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Internacional

Crónica de la caída anunciada de la doliente y resignada Mariúpol

Por mor de la guerra en Ucrania, Mariúpol es, quizás, el nombre más conocido de entre todas las ciudades del país. Coetánea de la Revolución Francesa (1789), esta urbe del óblast de Donetsk, de casi 500.000 habitantes, era hasta ahora un modelo industrioso a orillas del mar de Azov. Puerto clave para la industria y la agricultura, Mariúpol era asimismo conocida como la capital ucraniana del acero, habiendo estado ligada, desde sus orígenes, a la península de Crimea y, por tanto, sufrido también directamente las consecuencias de la guerra de Crimea (1853-1856).

Histórica y desafortunadamente, Mariúpol es muy versada en calamidades. Ha sufrido mucho, demasiado, en guerras y conflictos durante los últimos cien años. Juguete de unos y otros, tras la Revolución de Octubre, la ciudad cayó en manos bolcheviques para, en 1918, ser ocupada por los ejércitos austriacos. A finales de ese año pasó a manos del Ejército Blanco (fuerzas contrarrevolucionarias rusas). En 1919 fue nuevamente asaltada por el Ejército Rojo e incorporada, a finales de ese año, a la República Socialista Soviética de Ucrania. En octubre de 1941, durante la II Guerra Mundial, Mariúpol fue ocupada por las tropas alemanas (general Von Rundstedt), hasta que, en noviembre de 1943, fue retomada por el ejército soviético.

En la primavera de 2014, la ciudad fue escenario de desórdenes, atentados y combates –la llamada batalla de Mariúpol–, en el marco de una suerte de ‘guerra civil’ entre el Gobierno de Kiev y los separatistas de las dos autoproclamadas repúblicas populares (Donetsk y Lugansk). Conflicto que muchos consideran como el primer acto de la actual guerra en Ucrania. En septiembre de ese mismo año, la ciudad que, en referéndum no reconocido, se había mostrado prorrusa en un 80%, fue tomada ‘definitivamente’ por el llamado batallón Azov (paramilitares ucranianos de perfil neonazi).

Tanques prorrusos el pasado mes de marzo cerca de la ciudad de Mariúpol

REUTERS
En la invasión de Ucrania por las tropas rusas, el pasado 24 de febrero, uno de los ejes de progresión prioritarios partía desde Crimea hacia Mariúpol. Volvía así a reverdecer el triste bagaje bélico del histórico binomio Crimea-Mariúpol. El planeamiento ruso perseguía establecer un corredor, de alrededor de 600 kilómetros, en la orilla norte del mar de Azov, entre Jersón y Rostov del Don (Rusia), así como enlazar físicamente ese corredor con el Donbass. En el desarrollo de esa gran operación, las tropas rusas hubieron de enfrentarse y reducir las defensas en Melitópol y Berdiansk. Y, cuando llegaron a Mariúpol, se encontraron con una defensa ucraniana fuertemente organizada –previsiblemente favorecida por los productos de la inteligencia norteamericana–, cuya espina dorsal era el batallón Azov, y que planteaba un escenario paradigmático de combate urbano.

El planeamiento ruso perseguía establecer un corredor, de 600 kilómetros, en la orilla norte del mar de Azov, entre Jersón y Rostov del Don (Rusia), así como enlazar físicamente ese corredor con el Donbass

Mariúpol se convirtió así en un fenomenal obstáculo en el proyecto de corredor diseñado por el Estado Mayor General ruso. Éste, consecuentemente, para remover la obstrucción, se vio forzado a aceptar esa modalidad de combate que, en principio, resulta beneficiosa para la defensa y desfavorable para el que ataca. Dos semanas después del inicio de la invasión, ya parecía claro que la ciudad era objeto de batalla y que solo caería o bien por arrasamiento, o bien por rendición. Y, posiblemente, por los dos sucesivamente. Fue progresivamente cercada si bien, durante varias semanas, disfrutó de un pasillo que, por el norte de la ciudad, la unía a Voinovaja.

