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Tres semanas para Navidad: los expertos piden concienciar sobre los riesgos de las cenas más allá del número de comensales

El ministro de Sanidad ha pedido a todos los españoles y españolas que se queden en casa durante las fiestas navideñas «Hemos de quedarnos en casa y limitar contactos», decía Salvador Illa en la rueda de prensa del miércoles en la que anunció el plan que había pactado con todas las comunidades autónomas. Sin embargo, esa casa podrá ser, en lugar de la residencia habitual, una ajena: el plan finalmente permite las reuniones de 10, el toque de queda en festividades señaladas a la 1.30, y los desplazamientos entre comunidades si es para visitar a «allegados y familiares». El ministro no concretó si se va a controlar esto último de alguna manera: «Vamos a ver si es necesario». Sí aclaró que no están previstos justificantes específicos para ello. Y que confía a la «actitud responsable» de la ciudadanía, que ha sido «continua», el que todo salga bien, tanto en lo relativo a los viajes como a los encuentros sociales.

El ministro no lo ha planteado así, pero la realidad es que no hay efectivos suficientes para controlar a todas las personas que quieran hacer esos desplazamientos. El despliegue para los cierres perimetrales tampoco se ha llevado a cabo en todos y cada uno de los límites territoriales de España: en la práctica se ha confiado también en la responsabilidad de la gente y en el efecto disuasorio de las multas que se ponen en las actuaciones policiales aleatorias. Y pasará lo mismo con los aforos de las cenas. «Es imposible controlar todo, también legalmente, eso es un problema serio. Si no se arma mucho escándalo, a nadie le van a decir nada por ser más de los permitidos en el interior de las casas. Por eso todo depende de la conducta de la población», explica Ildefonso Hernández, portavoz de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS).

A justo tres semanas de la cena de Nochebuena, Hernández y otros expertos consultados por este periódico creen que al plan de Navidad de Gobierno y comunidades le falta algo de claridad, y que es un error que la gente se quede con el asunto numérico, con la hora del toque de queda, o con las excepciones de los viajes. El discurso público se debe redireccionar, consideran, a que la gente entienda cómo tiene que ser una comida lo más segura posible (al aire libre o ventilada, con mascarilla el máximo tiempo posible); a que cuantos menos grupos burbuja se mezclen, mejor; y a que tener cuidado en Navidad es imprescindible para «no llegar a marzo como estábamos el año pasado». La vacuna ya se ve más cerca, pero no llegará a tiempo para salvar a nadie que se infecte en Nochebuena, señala Hernández. Daniel López Acuña, ex director de Acción Sanitaria de la OMS, lo sintetiza: «Lo sustancial no es que sean 6 o 10 en cenas. Lo importante es que se reduzcan al mínimo el número de burbujas de convivencia habitual».

Es decir, si se convive siempre, no es tan importante ser 10 o más en la mesa el día de Nochebuena. Sí lo es si no se convive. Por eso el mensaje en el que se debe insistir es que «el problema es integrar dos o más burbujas porque el círculo se abre a una mayor probabilidad de contagio. Y en que los desplazamientos sean los mínimos», abunda López Acuña, que es también asesor en Asturias y muy crítico con que al final todo se haya convertido en un «regateo entre autonomías como Madrid y el Ministerio» y se haya quedado en un plan «de mínimos». Mario Fontán, ex presidente de la plataforma ARES, que reúne a médicos residentes en Salud Pública, lo repite: «Los límites a las reuniones no dejan de ser arbitrarios pues no hay un umbral a partir del cual se dispare el riesgo. Lo que hay que decir es que, cuantas más personas haya y con diferentes círculos sociales, el riesgo va aumentando». Y recuerda que «no hace falta llegar a 10 personas porque el límite haya cambiado».

