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Indiferencia y cansancio en Puente de Vallecas al acabar el cierre sanitario de dos meses

Han pasado 10 semanas, pero por fin, o al menos de momento, las restricciones al movimiento en los barrios de Puente de Vallecas han desaparecido, una vez que las últimas zonas básicas de salud que seguían con limitaciones (Entrevías, Pozo del Tío Raimundo, Alcalá de Guadaíra y Numancia) han reducido el número de contagios y ya cumplen los criterios de seguridad indicados por la Comunidad de Madrid. Desde hoy se puede entrar y salir en horario diurno sin necesidad de justificante, pero en Entrevías, a mediodía, algunos dudaban. «¿Estás seguro?», intentaba confirmar Stejar, de 46 años, a punto de encender un cigarrillo tras hacer la compra en una tienda de barrio.

No es que Stejar haya dejado de moverse desde que el 21 de septiembre entraron en vigor las restricciones. Tiene varias ocupaciones y los policías del barrio, que lo conocen, no le han llamado la atención. Pero hace un mes le cayeron 200 euros de multa en la Casa de Campo, donde estaba como voluntario de Médicos del Mundo. No tenía justificante y no atendieron a sus explicaciones. Con nueve hijos a cargo, la sanción no le hizo gracia, y está seguro de que a los rumanos siempre los vigilan más. «Si voy contigo, no me dicen nada», lamenta. En el comercio no está hoy la dueña, pero María Jesús, que vive en la calle de enfrente y atiende a los clientes, cree que los vecinos han cumplido, por lo general. «Yo ni he ido a ver a mi nieto, y vive en el mismo barrio», expone. «¿Entonces a Buitrago puedo ir?», pregunta David, amigo de Stejar.

En dos bares de Entrevías que el 19 de septiembre tragaban saliva por el inminente cierre, se encogían hoy de hombros ante la nueva situación. «De momento no se nota, pero es temprano», cuenta Elena desde detrás de la barra de su local, cerca de la estación de tren de Entrevías. Últimamente, «para compensar», viene abriendo a las 6.00 y no cierra hasta medianoche. ¿Cuándo duerme? «Pues mírame cómo estoy», suspira, y se señala las ojeras. Ha bajado los precios de las comidas y consigue cubrir gastos. «Si tengo comida, ya está bien», se conforma. Sí nota más «tensión» en la clientela. «Se les nota psicológicamente a los que están en ERTE, tienen más problemas entre ellos», relata.

Jesús Pacheco, camarero del bar Trampolín, se temía hace dos meses que el cierre perimetral lo fuese a abocar a un ERTE, como ya le había pasado durante el confinamiento. Finalmente, aguantó, pero a duras penas. «Justo estaba viendo ahora las facturas. 703 euros y 740 euros. Si no las pago esta semana nos cortan la luz», muestra. El fuerte del bar es la barra y esa sigue cerrada, pues las restricciones de la hostelería son independientes de las de las zonas de salud. A mediodía, dos parroquianos bromean sobre los tonos chillones de su camisa, él los mira de reojo. Los hábitos de los clientes han cambiado. «Vienen, toman y se van; no es lo mismo». Ahora se teme lo que pueda venir en 2021.

Otro de las zonas ‘liberadas’ es la de Numancia. Allí, en «La Moraleja de Vallecas», en una plaza circular entre bloques de edificios, cerca del Cerro del Tío Pío, pululan los jubilados en grupos pequeños, «dando vueltas como patos mareados», en palabras de ‘Manolín’, de 80 años, que insiste en que se use el diminutivo al hablar con él. Está acompañado de Gregorio (74 años) y Humberto (76), hartos de que el centro de mayores siga cerrado y no tengan dónde pasar la mañana. Los tres llevan mascarilla, pero Manolín dice que él va donde tenga que ir, incluso a Toledo, y que nunca ningún guardia le ha parado (acaba de pasar el psicotécnico del carné de conducir).

«Me dan los buenos días», bromea, muy escéptico con el efecto de las restricciones por zonas. «En algún sitio habrá que poner el límite», opone Gregorio. Ninguno de los tres se ha preocupado mucho del cierre del barrio, así que tampoco notan que el levantamiento vaya a traer cambios. Especulan sobre las comidas navideñas y el límite de comensales. Humberto plantea que con tantos fallecimientos como ha habido, no habrá gente suficiente para reuniones multitudinarias. Ellos han tenido suerte y no han perdido ningún familiar por la enfermedad. Tampoco tienen miedo. «Tenemos más años que el canalillo, pero estamos fuertes», asegura Manolín.

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En los centros de atención primaria, la situación es variada. La geografía enrevesada de las zonas básicas de salud supone que, a tres calles de Numancia, en Martínez de la Riva, lleven ya tiempo circulando con normalidad. Carmen, enfermera del ambulatorio, tranquilo por la mañana, lo explica así: «Fuimos los primeros en que subió el número de casos y también los primeros en que bajó».

En el de Numancia, en cambio, la nueva situación no se ha notado este lunes. «Está siendo un poco locura», señala Claudia, fisioterapeuta, pero contratada para llevar el triaje en la puerta, bote de gel hidroalcohólico en mano. Cuenta que las colas siguen dando la vuelta a la manzana con frecuencia. También piensa que influye que mucha gente que se encuentra mal el fin de semana espera al lunes para ir al centro de salud. De los test practicados, los positivos y los negativos están más o menos a la par, indica, antes de despedirse y volver al trabajo.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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