Tremendo desgaste
La batalla por Mariúpol ha supuesto un tremendo desgaste de las fuerzas rusas. Éstas, sobre blindados o a pie, han ido estrechando paulatinamente el cerco de la ciudad, luchando barrio por barrio y casa por casa, con un alto volumen de bajas que podrían evaluarse en alrededor de 2.000. Asimismo, han empleado a fondo su notable capacidad artillera que, en combate urbano, tiene menor eficacia que en campo abierto. El resultado de tan encarnizados combates ha sido una ciudad arrasada y despoblada. Se calculan en alrededor de 20.000 los muertos civiles, así como que el 75% de los habitantes, que lograron escapar del fuego cruzado, engrosan ahora la triste y varias veces millonaria legión de desplazados o de refugiados. Igualmente, se estima que todavía permanecen en la ciudad alrededor de 100.000 personas, que sobreviven en condiciones inhumanas de falta de víveres, agua, electricidad o calefacción.

Evacuaciones de civiles en Mariúpol

REUTERS
Los defensores, ya arrinconados en la planta industrial Azovstal, han rechazado tres ofertas rusas de ultimátum para deponer las armas. Ese refugio parece seguir siendo objeto de ataques, a pesar de que, el 21 de abril pasado, Putin anunció la cancelación de los mismos para, simplemente, bloquear la planta. Se evalúan en unos 500 los combatientes que todavía se parapetan, con un grupo de civiles, entre las ruinas y el laberinto de galerías, túneles y depósitos del subsuelo de la acería. Civiles que, bajo los auspicios de Naciones Unidas, y en aplicación del derecho internacional humanitario, están siendo objeto de evacuaciones, estimándose en alrededor de 130 las personas que todavía quedan por exclaustrar. No es tarea fácil porque, a la autorización de todas las partes, hay que añadir, entre otras, tres acciones complejas como son: acordar e implementar un alto el fuego temporal; delimitar y balizar el pasillo humanitario por el que ha de discurrir la evacuación; y asegurar ese movimiento, hasta que los evacuados alcancen terreno ‘amigo’. Lo más sensible es determinar quiénes son susceptibles de evacuación, ya que a los combatientes les es de aplicación el III Convenio de Ginebra para prisioneros de guerra. Y, sobre todo, quedaría resolver, en su caso, la situación de los combatientes/beligerantes ilegales, que participan en las hostilidades sin estar legitimados para hacerlo.

Una importancia singular
Mariúpol, realmente, ya no representa un gran obstáculo físico al movimiento de las tropas rusas por el corredor al norte del mar de Azov, más allá de lo que suponen sus ruinas y escombros. Sin embargo, la pertinaz resistencia en Azovstal tiene un enorme significado para ambas partes. Para la parte ucraniana, ese aguante defensivo es todo un símbolo, tanto doméstico como hacia el exterior, de la entereza y obstinación de un país frente a una invasión que resulta, a todas luces, ilegítima. Sirve, además, como señuelo y base propagandística para estimular la llegada de ayuda externa, principalmente armas y pertrechos militares, a Ucrania. También resulta ventajoso, mediante la ‘quema’ de unos pocos recursos (incluidos los humanos) ya ‘amortizados’, provocar un fuerte desgaste, operativo y moral, entre las tropas rusas que quedan fijadas sin poder ser empleadas en otros frentes más rentables. No deja de tener su chispa que Kiev, ordenando, comprensiblemente, a los defensores de la acería aguantar en sus posiciones a toda costa, simultáneamente vocee su disgusto porque aquéllos estén siendo atacados. Todo parece legítimo para causar impacto en la opinión pública occidental.

Su pase a manos rusas, aunque sea arrasada, supone un acicate para la moral de las tropas propias, al venderse como derribo de la jaleada resistencia ucraniana

Para la parte rusa, la caída de Mariúpol (que se ha dado por hecha) tiene igualmente una importancia singular. Su pase a manos rusas, aunque sea arrasada, supone un acicate para la moral de las tropas propias, al venderse como derribo de la jaleada resistencia ucraniana. Igualmente, materializa la continuidad del corredor perseguido entre Jersón y Rostov del Don, asegurando y reduciendo la cola logística que alimenta las operaciones en la zona del bajo Dniéper (y su hipotética proyección hacia Odesa o Transnistria). Asimismo, incorpora a los ‘nuevos’ territorios rusos unas importantes instalaciones portuarias en el mar de Azov, solidificando el glacis de seguridad de Crimea. Y, para remate, deniega a Ucrania su salida al mar que queda restringida a la zona de Odesa. Al menos, de momento.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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