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Internacional

Un viaje de 6.000 kilómetros para dar una nueva vida a cuatro ucranianas

Día 1. Madrid todavía está a oscuras cuando el convoy se congrega a las seis de la mañana en el intercambiador de Avenida de América. El pelotón de 18 personas, uno de los muchos grupos que se improvisan estos días para enrolarse en una misión humanitaria, es variopinto: jóvenes, mayores, una pareja de hermanas, un tuitero, un exlegionario y amigos de la infancia aparcan con sus anchos vehículos cargados de suministros. Todos financian el viaje a Polonia con las aportaciones de conocidos y desconocidos. «Se me ha saturado el ‘bizum’ en unas horas», asegura Fátima Vélez, junto a un coche familiar repleto de comida, pañales, compresas, tiendas de campaña, colchones inflables, cerillas, pilas…

Dani Alonso, un fisioterapeuta de 48 años, aparca en la doble fila a las 6.15 horas y se acerca en su silla de ruedas para saludar al grupo. Conduce el mismo Toyota Land Cruiser que tras el paso de Filomena surcó las carreteras nevadas y llevó a un centenar de personas que necesitaron un transporte sobre el manto blanco. «En cuanto vi la guerra de Ucrania ya tenía claro que yo me iba a ir para ayudar», declara. «Está dentro de mí esa vocación de estar donde alguien lo necesita». Con este espíritu ha traído a cuatro mujeres ucranianas desde la frontera con Polonia. Pero eso es el final del viaje.

Apenas hay hueco en el Toyota para encajar la silla de ruedas. Además de las cajas de material que atestan medio vehículo, el todoterreno tira de un remolque con 500 kilos de pienso para mascotas y un baúl atiborrado de mantas y sacos de dormir colocado en la baca. Casi 700 kilos que ralentizan la ruta hacia Polonia, donde cruzan cerca de 80.000 ucranianos cada día, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

El camino atraviesa primero Burgos, Irún y asciende hacia Burdeos, unas 14 horas y 1.500 kilómetros para cubrir la etapa inicial, que discurre entre campiñas francesas, con parada en un motel de carretera de la ciudad belga de Mons. El trayecto se organizó contra reloj, se confirmó un miércoles para salir al lunes siguiente, y Dani viaja con más de 4.000 euros en donaciones. En tres días superó el límite de transacciones mensuales de su ‘bizum’, el sistema de pagos instantáneos entre particulares.

Día 2. La carretera es infinita y la gasolina, cara, más de 2 euros el litro. Otras 12 horas y 1.300 kilómetros de Mons a Varsovia, donde desemboca el grueso del flujo de refugiados. Dani no suelta el móvil en una sucesión de llamadas y conversaciones por Whatsapp. La vía de escape de los ucranianos se gestiona sobre la marcha, a través de contactos que enlazan con otros y voluntarios que coordinan por su cuenta desde España y Polonia el traslado de ucranianos. Algunos conductores del convoy envían listados con nombres de refugiados y formularios a rellenar por las casas de acogida, en un intento por revestir de formalidad un proceso que continúa al margen de administraciones y cauces oficiales.

Día 3. A la frontera se accede con recomendación. Andrés Karabin, un voluntario en Varsovia, es el contacto para dar con Juan Garrigues, un estudiante de Medicina que recibe a Dani en el viejo centro comercial reconvertido en centro de refugiados de la aldea polaca de Mlyny, a 6 kilómetros de Ucrania. Los voluntarios ayudan a distribuir los casi 700 kilos de suministros que carga el Toyota. Un hombre polaco, que atiende una carpa del complejo destinada a las mascotas de los refugiados, abre los ojos de par en par al ver el remolque. Todo se entrega salvo la ropa; ya tienen suficiente.Algunos voluntarios envían listados con nombres de refugiados y formularios a rellenar por las casas de acogida en un intento por revestir de formalidad un proceso que continúa al margen de administraciones

Montañas de abrigos, chaquetas, jerséis y sudaderas están desperdigadas en el ala que sirve de almacén, donde varios padres con sus hijos rebuscan en un océano de pares de zapatos. En las hileras de camastros de Mlyny duermen unos 2.000 refugiados, un lugar de paso atendido por una red de voluntarios sin jerarquías. «Es importante mantener esto, no venir a llenar un autobús e irte», explica Myrian González, fundadora de Yùhé, una de las asociaciones que trabajan en el terreno para garantizar que los refugiados se mueven con los papeles en regla. «Si no hay documentación, es tráfico de personas», señala otro miembro de Yùhé, Nico Sciabbarrasi.

Día 4. La búsqueda no es tan sencilla. Después de pasar la noche en la fría y siempre iluminada nave, Dani dedica la mañana a ofrecer traslado y acogida al goteo constante de personas que entran y salen de Mlyny. Culebrea por los pasillos-dormitorio, pide a los voluntarios que lo anuncien en ucraniano por el altavoz y planta su silla de ruedas en la entrada sosteniendo un cartel escrito en cirílico. Un par de madres con sus hijos se detienen a escuchar -Dani recurre a su amiga Katerina, que vive en España y sirve de traductora telefónica-, pero al rato desaparecen. No es fácil subir al coche de un desconocido. «Lo que más necesitan es ansiolíticos, las madres llegan con un estrés brutal», cuenta Juan Garrigues, uno de los encargados del punto médico 24 horas.

Olha Savchenko y su hija Katrina, de 21 años, Kseniia Solntseva, de 20, y Anastasiia Borysova, de 23, conocen a Dani a primera hora de la tarde del jueves. Las tres primeras habían abandonado Dnipro, objetivo de los bombardeos rusos, hacía dos días; la cuarta huía sola y había perdido el contacto con su familia, atrapada en la sitiada Mariúpol, dos semanas atrás. Sin duchas ni intimidad, todas esperaban un autobús con destino a España. Ya era noche cerrada cuando el Toyota dejó atrás Mlyny y encaró 3.000 kilómetros de asfalto hasta Madrid.

Días 5 y 6. En el regreso hay sonrisas y lágrimas. Un cartel sobre la carretera que parte de Cracovia brilla con los colores de la bandera ucraniana, que también luce a las puertas de un motel de la comuna francesa de Château-Thierry. En total, 28 horas en coche para arrancar una nueva vida a partir de una mochila. «Estamos muy agradecidas por la ayuda, pero nos sentimos culpables porque muchos ucranianos han muerto y nosotras estamos aquí», confiesa Kseniia a poco más de 100 kilómetros de territorio español.

Olha, funcionaria de Hacienda, Katrina y su mejor amiga Kseniia se quedarán en el chalé de Dani en Valdemorillo (Madrid) sin fecha de salida, mientras que Anastasiia continuará en tren hasta Jerez, donde la espera su hermano mayor. «Cocinaremos, limpiaremos y ayudaremos en casa con lo que necesites», escriben en el traductor del móvil. Dani promete que se pueden quedar «el tiempo que haga falta» y que todo el dinero que recibió para el viaje estará en una cuenta a su nombre. Olha, la única que no habla inglés, piensa ya en devolverle el favor: «Ven, ven a Dnipro». Una puerta abierta para cuando acabe la guerra.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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