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Internacional

Sobrevivir rodeados de trincheras en Orijov, a 45 kilómetros del frente: «Esta es mi tierra, no voy a marcharme»

A mediodía se escucha con nitidez el golpe sordo de la artillería rusa pegando no muy lejos, hacia el oeste. Dos impactos, el tercero… Otro más. Es verdad que el suelo no tiembla, pero se oye y se ven bien las columnas de humo. «Mire, solo pedimos una cosa, que abran las farmacias. Entiendo que es costoso, pero vea qué clase de gente quedamos aquí: personas mayores, débiles… Yo me he quedado con mis gatos y no hay de nada. Solo hay un médico, ni hospital ni farmacias, y las farmacias deben funcionar sin excusas ¡Señor presidente Zelenski, tiene que hacer que abran!». Es la plaza central de Orijov, a 70 kilómetros de Zaporiyia viniendo de Mariúpol, territorio natural del avance ruso, y quien habla es Katerina, de 77 años. Se expresa mucho y muy deprisa, las bombas no van con ella, ha colocado un puesto en la calle con unos paquetes de café molido, huevos, tres tiestos, una saca de tabaco a granel y como si estuviera esperando a que empezara una feria. Con la particularidad de que en el pueblo, con sus buenas avenidas y sus monumentos, 14.000 habitantes antes de esto, apenas queda un alma y si acaso se deja caer algún soldado buscando algo para poder liar cigarrillos.

En este Orijov la cosa se puso muy fea hace dos semanas, el Ejército enemigo se les venía encima. De hecho, en un radio de 45 kilómetros, los municipios de Vasilivka, Tokmak y Polohi, situados respectivamente al oeste, el sur y el este, son territorio ocupado. Ni los ucranianos pueden entrar a ellas ni se puede salir, es perturbador imaginar lo que pueden estar pasando ahí al lado. Están realmente cerca. Por eso no es de extrañar que la población de Orijov se haya ido mientras ha podido. Con estas excepciones, también Lila, conserje en el mercado hasta que estuvo operativo, por supuesto, y que en este paisaje de una quietud irreal barre la acera con una escoba corta de cabezuelas, esos rastrojos de tallos duros con bolitas en la punta, y un perro manso olisqueando a cada lado. «Yo no me escondo -cuenta-, los ataques aquí empezaron el quinto o sexto día de las guerra, yo me metí en el bosque. Que disparen, a mí no me van a asustar. Si veo que me cae cerca, pues igual corro, pero esta es mi tierra, no voy a marcharme».

Solidaridad ciudadana
Que se espera a los rusos aquí e incluso más al norte, en un avance hacia Zaporiyia, lo demuestra que, a lo largo de la carretera que sale desde Orijov, los ucranianos han excavado muchos metros de trincheras. Trincheras estrechas y profundas de las de la Primera Guerra Mundial, de esas que uno visualiza en blanco y negro y que parecía imposible que volvieran a cavarse en el siglo XXI. Por encima de ellas, en las atalayas, se han multiplicado los puestos de tirador que apuntan a la calzada, listos para atacar de frente al que se atreva, y los parapetos de hormigón, las barricadas de sacos terreros y de erizos checos -vigas de hierro cosidas en forma de estrella- se cuentan por docenas.

«Estoy en ninguna parte. Y no quiero ir a ninguna parte. Ayer y hoy está siendo un poquito más fácil aquí y espero que la cosa vaya mejorando», dice Katerina, la de las farmacias. Hay que tener coraje. A su vera, una mujer ancianísima de hechuras de alambre y ojos hundidos en cuévanos sin fondo, agarra tan fuerte el monedero de eskay que tiene los dedos azules, asiente sonriéndose contenta y dándole la razón. Vaya dos. «Nuestra comunidad ha vivido como una familia. Solo se ha quedado el 10 por ciento de la gente. Compartimos lo que tenemos entre nosotros y lo que necesitamos», continúa Katerina, y, para dejar claro que no están tan mal, comenta que ahí cerca, «en Nesteryanka, que hay una enorme granja en la que yo trabajé hasta jubilarme, ahí ni hay electricidad, ni internet, ni móvil, ni gas, agua con problemas, y ganado que no hay para darles ni de comer ni de beber…»

A estas alturas de mayo, el sol castiga en Orijov. Venga a oírse explosiones a lo lejos. Como un espejismo alucinógeno, en un lado está encendido a pleno día el Café Arábica, con su alicatado y sus butacas hipster a estenar, una radio vintage Marshall en la repisa, y Makarenko y Natalia Olekcang sirviendo capuccinos perfumados y densos a la moda. No hay otra cosa que persianas bajadas, cierres echados, puertas bloqueadas, casas muertas, vacío y silencio alrededor y ellos tienen un único cliente apalancado en la barra. Siguen más que nada, por los militares. Si no, quién les va a poner un desayuno, explican. En Ucrania, cada uno aporta lo que puede y esta es su forma de hacerlo. Se encogen de hombros como si fuera lo más natural. Ahora sí que ha temblado el suelo con otra carga rusa, y hasta las bombillas.

No rendirse
Hacer un poco como si no pasara nada. La vida sigue. Lila, que está a lo suyo barriendo con los perros, hasta va echando lo que pilla en una bolsa grande de basura para que Orijov, además de asediado por los rusos, esté impoluto, pues esta Lila no oculta que lo han pasado mal. «El primer mes de esta guerra fue difícil para mí, completos extraños por aquí echándonos una mano…» «Este es el sitio en el que está mi madre, no tengo hijos, en su lugar tengo gatos -hay un vínculo desconcertante de los ucranianos con sus mascotas-, mis amigos están aquí. De setenta días a acá, nuestros chicos -los que defienden el país, profesionales o no-, han estado cuidándonos y alimentándonos como si fuésemos bebés». Por ser rigurosos, utiliza el verbo «amamantándonos», que los militares les han amamantado. «Los rusos no han podido con nosotros y creo que no podrán», zanja.

Definitivamente, Lila no se va, Katerina tampoco, la señora tan viejita a su lado tampoco. «Mientras haya comida suficiente, voluntarios, gente ayudando… esta guerra está demostrando dónde están los buenos y dónde los malos. Nosotros tenemos muchos buenos, no voy a dejar a mi madre ni a mis animales». Resistirán, añade, «hasta que nuestros chicos vengan a liberarnos».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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