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Mortalidad infantil estancada: ¿cambio de tendencia?

El descenso secular de la mortalidad infantil (según el INE, es el total de defunciones de menores de un año de vida, pertenecientes a un determinado ámbito, por cada 1.000 nacidos vivos en ese ámbito) es uno de los fenómenos demográficos más evidentes y mejor documentados. Este descenso ha sucedido como consecuencia de las mejoras a lo largo de la historia en las condiciones de vida de la población, la higiene – especialmente del agua –, el desarrollo de vacunas y antibióticos y la expansión del acceso a tratamientos médicos, entre otros, la atención profesional del parto. De hecho, la mortalidad infantil es una medida que habitualmente se utiliza como un buen indicador resumen del progreso económico y social de un país. Estos avances han ido teniendo lugar en momentos diferentes y con distintos ritmos en distintas regiones del mundo, y los países ricos han logrado, en general, reducir la mortalidad infantil hasta niveles sustancialmente bajos.

España es un ejemplo clarísimo de este fenómeno. Según los datos del INE, en el año 1900 morían en España 204 menores de un año por cada 1.000 nacidos; en 1920, 156 por cada 1.000. Para el año 1950, la mortalidad infantil había descendido ya a 57 de cada 1.000 y esta rápida caída continuó progresivamente, si bien con algunas oscilaciones, hasta las cifras actuales, 2,89 menores de un año fallecidos por cada 1.000 nacidos en 2019, entre las tasas más bajas del mundo. Este descenso coincide en nuestro país con una caída, asimismo muy marcada, de la natalidad, con lo que el éxito reproductivo, entendido como los bebés que sobreviven respecto a los que nacen, ha experimentado un incremento espectacular en España en el último siglo largo. En el gráfico 1 se ilustra esta caída en la mortalidad infantil desde 1975 para niños y niñas por separado.

Un dato llamativo es que en los últimos años la caída parece haberse estancado. Cuando tratamos fenómenos que ya han alcanzado niveles muy bajos y que pueden considerarse, afortunadamente, acontecimientos “raros”, deben interpretarse con cautela las oscilaciones anuales. No obstante, si observamos los datos de 2019, la tasa de mortalidad para los niños no había sido tan alta desde 2012 y la de las niñas no lo había sido desde 2014. Por otra parte, es bien sabido que la mortalidad infantil no se distribuye por igual entre los sexos, siendo este un fenómeno habitual en sociedades muy diversas. En el caso de España, cuando se observan las defunciones de menores de un año por cada 1.000 nacidos vivos, la desventaja, como en otros indicadores de mortalidad, es evidente para los niños: en 1975 morían 20,87 niños por 16,78 niñas. Con todo, la brecha ha ido cerrándose en las últimas décadas y desde 1997 se sitúa de manera sistemática por debajo de 1.

Las tasas nacionales esconden, no obstante, importantes diferencias geográficas. En 2019, moría en Cantabria antes de cumplir el año de vida solamente 1,13 por cada 1.000 nacidos vivos; en Melilla 6,42 (una cifra similar al total nacional en 1993). En el gráfico 2 presentamos correlaciones entre algunos indicadores de bienestar material en distintas zonas de España y la tasa total de mortalidad infantil. En concreto, en el panel de la izquierda se ilustra la relación entre la tasa de riesgo de pobreza en las distintas Comunidades y Ciudades Autónomas en 2019 y la tasa de mortalidad infantil en el mismo año. En el panel de la derecha, presentamos la tasa de paro en el primer trimestre de 2019 en el nivel provincial y la tasa de mortalidad infantil en el mismo año. En ambos casos, aparece una pauta clara: a mayores niveles de privación económica en el nivel agregado, mayores tasas de mortalidad infantil.

Con la cautela necesaria dado que nos movemos en unas tasas de mortalidad infantil que solamente pueden calificarse como muy exitosas, existe aún margen de mejora para reducirlas en varias provincias españolas. Será conveniente, asimismo, observar las tendencias cuando dispongamos de datos que recojan los efectos de la crisis sanitaria de 2020 y el impacto económico de la pandemia.

Nota: Esta entrada forma parte de los resultados del proyecto de investigación PERIFACT: Desigualdades sociales en salud perinatal: factores y consecuencias (PID2019-111564RB-I00 / AEI / 10.13039/501100011033).

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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