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Acusan a la exsecretaria de un campo de concentración nazi de ayudar a asesinar a más de 11.000 personas

Llegó al juzgado en ambulancia y silla de ruedas. El mes pasado, cuando debía comenzar el juicio, se escapó de la residencia de ancianos en un taxi, así que esta vez iba además escoltada. Con gafas de sol, mascarilla y pañuelo en la cabeza anudado al cuello, Irnmgard Furchner no se dejó ver el rostro por periodistas y curiosos. Tiene 96 años pero es muy consciente de la gran atención que suscita su proceso, por tratarse de una de las escasas mujeres que han respondido ante los tribunales por crímenes nazis.

A pesar de su avanzada edad, comparece ante un tribunal de menores, porque lo era en el momento de los crímenes de los que es acusada en grado de complicidad. Tenía 17 cuando fue contratada como
secretaria por la dirección del campo de concentración nazi de Sutthof
, donde realizó trabajos de mecanografía.

Está representada por un abogado de oficio, mientras  14 letrados representan a la parte civil, con 30 testigos, entre ellos varios supervivientes del campo. En la lectura de autos, guardó este martes silencio, aunque en declaraciones anteriores, tomadas desde los años 50, ha asegurado que nunca fue consciente de las masacres. Su abogado destaca que una chica de 17 años, en el Tercer Reich, no podía negarse a colaborar con el Estado nazi por pura cuestión de supervivencia.

Irnmgard ha intentado con reiteradas excusas no asistir al juicio. Teme la burla y el ridículo. Ella misma lo expresó en una carta al juez presidente del tribunal de distrito de Itzehoe. Pero los imputados tienen que soportarlo, su presencia en los juicios penales es fundamental. Con su fuga a finales de septiembre, solo consiguió llamar más aún la atención sobre sí misma. Cuando se suponía que la ambulancia encargada por el tribunal recogería a la acusada en la residencia de ancianos de Quickborn, ella había abandonado ya el edificio en un taxi con rumbo desconocido. Fue hallada horas más tarde por una patrulla policial deambulando por las calles de la ciudad, perdida y desorientada. El juez la envió al centro penitenciario de Lübeck y solo suspendió la orden de arresto cuatro días después.

La sala de vistas de Itzehoe al iniciarse el juicio contra Furchner, de 96 años

Reuters
Desde entonces, Irmgard Furchner ha tenido que llevar un brazalete electrónico en la muñeca. Es el primer juicio por crímenes nazis que tiene lugar en la era de las redes sociales y el caso de Irmgard ha despertado un debate sobre si una anciana en sus condiciones puede recibir este trato por unos hechos en los que, si se la puede juzgar a ella, habría que juzgar a todo un país. El fiscal Maxi Wantzen, sin embargo, asegura que no cabe la compasión. En la lectura de autos insistió en que la secretaria, con su máquina de escribir, ayudó en el asesinato insidioso y espantoso en 11.412 personas y fue cómplice de intento de asesinato de otras más.

Durante esta primera sesión del junio, Irmgard Furchner evitó el contacto visual con el público. Apoyaba la barbilla en la mano izquierda, inclinaba la cabeza y parecía estar escuchando. Para su protección, está sentada en una caja de plexiglás, porque no ha sido vacunada contra el coronavirus por decisión propia. Según un informe médico, es apta para asistir conscientemente a su propio juicio durante no más de dos horas al día.

Según el fiscal, la acusada aseguró «el buen funcionamiento» del campo de concentración

A lo largo de casi dos años, Irmgard Furchner trabajó en la sede del campo de concentración de Stutthof, Departamento 1. Desde el 1 de junio de 1943 hasta el 1 de abril de 1945, escribió lo que le dictaba el SS-Sturmbannführer Paul Werner Hoppe. «Una de sus tareas era, en particular, la grabación, clasificación, preparación y redacción de toda la correspondencia del comandante del campo», ha descrito Wantzen. Con su trabajo, Furchner habría asegurado «el buen funcionamiento del campo», según el fiscal, que considera que tenía «conocimiento parcial de los detalles» de los crímenes en Stutthof.

La acusada llega en silla de ruedas a la sala de vistas

Reuters
Los 65.000 reclusos del campo asesinados recibieron un disparo en el cuello, los ahorcaron o bien los gasearon con Zyklon B. Fueron torturados, congelados hasta la muerte o matados de hambre. Wantzen se ha tomado la molestia de explicar al tribunal cómo funcionaba el sistema de inyección en el cuello: cómo se hizo creer a los presos que se trataba de un examen médico; cómo tuvieron que situarse contra la pared, desprevenidos, antes de recibir un tipo por la espalda; cómo sus cadáveres fueron eliminados apresuradamente: asesinatos a destajo.

También se ha detenido a explicar cómo se hizo creer a los presos, en su mayoría mujeres, que iban a las duchas por motivos de higiene, por su propio bien, en una serie de masivos asesinatos burocráticamente constatados y de los que, está completamente seguro, la acusada tenía que saber algo.

Después de la guerra, cuando prestó declaración, quedó claro que ella no había cometido ningún crimen con sus propias manos y fue absuelta de toda falta, pero la fiscalía pudo reabrir el caso gracias a la sentencia Demjanjuk de 2011, que sentó jurisprudencia para juzgar por los crímenes nazis no solamente a quienes cometieron personalmente los asesinatos sino también a los que, con su trabajo o colaboración, formaron parte de la maquinaria que los hizo posibles.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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