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Voces fantasmales en Kiev: «Por primera vez en mi vida sé lo que es el odio»

Cuando Alexander llegó a la mansión en llamas, pensaba que la guerra había acabado con todo cuanto posee. «Yo estoy destacado en un puesto de control pero vivo cerca, a dos minutos, y al escuchar la explosión y ver la columna de humo pensé que me había tocado a mí». Tuvo suerte, la misma de la que careció la anciana vecina rota en lágrimas que observaba cómo la espectacular casa de tres plantas construida por su hija era consumida parcialmente por las llamas de la explosión del «misil ruso», como acusaban los ucranianos que acudieron a extinguir el incendio.

En la entrada, cuatro pares relucientes de zapatos de cuero –dos de hombre y dos de mujer–, mascarillas y una bufanda esperan a sus dueños junto a una bolsa con cartones para reciclar. Al principio, las mangueras alimentadas por el agua de la piscina cubierta de la finca ayudaron a contener las llamas hasta que la llegada de un coche de bomberos facilitó la labor, aunque fue poco y tarde. Parte del tejado colapsó mientras Olena, a cargo de la abuela de la dueña, rompía en llanto. «Cuando se marcharon, nos pidieron a mi marido y a mí que cuidaran de su casa de posibles saqueos y de los animales domésticos. Me llevé a la abuela, de 80 años, a mi casa para estar más seguros, y allí escuchamos la explosión. Vi el humo y vinimos corriendo, pero era tarde. El fuego lo ha destruido todo».

La vivienda era la primera infraestructura dañada en la población de Horenychi, 35 kilómetros al noroeste de la capital y próxima al frente de Irpín, hasta el viernes. En otros pueblos como Chaiky podían observarse estructuras derrumbadas y tejados destruidos, el precio de haberse convertido en la línea de contención de las tropas rusas que pretenden romper las defensas de Kiev. Las detonaciones retumbaban con intensidad a lo largo de la ruta que separa Kiev de la pequeña población, jalonada por puestos de control que protegen la capital. Las columnas de humo empañan el horizonte desde las vecinas Irpín y Gostomel.

Una posibilidad hoy en día incierta –las tropas rusas permanecen estancadas ante la feroz resistencia ucraniana– que parece inimaginable para los ciudadanos de la capital, pese a tener a sus puertas la invasión que amenaza con desintegrar Ucrania. Un mes después, muchos comienzan a normalizar lo imposible dotando a la ciudad de un nuevo pulso que poco tiene que ver con el ritmo anterior.

La guerra ha devorado la vitalidad de Kiev, exprimiendo de vida sus calles. Tiendas cerradas, avenidas fantasmagóricas con apresurados viandantes que acarrean víveres, semáforos que cambian de color sin que los pocos coches que siguen circulando se paren y una sucesión interminable de obstáculos –con arena, sacos terreros, neumáticos, adoquines, trolebuses en desuso o erizos anticarro– que convierten cada trayecto en una tediosa carrera de obstáculos conforman la nueva imagen de una capital que se transforma día a día. Las señales rojas con una calavera de peligro, minas han comenzado a aparecer en puestos de control e incluso parques, solo dos de los cinco puentes que cruzan el río Dniéper permanecen abiertos al tráfico, con atascos de hasta tres horas y media que ralentizan al extremo la vida urbana. Las pancartas electrónicas visibles en todo el centro de Kiev hace un mes que cambiaron los anuncios comerciales por consignas. «OTAN, cerrad nuestros cielos hoy. No os lo pedimos, lo suplicamos». «Soldados rusos, volved a vuestras casas». «Mariúpol, estamos contigo». «Chernihib, gracias». «Soldado ruso, baja del tanque y vuelve con tu familia. Ellos te esperan». La más reciente muestra la Z que caracteriza las tropas rusas con una doble leyenda. «El nuevo fascismo. La nueva esvástica».

Un soldado ucraniano explora un edificio atacado en busca de heridos

M. G. P.
Pese al cierre masivo de negocios, la ciudad no está desabastecida. En el mercado estatal de Volodymir, en el barrio de Persheski, aún se pueden encontrar carne, pescado marinado y frutas y verduras, aunque a precios desorbitados, a menudo cuadruplicados, como plátanos o tomates. «Hace tiempo que compramos provisiones y que habilité un pozo de agua que tiene mi casa», explica Maxim, dueño del restaurante Suite 13 y en el paro desde el fatídico 24 de febrero. «Vengo a comprar productos frescos mientras pueda porque ahora tememos que la guerra pueda durar hasta un año, pero no vamos a permitir que caiga Kiev, la defenderemos hasta el último centímetro». Irina, regente de un puesto de fruta, se ha quedado en la capital porque su hijo de 32 años había sufrido una caída meses atrás que le impide moverse. «Ya no temo explosiones ni bombas, sólo quiero sobrevivir día a día. Nunca voy al refugio cuando oigo alarmas porque mi hijo no puede moverse. Prefiero encomendarme a Jesús, él me da refugio».

