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Internacional

Olga, la profesora que planta cara a Putin y sus leyes de propaganda: «Tener problemas es inevitable, pero no tengo miedo»

Lleva tres décadas impartiendo clases en Moscú, su ciudad natal, pero su futuro es incierto. Olga Ivannikova es profesora de Filosofía e Historia en dos escuelas de la capital rusa, en las que

la propaganda se ha convertido en el pan de cada día
tras la invasión a Ucrania, y denuncia que el ministerio de Educación de Vladímir Putin «obliga» a los maestros a explicar a sus alumnos la versión oficial que el Gobierno defiende de la guerra

. Algunos de sus colegas de profesión han sido defenestrados, pero ella lo tiene claro: «Todo esto puede traerme problemas, es inevitable, pero no tengo miedo».

Olga cuenta que el pasado viernes 18 de marzo hubo una clase de ‘educación patriótica’ en todos los colegios de Rusia. Se proyectó en los aulas el documental ‘Crimea y Rusia, un destino común’, en el que se ensalza la figura de Putin -al que ella apoda como el ‘Big Boss’, «el gran jefe»- y se defiende la adhesión de la región exucraniana a Rusia en 2013.

Aquel año, y aquel conflicto, supusieron un punto de inflexión, según explica: «Ahí cambió la situación, con nuevas leyes, la prohibición de manifestaciones y la aparición de términos como ‘extremistas’ o ‘fake news’». Muchos maestros se negaron a poner el documental, pese a que eso puede suponer su expulsión.

Miedo, censura y propaganda en las escuelas
Esta mujer observa que hay dos tipos de maestros en Moscú: los de las grandes ciudades (con muy buenos salarios, y habitualmente «leales» al Gobierno) y los de los pueblos pequeños, que tienden a obedecer por miedo a perder sus empleos, pero que suelen ser más críticos. Ella trabaja en la capital, pero le lleva la contraria a sus compañeros. Lleva siendo profesora de Historia en un instituto desde la caída de la Unión Soviética, y desde hace dos años también imparte Filosofía en otro centro, también a adolescentes en los últimos cursos de educación oligatoria.

Sin embargo, piensa que quizás tenga que dejar de dar la primera asignatura, porque cada vez se restringen más los contenidos que se pueden impartir de Historia. Hace años podía decir en el aula lo que pensaba o mandarles a sus alumnos leer los libros que ella considerase, pero eso se ha acabado, especialmente a partir de la crisis de Crimea hace nueve años.

«La principal arma de propaganda solía ser la televisión, pero ahora también la educación»

Desde entonces, Putin ha ido publicando en medios del país artículos en los que comparte su propia opinión -planteada como verdad irrefutable y axiomática- sobre eventos históricos de Rusia, que ella ahora, con perspectiva, comprende que era «una preparación para la guerra». «Tendré que dar solo clases de Filosofía, porque Putin no escribe sobre eso», dice, con una fina ironía.

En las escuelas donde trabaja Olga, la mayoría del personal apoya a Putin. Lo hacen incluso algunas trabajadoras de origen ucraniano, que «piensan que Zelenski tiene la culpa», pero «lloran porque sus familias están siendo atacadas» al otro lado de la frontera; «no lo entiendo, me parece todo muy poco lógico». «La propaganda le explica a la gente que esta guerra no es una guerra, sino una ‘operación militar especial’ para liberar Ucrania de los nazis. Yo pienso que realmente es una guerra, porque lamentablemente mi país ha invadido a otro país soberano», señala, sin miedo a las consecuencias que pueda traer su honestidad: «tener problemas es inevitable», asegura.

Los jóvenes, más críticos con Putin que sus padres
Una de las leyes de represión que se aprobaron desde la adhesión de Crimea consiste en la prohibición de censurar o reprobar al Gobierno en los colegios, aunque ella sí que da su opinión cuando sus alumnos, de entre 16 y 18 años, le preguntan. «Si les criticas te pueden despedir, pero es imposible que controlen todo lo que dice cada profesor del país», afirma. Los estudiantes, al igual que ella, intentan ser prudentes, pero también tienen curiosidad por debatir asuntos como la guerra en Ucrania.

Olga cuenta que ellos entienden su opinión, «aunque no todos la comparten. Muchos simplemente piensan lo mismo que sus padres porque para ellos ese punto de vista es más importante, pero la mayoría están en contra de Putin». Lo cierto es que muchos tienen familiares y conocidos en Ucrania, y ven con horror como el Ejército de su país está masacrándoles.

Posicionarse abiertamente en el aula puede ponerle en apuros, pero no le importa: «No tengo miedo, soy una mujer mayor, estoy dispuesta a buscar otro trabajo. Puedo fregar suelos y platos o cuidar de niños», responde sonriente. Ella intenta tener siempre presentes dos principios: proteger a sus alumnos y contarles la verdad, aunque esto implique que sea su propia seguridad la que quede en peligro.

Ostracismo frente al desobediente
Hay otros profesores que hacen lo mismo, una minoría valiente que ya ha empezado a sufrir consecuencias. La amenaza de expulsión, y la ejecución final de dicha advertencia, son el primer paso de un ostracismo que ya están sufriendo varios maestros del país. En los centros donde trabaja Olga aún no se ha dado el caso, debido quizás a que el claustro de profesores está compuesto por una gran mayoría de hombres y mujeres que comulgan con las ideas de Putin.

Ella todavía no ha sufrido este tipo de intimidación, pero sabe de casos en los que se ha dado: «Sé de un profesor de Geografía de otro colegio al que le expulsaron, y tuvo problemas con el Gobierno». Se refiere a Kamran Manafly, con quien ha podido hablar este periódico. De todo esto, sin embargo, se sabe muy poco. Los medios rusos, en su mayor parte órganos de propaganda, no publican estas situaciones, y los ciudadanos no tienen acceso a la información.

En numerosas ocasiones, Olga se ha planteado abadonar Rusia, pero vive con su madre, una anciana de 93 años a la que tiene que cuidar y que imposibilita que emigre. «Para mí lo importante es saber que la gente me entiende, recibir apoyo», asegura. Ir a contracorriente es agotador, y pese a su falta de miedo, sí reconoce estar cansada, nerviosa y tener falta de sueño, por lo mucho que le afecta la guerra en Ucrania: «Ni siquiera puedo escribir nada lógico, mis pensamientos se confunden».

Asimismo, la profunda división social que ha provocado el conflicto bélico hace que algunos de sus amigos o incluso familiares le hayan retirado la palabra, por tener una opinión diferente: «Los estoy perdiendo, y, además, la situación sigue empeorando». Es muy llamativo que Olga, mientras cuenta todo esto, no pierde la sonrisa; ante el terror, ella se abandera en la esperanza y la tranquilidad.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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