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Internacional

Mariúpol, la última en sumarse a la lista de ciudades mártires de la historia

Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre. Desde Troya a Mariúpol, destruir una ciudad estratégica tiene un valor simbólico inmenso. Las urbes, lo dice Ben Wilson en su libro Metrópolis (2020), son el peor lugar donde estar cuando estalla la guerra y un punto que a los tiranos obsesiona tachar del mapa cuanto antes. A pesar de Putin, la historia dice que las ciudades no quedan arrasadas para siempre por una guerra, su población no las abandona y terminarán levantándose desde cero. Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre. Desde Troya a Mariúpol, destruir una ciudad estratégica tiene un valor simbólico inmenso. Las urbes, lo dice Ben Wilson en su libro Metrópolis (2020), son el peor lugar donde estar cuando estalla la guerra y un punto que a los tiranos obsesiona tachar del mapa cuanto antes. A pesar de Putin, la historia dice que las ciudades no quedan arrasadas para siempre por una guerra, su población no las abandona y terminarán levantándose desde cero.

En agosto de 1944 Hitler decidió que convertiría Varsovia «en un lago» y cinco años después, el 90 por ciento de los edificios históricos de la ciudad estaban destruidos. Tras el levantamiento, la capital polaca resurgió de sus cenizas –no es metáfora–. Parte del centro histórico se construyó copiando con la máxima fidelidad al existente en 1939 porque había que devolverle la identidad a un país tras el trauma de la guerra. La actuación fue declarada en 1980 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como ejemplo de reconstrucción casi total de una secuencia histórica desde el siglo XIII hasta el XX. Se calcula que unos 250.000 civiles y más de 15.000 guerrilleros murieron en los 63 días que duró el Levantamiento de Varsovia, en 1944. Aún hoy el sonido de las sirenas se apodera de las calles cada 1 de agosto, día que comenzó el levantamiento.

La posición estratégica de Sarajevo, entre dos colinas, también la convirtió en ciudad mártir de la Historia. Todos los edificios de la capital de Bosnia sufrieron al menos un daño desde abril de 1992, hasta febrero de 1996. Más de 30.000 construcciones fueron destruidas por completo. Los francotiradores convirtieron la ciudad en una ratonera y solo el aeropuerto, en manos de Naciones Unidas, lograba dar un respiro a la población.

AFP
Hoy son los civiles que quedan en Mariúpol los que no pueden respirar y piden «su evacuación total». Hace tan solo unos días, el gobierno ucraniano denunciaba la destrucción «casi completa» de esta urbe portuaria, que está impidiendo que Ucrania pierda el acceso al Mar de Azov. La vista aérea es la de una metrópoli que parece destruida por gigantes y que, como otras muchas antes que ella, se ha convertido –a su pesar– en un monumento al dolor y la resistencia.

Alepo, «el Stalingrado sirio»

Alepo había sido la última en sumarse a la lista de ciudades mártires de la Historia moderna. Son mártires no solo porque la cartografía que la ciudad tuvo en un tiempo queda borrada por completo, sino por las pérdidas humanas. Las ciudades son mártires por los cadáveres de sus vecinos más que por las ruinas de sus barrios. La ofensiva de la ciudad, en el contexto de la Guerra de Siria, se inició en julio de 2012 y duró cuatro largos años y cinco meses, en los que la urbe sufrió varios asedios consecutivos, mientras la rebelión de Bashar Al Asad se iba encallando. 33.521 inmuebles quedaron parcial o totalmente destruidos. Casi medio millón de personas perdieron la vida en territorio sirio, más de 24.000 eran civiles. Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre. Desde Troya a Mariúpol, destruir una ciudad estratégica tiene un valor simbólico inmenso. Las urbes, lo dice Ben Wilson en su libro Metrópolis (2020), son el peor lugar donde estar cuando estalla la guerra y un punto que a los tiranos obsesiona tachar del mapa cuanto antes. A pesar de Putin, la historia dice que las ciudades no quedan arrasadas para siempre por una guerra, su población no las abandona y terminarán levantándose desde cero.

El bombardeo aéreo de Guernica, en el País Vasco, es el ‘urbanicidio’ español. Un término moderno para designar la violencia contra las ciudades. En el transcurso de la Guerra Civil, la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana acabaron con la vida de entre 120 a 300 civiles, en una población de 5.000 habitantes. No hay un rojo más intenso que los grises del Guernica, canta Jorge Drexler refiriéndose al terror capturado por Pablo Picasso de aquel 26 de abril de 1937, que era día de mercado.

Guernica: el primer ensayo de la guerra total
En poco más de tres horas cayeron sobre esa pequeña localidad de ocho kilómetros cuadrados, en la que en esos momentos había unas 10.000 personas, un total de 1.300 kilos de bombas. Aquel día de mercado murieron entre 120 y 300 civiles. El municipio vasco se convirtió en la primera localidad de Europa arrasada metódica y concienzudamente, inaugurando una nueva categoría de destrucción total a la que se unirían otras ciudades durante la II Guerra Mundial.