«Solo el 10% de los puestos siguen abiertos», explica Sergei, el gerente del mercado. «Algunos trabajadores no vienen por miedo, otros se han quedado en Irpín y otros barrios próximos por los combates y muchos se han marchado de Kiev en busca de seguridad». A Sergei no le ha tomado por sorpresa la guerra. «Llevamos en guerra ocho años, desde que tomaron el Donbass. Prefiero no pensar y estar preparado para lo peor». La misma opinión que comparte Yevgeni, un vecino que se ha aproximado a observar los restos del centro comercial Retroville, convertido en un amasijo de hierro y escombros por Rusia. «Por primera vez en mi vida, sé lo que es sentir odio», comenta sin pestañear mientras fija la mirada en los restos del que fuera un imponente edificio acristalado. «Ahora quiero matarles. Yo, y todos nosotros. Tendrán que exterminar a todos los ucranianos para gobernar sobre nuestro país», explica. Él, como el resto de varones, es un voluntario de la Defensa Civil, personal que se encargará de la defensa de los barrios si el resto de unidades regulares no puede asumir la labor. «Solo quiero decirle a Occidente que deje de enviarnos mantas y alimentos. No necesitamos que nos engorden antes de dejarnos morir. Necesitamos armas y una zona de exclusión aérea, y si no la tenemos otros países europeos serán los siguientes en caer. Recuerden que somos una línea de defensa frente a Rusia».

La estación de tren parece ser el único lugar que conserva el bullicio prebélico. Muchos han empaquetado para marcharse, pero otros regresan tras un mes de exilio forzoso dentro del país tras constatar que «no hay sitio seguro en Ucrania». Hanna estaba en Holanda cuando estalló la invasión. Su familia estaba en Chernihiv, una de las localidades más golpeadas por los rusos, y la angustia la ha consumido hasta convertirla en un esqueleto andante. «Mire, esta es mi casa», dice mientras muestra un vídeo de un edificio destrozado por una explosión. «Murieron 52 personas», añade con voz entrecortada. A su lado, Iuri se suma con su propio vídeo, un bloque de viviendas en llamas situado en Járkov. «Esa era mi casa. El edificio fue construido en 1928: sobrevivió a la II Guerra Mundial pero no a Putin», lamenta con furia contenida. «La explosión sorprendió a mi familia en el sótano. No se puede ni calcular el número de muertos porque los cadáveres están carbonizados y fundidos con la estructura del edificio», relata. Tras llevar a su esposa, hijo de dos años y familia política a Polonia, regresa para participar en la defensa de Ucrania.

El trabajo de las brigadas de rescate es agotador

M. G. P.
Karina, de 19 años, acompaña a su hermana Diana y sus hermanos Iuri y Mark, de 13 y 6, junto a sus padres. «Pensábamos que nuestro barrio era seguro pero no hay tal cosa aquí. Es mejor irnos a Alemania», explica la joven, compungida. El pequeño Mark prefiere no hablar –«le doy tranquilizantes para que pueda pasar el día, porque entra en histeria cuando suenan las alarmas antiaéreas», explica la mayor– mientras que Iuri ha asumido una madurez impropia de su edad. «Sé que me pueden matar en cada momento. Pero así es la guerra», resume el pequeño con media sonrisa.

A Dasha se la podría encontrar en Rumanía. Escapó el 21 de marzo de la ciudad mártir de Mariúpol, tras casi un mes escondida con su madre en su vivienda, sin agua, electricidad ni apenas comida. «Todo está destruido, aniquilado. Vivir allí es vivir en miedo constante. Hacíamos una comida al día, cocinábamos con leña y hervíamos el agua para beber, porque si no lo hacíamos podíamos caer enfermos. Quienes iban a por agua morían en las explosiones, por las minas o fuego de francotirador». El contenido relato de la joven, ofrecido por videollamada, es un vívido testimonio de la barbarie rusa. «He visto a niños enterrar a sus padres. Un conocido salió a la fuente y le mataron de un disparo. Como no podían recoger su cadáver por los ataques, su hija tuvo que salir día tras día a buscar el agua ella misma pasando al lado del cadáver de su padre». El número de desplazados era tal –todos terminaban huyendo, a medida que los rusos avanzaban posiciones– que «si alguno se movía del refugio, corría el riesgo de que le quitaran el sitio, así que nadie se atrevía ni siquiera a asomarse fuera». «Una de mis vecinas dio a luz sola, en casa. Tardaron dos días en ir a comprobar si ella y el bebé estaban bien. Un día, un proyectil impactó frente a nuestra casa. Se incendió y la familia no podía salir. La primera planta quedó destruida, intentaron sacar a los niños por la ventana, pero cayeron y no sabemos si murieron. No podíamos ayudarles, solo gritar. Vivos o muertos, nos han enterrado en vida».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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