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Internacional

Serbia, el aliado de Putin en el corazón de Europa

En el Museo de Historia Contemporánea de Moscú se ha abierto esta semana una exposición destinada a exponer los «crímenes» de la OTAN durante los 73 años de su existencia, y en ese escaparate de maldades figura en un lugar predominante el bombardeo de Belgrado de la primavera de 1999. El Kremlin hace todo lo que está en su mano para reforzar el cordón umbilical que une a Rusia con Serbia desde hace siglos y, a cambio, Belgrado sigue siendo la principal fuente de problemas para la Unión Europea en su área de influencia.

La victoria clara del nacional populista Aleksandar Vucic en las elecciones del domingo de la pasada semana no se entendería tampoco sin el ambiente efervescente y altamente polarizado que suscitó la guerra de Ucrania en la campaña electoral serbia. Esas relaciones tan íntimas entre Rusia y Serbia ya suponían una interferencia en el panorama político europeo y la victoria de Vucic no ayuda en absoluto a suavizar el problema. Como ha escrito Engjellushe Morina, experta del Consejo Europeo para las Relaciones Exteriores (ECFR), «en la nueva realidad geopolítica que ha creado la guerra, no está claro si Belgrado se volverá completamente hacia Europa y Occidente o si seguirá poniéndose del lado de Rusia, convirtiéndolo en un lastre para el proyecto europeo y para la OTAN». Por ahora y a pesar del hecho de que el Tratado de Asociación con la UE le obliga a alinear su política exterior con la comunitaria, Serbia sigue mirando hacia Moscú como su aliado esencial y se ha negado a aplicar las sanciones por la guerra de Ucrania.

En la última década, Putin y el presidente serbio se han reunido una quincena de veces y cuando el ruso ha visitado Belgrado ha sido recibido por multitudes de serbios en lugares tan emblemáticos como la explanada de la Catedral de San Sava, el fundador de la Iglesia serbia.

Se podría decir que, en parte, aquella intervención de la OTAN en los Balcanes, capitaneada por el español Javier Solana cuando era secretario general de la OTAN, llevaba consigo el germen de lo que está pasando ahora. Cuando las bombas aliadas caían sobre Belgrado, Vladímir Putin era el jefe del FSB (Servicio Federal de Seguridad) –el organismo que sucedió al viejo KGB y del que él mismo procede–, además de secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, pero inmediatamente después –en cuestión de días– fue nombrado primer vicepresidente del Gobierno de Boris Yeltsin. Empezaba así su verdadera carrera política, marcada por la emoción de que Rusia no hubiera podido socorrer entonces a su aliado serbio ante los ataques de la Alianza Atlántica.

Moscú ve en Serbia una puerta para escapar de las sanciones económicas y una llave para abrir nuevos frentes en los Balcanes

Más de veinte años después, el pasado febrero, poco antes de que diera la orden de empezar a bombardear Ucrania, en una comparecencia con el canciller alemán Olaf Scholf un periodista le preguntó si habría guerra en Europa, a lo que Putin respondió: «El canciller acaba de decir que la gente de su generación (y yo soy miembro de su generación) difícilmente puede imaginar algún tipo de guerra en Europa… Pero tú y yo hemos sido testigos de una guerra en Europa, la guerra contra Yugoslavia, que fue desatada, casualmente, por la OTAN. Fue una operación militar a gran escala que incluyó ataques aéreos contra una capital europea, Belgrado. Eso pasó, ¿no?».

Independencia de Kosovo
Muchos sostienen también que el posterior reconocimiento de la independencia de Kosovo por parte de los principales miembros de la OTAN, un desgarro sentimental y físico para Serbia, fue percibido por Putin como el precedente para que él mismo iniciase el proceso de segregación de distintos territorios de otras repúblicas exsoviéticas hasta llegar a la anexión de Crimea. A pesar de la oposición frontal de Moscú, la independencia de Kosovo fue reconocida por Estados Unidos y casi todos los aliados de la OTAN en febrero de 2008 y en agosto de ese mismo año Rusia reconoció la de los territorios georgianos de Abjasia y Osetia del Sur.

