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Civiles en Afganistán: «No tienen adónde ir, esta vez no pueden escapar»

Nadia Ghulam (Kabul, 1985) es una afgana que actualmente reside en España, concretamente en Barcelona. Hace 15 años que vive en este país, en el que fue acogida por una familia de Badalona y al que llegó gracias a una ONG, a causa de heridas de guerra. Una bomba destruyó su casa, pero también a su familia. Esta explosión acabó con la vida de su hermano, pero también con la salud de su padre, que quedó traumatizado para siempre y que actualmente sufre una enfermedad psicológica. La vida de Ghulam no fue fácil, y este suceso hizo que no pudiese vivir como una mujer -por lo que supone ser una mujer en este país-. «Tuve que vestir como si fuese un hombre durante diez años para poder ayudar a mi familia».

Ghulam pudo escapar de la guerra, pero tuvo que dejar atrás a todos sus seres queridos. A pesar de esto, nunca ha perdido el contacto con ellos. «Hablo con mi familia cada día, a cada hora, porque lo estamos pasando muy mal. Las personas que vivimos fuera de nuestro país, que hemos podido salvar nuestra vida, estamos sufriendo el doble», lamenta Ghulam.

La afgana Nadia Ghulam

Nadia Ghulam

Su familia reside en Kabul. Nadia explica a ABC que su madre, de muy avanzada edad y con muchos problemas de salud, le cuenta por teléfono que los talibanes van a entrar a la ciudad, que les van a atacar y que van a tomar sus casas. «¿A dónde iremos?», le pregunta a su hija. Ghulam confiesa que, aunque le quiere dar ánimos y le niega que eso vaya a ocurrir, sabe de corazón que su madre tiene razón: «No tienen adónde ir, esta vez no pueden escapar». Asimismo, explica que en el pasado ya tuvieron que vivir una situación complicada. «Estuvimos dos años en un campo de refugiados, en la frontera de Pakistán. Pero esta vez es diferente. Con la edad que tiene, mi madre ya no puede casi ni andar».

Moneda de cambio
Su prima, que reside en la casa de sus padres, tiene dos niños. Su marido murió víctima de un atentado suicida. Ghulam sabe que su madre está muy preocupada por ellos. «Me dice que ella ya está en el final de su vida, que morirá, pero que no puede dejar a esta mujer sola, con dos niños, en manos de los talibanes».

Ser mujer es sinónimo de inseguridad. «En mi familia hay varias mujeres, con lo que eso conlleva en mi país, y tengo la responsabilidad de ayudarlas. Las mujeres tienen más peligro en Afganistán porque los talibanes, cuando entran, lo primero que hacen es ir a por estas. Para ellos, la mujer deja de ser un ser humano y se convierte en una moneda de intercambio».

Nadia explica que todo el esfuerzo que hace en España le sirve para poder ayudar a su familia. Pero, en esta situación, se siente impotente: «Me torturo porque no puedo hacer nada. Hoy les decía: ‘Mamá, papá, -refiriéndose a su familia española- no tengo más fuerza para vivir, quiero morir, no puedo ver este dolor. No estoy con ellos, pero sentir lo que están viviendo… me da mucha impotencia. ¿Cómo puedo comer, cómo puedo dormir, si ellos no están bien?. Esta no es la vida de una refugiada como yo, es la vida de todos los que hemos escapado de Afganistán. Hemos dejado atrás a nuestras familias pero, ¿qué pasa con ellos?, ¿hasta cuándo sufriremos la guerra?. Esa es mi pregunta», lamenta Ghulam.

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Confiesa que no ha superado los traumas que le dejó la guerra. «Llevo muchos años con terapia psiquiátrica para poder sobrevivir a estos traumas de guerra, algo que se ha convertido en una tortura para mi. Cuando veo noticias, cada vídeo… siento las lagrimas de mi hermana, de mi prima, de mi familia». Compara su situación, y la de todos los que tuvieron que salir de su país, con una especie de Guantánamo. «Los afganos que estamos viviendo en Europa, en otro país, nos sentimos como en Guantánamo. Allí, les daban noticias sobre sus seres queridos para que sufrieran y lo pasaran mal. Nosotros estamos aquí, tenemos comida, algunos incluso trabajo, pero esto no es una vida. Es una tortura», confiesa.

«Kabul ahora se ha convertido en un campo de refugiados, pero más grande»

Ghulam asegura que los talibanes, que ya están alrededor de Kabul, han cortado todos los accesos a la ciudad: «Han limitado Kabul para que la gente se entregue fácilmente a los talibanes. No tienen agua, han cortado la luz. No dejan que las noticias lleguen, no dejan que la comida entre. Kabul ahora se ha convertido en un campo de refugiados, pero más grande. La gente que ha escapado a esta ciudad solo encuentra hambre, violencia y robos. No se puede salir porque afuera están los monstruos más grandes, presionando la ciudad».

«O aceptas la presión o vas morir de hambre»

Nadia explica que los talibanes no se hacen con las ciudades sin violencia, porque esta la ejercen antes de la toma oficial. «Una de mis primas, que vive en la provincia de Logar, llevaba desde febrero del año pasado sufriendo esta situación. Ahora han tomado Logar, imagina los días que lleva sin comida, sin posibilidad de salir del lugar. Los talibanes presionan las ciudades desde fuera. No les dejan entrar ni salir. No dejan que pase la comida, ni la agua, nada. Todo lo que pueda entrar desde fuera, se cierra. O aceptas la presión o vas morir de hambre», explica.