Fernando Simón, portavoz de Sanidad, sí se había manifestado en ese sentido: «Hay más riesgo entre seis personas de seis familias distintas que entre 10 de dos». Y Salvador Illa decía también el miércoles que «si puede ser se sea de la misma unidad familiar o como mucho de dos» para las fiestas. El Ministerio intenta difundir desde hace unas semanas las 6 ‘emes’ (Mascarilla, Manos, Metros de distancia, Maximizar ventilación y actividades al aire libre, Minimizar número de contactos y «Me quedo en casa»).  También el plan lleva la recomendación específica de las cuarentenas ‘preventivas’ de estudiantes antes de volver a casa. Pero lo más «visible», según Hernández, sigue siendo el número. Hay que «generalizar» el consejo del aislamiento previo, y focalizarse en «qué queremos evitar y por qué. Mostrar con claridad las situaciones de riesgo: si se reúnen cuatro, cada uno de distinta familia, sin aislamiento de 10 días anterior, hay más peligro que entre 10 que viven en el campo, por ejemplo, y llevan más de una semana sin ver a nadie. Si no se plantea así, parece que si cumples con el número, ya está la cosa hecha».

El objetivo del que hablan todos los expertos es seguir con la tendencia a la baja. Que las Navidades no supongan una ruptura de la curva y la impulsen de nuevo hacia arriba, después de haber conseguido llegar a menos de 250 casos de incidencia acumulada, una cifra muy alta pero sensiblemente menor a los 500 que se alcanzaron. Hernández pide que sea «a la máxima velocidad posible. Con estas incidencias, un despiste puede suponer que se vuelva a subir; lo hemos visto en otros países». Mario Fontán apunta en la misma dirección: de aquí al 23 de diciembre «niveles de transmisión reducidos como después del confinamiento [se alcanzaron los 8 casos de incidencia acumulada, muy poco]» de aquí al 23 de diciembre «son imposibles, porque no se han implementado medidas tan drásticas».

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La tendencia descendente, aunque muy lenta, y el factor social y cultural, hacen que Fontán y Hernández entiendan que no se cancelen las Navidades, como sí ha optado por hacer, por ejemplo, Italia –con cifras peores que España en estos momentos–. Pero en general estas celebraciones, con una incidencia muy lejos de lo deseable, que sería menos de 25 o 0, inquietan entre los expertos. Pere Godoy, presidente saliente de la Sociedad Española de Epidemiología, apuntaba a que «llegamos a Navidad en una situación de vulnerabilidad. No es lo mismo hacer eventos con incidencias de 50 que de 300 o 250; hay más posibilidades de contagio, de que haya alguien contagiado». López Acuña se inclinaba más por la opción de Italia, y que se hubiesen seguido permitiendo los viajes solo por los motivos de fuerza mayor contemplados en el real decreto de estado de alarma.

¿Tenemos tiempo, de aquí al 23 de diciembre, para asimilar bien todo esto? «Estamos a tiempo si hay liderazgo e ímpetu en el mensaje. Pero tengo dudas», responde Hernández. «Hay tiempo, pero poco: la gente hace planes, pide vacaciones, compra billetes. Habría que ser muy contundentes a más tardar la próxima semana. Los huecos del colador, visitar a la familia y allegados, son demasiado amplios», indica por su parte Daniel López Acuña. Y Mario Fontán, más optimista: «Para que la gente entienda lo que hay que hacer nunca es tarde, hay que lanzar estos mensajes por todos los canales de comunicación posibles. Hagamos que la gente tenga las herramientas, dentro de sus condiciones materiales. Y entendamos que todo lo que nos restrinjamos ahora serán ganancias en el futuro». Tampoco es nunca tarde, zanja Fontán, para hacerlo bien a nivel estructural, no solo individual: «Que se refuerce la Salud Pública y Atención Primaria, que la gente cuente con sitios para aislarse, que todas las empresas que puedan manden a teletrabajar. Ojalá no recayera todo en la responsabilidad individual, pero creo que hay que comunicar esos mensajes respecto a las actividades y las reuniones y mientras empujar por que lo estructural se tome en los niveles que corresponde».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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