La victoria electoral de Vucic ha sido para el Kremlin la confirmación de que su política en los B
alcanes ha dado sus frutos y, de hecho, Putin no tardó más que unas horas en enviarle un telegrama para felicitarle por el «convincente» resultado y decirle que espera «que su trabajo como jefe de Estado continúe contribuyendo al fortalecimiento de la asociación estratégica que existe entre nuestros países, que es lo que sin duda responde a los intereses de los pueblos hermanos de Rusia y Serbia».

Vucic, líder del Partido Progresista Serbio, es en realidad un populista que se envuelve en la bandera del nacionalismo serbio que tantas desgracias ha sembrado en el pasado en todos los Balcanes, y al que se acusa de haber emprendido el camino del monopolio de los contrapesos políticos en el país, sobre todo por lo que respecta al control riguroso de los medios de comunicación.

Aislamiento internacional
En estas circunstancias en las que Rusia está sometida a un formidable muro que le condena al aislamiento internacional, la invasión de Ucrania había creado un ambiente muy favorable a los argumentos de Vucic en la campaña electoral, para hacer sentir a sus votantes que estaban vengando de algún modo los agravios del pasado. Desde Rusia son conscientes de que para Belgrado es cada vez más difícil estar al mismo tiempo en la órbita europea y en la rusa, aunque Vucic había logrado convencer a sus electores de que «seremos capaces de aguantar la presión y mantener el orgullo nacional de modo que también podamos evitar la ira de los países grandes, ya que ellos suelen volcar sus frustraciones en los pequeños». De todos modos, las encuestas afirman que hay casi más serbios favorables a una unión con Rusia que a la integración en la Unión Europea.

Para Moscú, el papel de Serbia va incluso más allá de ser una puerta para intentar escapar de las sanciones económicas. Belgrado tiene la llave para abrir nuevos frentes en los Balcanes que desestabilizarían la zona y obligarían a los europeos a diversificar su atención. Por ejemplo, podría dar alas a la comunidad serbia de Bosnia para acelerar sus planes de desconectarse de las instituciones federales del país, lo que provocaría una nueva guerra en los Balcanes. Fuentes diplomáticas de la OTAN, que mantiene una misión militar en Bosnia para apuntalar la paz en el país, hablan de una «situación explosiva» que solo se mantiene porque hay otro actor muy relevante en este momento, tanto en los Balcanes como en Ucrania y que además es miembro de la OTAN: Turquía, que apoya firmemente el mantenimiento de la unidad de Bosnia.

Pero incluso en el peor de los casos, Serbia no solo cuenta con el apoyo de Rusia para resistir las presiones de la UE y la OTAN. El máximo dirigente chino, Xi Jinping, también felicitó a Vucic por su reelección como presidente de Serbia y le recordó que la asociación estratégica entre China y Serbia ha desarrollado una «atmósfera de confianza política mutua y una fructífera cooperación práctica» entre los dos países. «Frente a grandes cambios globales que no se habían visto en siglos, las dos partes se respetan firmemente, se tratan como iguales y se unen para construir una comunidad con un futuro común para la humanidad, contribuyendo positivamente a preservar la igualdad internacional y justicia».

Viktor Orban, líder de Hungría

REUTERS
Y si hay que buscar mayor apoyo para las posiciones favorables al Kremlin del líder serbio tal vez el factor más determinante es la actitud de su vecino húngaro, el también nacionalista Viktor Orban, que siendo miembro de pleno derecho de la UE está intentando mantener a toda costa una neutralidad forzada en el conflicto de espaldas a sus socios comunitarios. Ha aceptado las sanciones pero no quiere ni acoger refugiados ni colaborar en el envío de armas a los ucranianos.

Las coincidencias son muy chocantes porque ambos –Orban y Vucic– obtuvieron el mismo día una significativa victoria electoral cada uno después de haber hecho juntos parte de la campaña electoral, entre otras cosas inaugurando un nuevo tren entre Belgrado y Budapest. Y el último gesto de Orban, admitir que estaría dispuesto a pagar la factura del gas en rublos si Putin se lo pide, le deja prácticamente más cerca de Serbia que de sus socios europeos. En todo caso, la Comisión ha enviado a Budapest la carta del procedimiento de infracción por la erosión de los equilibrios democráticos el día después de que Orban renovase su mandato por cuarta vez, señal de que en Bruselas no piensan pasar por alto la actitud de este país.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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