación de la opinión pública de que su presidencia lleva el rumbo perdido.

Desde el verano, se le acumulan las malas noticias: su incapacidad para convencer a los reacios a la vacuna del covid, el impacto de la variante Delta, el fiasco de la salida de Afganistán, los problemas en la cadena de suministro, la inflación rampante, las cifras récord en entrada de inmigrantes indocumentados, la oleada de crimen violento… Ante todo ello, Biden aparece como un presidente inoperante, no como el timonel firme que prometía en campaña hace un año. Esto tiene su reflejo en las encuestas –sus índices de valoración se han hundido– y ahora en las urnas en Virginia y New Jersey.

Biden y los demócratas tienen cuesta arriba la carrera para conservar el control del Congreso. Ayer, las facciones trataban de arrimar el ascua a su sardina para explicar la debacle electoral: «es la demostración de que los planes de gasto son demasiado ambiciosos», decían los moderados; «es la prueba de que no hemos impulsado nuestra agenda» replicaban los izquierdistas. El problema para ellos es que todavía sudarán mucho para sacar propuestas en el Congreso, y les quedan temas divisivos por delante: acabar con el ‘filibuster’ –la exigencia de mayorías reforzadas en el Senado–, la protección del derecho al voto, la reforma policial, la regularización de millones de inmigrantes… Todo, además, complicado el año que viene por el mucho ‘gerrymandering’ -rediseño de los distritos electorales- en manos de los republicanos, lo que solo les facilitará recuperar más poder.

En los últimos cuatro años, el pegamento de los demócratas ha sido Trump. McAuliffe intentó agitar su fantasma en Virginia, pero Youngkin no cayó en la trampa y mostró a los republicanos la fórmula ganadora: no renegar del expresidente, pero tampoco llevarle como bandera.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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