Beirut: la desaparición de la memoria libanesa
La capital del Líbano fue el principal escenario en el que se libró la guerra que enfrentó desde 1975 a 1991 a milicias musulmanas, falanges cristianas y grupos armados drusos. En el conflicto, que contó con la participación de Siria e Israel, fallecieron 150.000 persona
s. Los museos y la biblioteca nacional de Beirut fueron destruidos, así como los grandes hoteles internacionales. La reconstrucción tardó en llegar por el cierre de las carreteras y el bloqueo del aeropuerto. Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre. Desde Troya a Mariúpol, destruir una ciudad estratégica tiene un valor simbólico inmenso. Las urbes, lo dice Ben Wilson en su libro Metrópolis (2020), son el peor lugar donde estar cuando estalla la guerra y un punto que a los tiranos obsesiona tachar del mapa cuanto antes. A pesar de Putin, la historia dice que las ciudades no quedan arrasadas para siempre por una guerra, su población no las abandona y terminarán levantándose desde cero.

Grozni, la ciudad en la que Putin inventó la ‘escombrización’
La ONU dijo que la capital chechena era «la ciudad más destruida de la Tierra». En un plazo de seis años, soportó dos guerras consecutivas (de 1994-1996 y de 1999-2009). En la segunda guerra de Chechenia, Vladímir Putin diseñó una estrategia militar, la ‘doctrina Grozni’ o táctica de la ‘escombrización’ que el líder ruso está utilizando en Ucrania. La táctica consiste en lanzar fuertes bombardeos para que los escombros aterroricen a la población civil y obligar a los civiles a huir.

AP
Hiroshima: un destello que mató a 80.000 personas
Entró en la historia el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 de la mañana cuando una bomba atómica de uranio 235 arrojada por el avióin ‘Enola Gay’ explosonó a 580 metros de altura sobre la ciudad con un destello cegador. El estallido destruyó todo en un radio de 1,6 km. y provocó una tormenta de fuego que llegó hasta 11 km. Se calcula que murieron entre 70.000 y 80.000 personas que estaban enel área. Casi el 70% de los edificios de la ciudad fueron aniquilados. Las guerras de hoy no son tan distintas a las de siempre. Desde Troya a Mariúpol, destruir una ciudad estratégica tiene un valor simbólico inmenso. Las urbes, lo dice Ben Wilson en su libro Metrópolis (2020), son el peor lugar donde estar cuando estalla la guerra y un punto que a los tiranos obsesiona tachar del mapa cuanto antes. A pesar de Putin, la historia dice que las ciudades no quedan arrasadas para siempre por una guerra, su población no las abandona y terminarán levantándose desde cero.

Lovaina: el ataque alemán a la cultura
Su situación geográfica hizo de Lovaina, en Bélgica, un objetivo militar de importancia en la mayoría de los conflictos europeos del pasado. La Primera Guerra Mundial no iba a ser una excepción. La ciudad empezó a arder el 25 de agosto de 1914 y cientos de personas huyeron de la urbe hacia Bruselas. La destrucción de Lovaina no fue considerada como un evento más en una guerra, sino como un ataque frontal a la cultura y civilizaciones no alemanas

Sarajevo: la capital de los francotiradores
El asedio serbio de Sarajevo durante la Guerra de Bosnia fue el más prolongado de una ciudad europea de la historia moderna: duró entre el 5 de abril de 1992 y el 29 de febrero de 1996. La historia oficial de la ciudad estima que el 85% de los más de 12.000 muertos y 50.000 heridos fueron civiles. El sitio fue especialmente cruel por la acción de la artillería y los francotiradores (’snipers’) que mataban a los ciudadanos cuando salían al mercado o a proveerse de agua.

Varsovia: la ciudad que Hitler decidió convertir en un lago
Se calcula que unos 250.000 civiles y más de 15.000 guerrilleros murieron en los 63 días que duró el Levantamiento de Varsovia, en 1944. Fue el último y desesperado intento de enfrentarse a los nazis que dejó a la capital polaca arrasada. Hitler había decidido «convertir la ciudad en un lago» y, cinco años después, el 90 por ciento de sus edificios habían sido destruidos. Aún hoy el sonido de las sirenas se apodera de las calles cada 1 de agosto, día que comenzó el levantamiento.

Coventry: los nazis intentan ‘coventrizar’
Coventry, la ciudad de Lady Godiva situada a 150 km. al noroeste de Londres, fue una de las localidades más bombardeadas por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, debido a su importancia industrial para el Reino Unido. La noche del 14 al 15 de noviembre de 1940, unos 449 bombarderos de la Luftwaffe la atacaron y la ciudad quedó casi totalmente destruida y medio millar de personas murieron. Tras este episodio, Joseph Goebbels, el responsable de propaganda del régimen nazi, acuñó el término ‘coventrizar’, para referirse al bombardeo masivo e indiscriminado de ciudades por el aire.

Dresde: tormenta de fuego sobre el río Elba
La ‘Florencia del Elba’ sufrió cuatro bombardeos aéreos aliados consecutivos entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, pese a que su valor estratégico y militar era dudoso y Alemania estaba casi derrrotada. Su casco histórico fue destruido por una tormenta de fuego. Se estima que murieron entre 25.000 y 40.000 personas. Los incendios duraron semanas. Hasta el presente se discute si fue un ‘crimen de guerra’.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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