La familia de Ghulam se teme lo peor. La mujer nos afirma que, hablando con su madre, esta le ha dicho que ya estaba oyendo los bombardeos. «Me ha dicho ‘pronto entrarán, ¿y qué vamos a hacer? No por mí, sino por tus primas, por tu hermana. ¿Cómo podemos hacer?». Además, la situación es más preocupante para ella puesto que su barrio es el primero al que tienen que acceder los talibanes para poder entrar en Kabul.

«La gente de Kabul está sufriendo mucho. Cada día, la preocupación y el miedo aumentan. Cuando hablé con mi hermana, ella era la que me daba fuerzas. Me decía que no me preocupara, que todo iba a salir bien, que los talibanes no podían entrar a la ciudad». Pero al día siguiente, su testimonio cambió. «Me dijo que estos estaban muy cerca, que no sabían si iban a poder salir de esta situación. Me dijo: ‘vamos a morir’».

«Estaban hablando de paz, pero no había paz»

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Nadia hace hincapié en que el avance no ha sido rápido ya que los talibanes llevan mucho tiempo asolando Afganistán. «Yo llevo dos años denunciando la situación. No ha sido rápido. En mi barrio, por el día gobernaba el gobierno, sí, pero por la noche el poder lo tenían los talibanes. Estaban pactando. Estaban hablando de paz, pero no había paz», finaliza.

Aumentan las víctimas

José Mas Campos, responsable de la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF), estuvo en Afganistán de enero a abril de este año, y más recientemente este pasado junio. Campos, que ha hablado con ABC, ha explicado lo que pudo ver durante su estancia en este país.

Jose Mas Campos, miembro de MSF

José M. Campos
«Nosotros estamos viendo, con nuestros propios ojos, como la violencia se ha recrudecido mucho durante los últimos dos meses». Campos explica que la violencia comenzó en las zonas más rurales, aunque luego avanzó hasta las grandes capitales. «Al principio, esta se notaba más en las zonas rurales, algo que hacía que el número de víctimas fuese menor. Pero ahora, esta línea de frente ha alcanzado a las ciudades. Y esto ha hecho que el número de víctimas civiles esté aumentando de manera muy significativa», indica.

El acceso a los centros médicos es otra de las dificultades con las que tienen que lidiar los afganos. «Otro problema que hemos podido percibir es que la guerra impide a los civiles acudir a los hospitales. Las personas tienen miedo a salir a la calle», explica el responsable. Asimismo, añade que «cuando lo hacen, llegan en condiciones muy críticas».

«Solo acudió una mujer a la sala de parto, cuando lo normal es que lleguen 60»

Campos pone un ejemplo para entender la magnitud del problema. «Esta situación la vivimos en Lashkar Gah, una provincia de Helmand. En lo más cruento de la ofensiva, solo acudió una mujer a la sala de parto, cuando lo normal es que lleguen 60». Según explica el miembro de MSF, esto también afecta a las condiciones de los partos puesto que las complicaciones se pueden atender mejor en una sala preparada para ello que en las casas, sin profesionales.

También hace referencia a la ciudad de Kunduz -al noreste de Afganistán y que cayó en manos de los talibanes-, «donde hemos podido seguir trabajando»,
y a la ciudad de Kandahar
, donde también han sido testigos de las consecuencias de la violencia. «Hemos visto como muchas familias han tenido que desplazarse ante el avance talibán. Estas, que tienen que vivir a la intemperie, no tienen acceso a agua potable ni a las letrinas». Ante esta situación, Campos explica que MSF ha tenido que adaptar sus programas para poder dar asistencia a estos desplazados. «Tenemos que tener en cuenta que, conforme vayan cayendo más capitales, habrá más desplazados. Y estos posiblemente acaben buscando ayuda en Kabul».

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Efectos psicológicos
José Mas Campos destaca los efectos psicológicos que esta situación está produciendo en los civiles. «Es algo que no se ve y su dimensión no se puede medir». Incide en que «estamos hablando de Afganistán, un país que lleva sumido en sucesivas guerras desde hace 40 años», destaca.

«Es increíble como estas siguen albergando esperanzas, a pesar de que no parezca que haya motivos reales para tenerlas»

Por otra parte, y para entender bien la situación de los afganos allí, Campos explica que Afganistán «es un país que siempre está esperando que algo peor ocurra». El responsable se muestra sorprendido ante la posición que toman las familias afganas: «Es increíble como estas siguen albergando esperanzas, a pesar de que no parezca que haya motivos reales para tenerlas». Recalca que «ellos lo siguen haciendo (mantener la esperanza), y siguen viviendo como pueden».

Para finalizar, Campos incide en el futuro de los jóvenes. «En los últimos 20 años, en Afganistán se han producido ciertos avances en derechos sociales y en educación, entre otros, pero, sin embargo, ahora llega esta situación, que va a recrudecer su presente y que va a endurecer mucho su futuro». Para el miembro de MSF, «no hay una luz clara al final del túnel. No parece que las negociaciones estén avanzando». Asimismo, apunta que «no hay optimismo en la situación, no parece que vaya a mejorar. Esto será una crisis a largo plazo».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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