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Chistes COVID, litros de hidrogel y palomitas con mascarilla: el espectáculo intenta seguir en otro puente de cierre en Madrid

«¿Los niños pueden pintar?», pregunta Coral a la vigilante de sala. «Sí pueden», contesta la trabajadora desde la silla, así que la señora, abuela de tres pequeños que revolotean por la exposición, los llama y saca los lápices. Es viernes por la tarde, comienzo de puente, y en el Museo Reina Sofía hay una exposición con obras del pintor neerlandés Piet Mondrian y otros integrantes de De Stijl, movimiento artístico del primer tercio del siglo XX que buscaba derribar los límites entre disciplinas. En el mundo del coronavirus, por el contrario, sí hay barreras de todo tipo, empezando por el aforo, así que quienes compran una entrada van pasando en intervalos de 15 minutos por las salas del edificio Sabatini. Esa es la teoría, pero el viernes a las 18.00 la afluencia no es masiva y se aplica cierta flexibilidad, como explica la mujer que revisa las entradas en la puerta.

El visitante de museos tiene fama de respetar las indicaciones y no armar follón, pero con el virus pululando, la atención se redobla. Así que todo el mundo hace caso de las numerosas señales que piden guardar la distancia de seguridad. ¡Ay, perdón!, dice una mujer que pisa la raya marcada en el suelo ante un cuadro, casi santiguándose, cuando un trabajador le hace ver la infracción.

Vigilando una de las primeras salas está una de las empleadas, muy pendiente de que no se acumule gente. Está secretamente encantada con que el virus imponga restricciones al número de visitas. «A lo mejor vendría bien reducir los aforos», dice, aunque es solo su «opinión» y no está segura de que otros colegas estén de acuerdo. Pide que no se le cite por el nombre. «Hay que asumir que esto va para largo, no nos queda más que olvidarnos del miedo», cavila. Apunta que el público de museo suele tener una edad media superior al de otras actividades de ocio, pero que también «se están animando» en los últimos tiempos. Dos chicas jóvenes se sacan una foto cerca del Dormitorio de la familia Bruynzeel, con sus camas simétricas y combinaciones de rojo, azul y amarillo. Alguien les hace ver que para la foto se pueden quitar la mascarilla, pero ellas alegan que así después se acordarán mejor de cuándo vinieron.

«La pandemia está haciendo daño», dice el vigilante que está a la salida de la muestra. «En junio fue la muerte, pero ahora vienen más», compara. Destaca que sí, hay hidrogel disponible y los visitantes respetan la distancia, pero que todo tiene una importancia relativa «cuando luego vas en el transporte público y está lleno».

Coral, la abuela de las pinturas, llega al rato con los nietos. También están su hija, su yerno y su marido, que pasó la enfermedad y ya está bien. «Neumonía bilateral», explica el hombre, casi presumiendo, y a continuación sentencia: «Hay que dejarse de histerias, que haya unas pautas claras y que la gente esté informada». «Vivimos el momento, no somos muy pesimistas», resume Diana, la madre. En la tienda de recuerdos, los motivos con líneas rectas de Mondrian dominan entre los artículos a la venta, las típicas tazas y cuadernos, pero también las «mascarillas higiénicas reutilizables», a 8,95 euros la unidad.

Hace frío el sábado por la tarde a las puertas del Teatro Español, salvo que uno esté sentado en una terraza de la plaza de Santa Ana, donde las estufas de gas queman combustible alegremente para poder mantener algo de clientela. Los que van llegando al teatro vienen frotándose las manos. Un hombre con mochila entra deprisa y no se entera del aviso a la primera: «Señor, tiene que echarse el gel. ¡Señor!». El interpelado se frena, se da cuenta y obedece. Antes del coronavirus, las entradas para el Español hacía falta sacarlas hasta con tres semanas de antelación, recuerda una pareja. Ella se llama Delia; él, Erick. Este sábado de puente, en cambio, los boletos para Galdós: sombra y realidad, acercamiento al autor y su relación con las mujeres a lo largo de su vida, se podían conseguir por Internet apenas una hora antes de la función.

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«Nosotros éramos de ir al teatro tres veces al mes, pero desde la pandemia no salíamos», dice la pareja, que ha adquirido localidades de palco para sentirse más segura. En la platea solo se pueden comprar hasta seis entradas contiguas, y en todo caso se guarda un espacio de separación a cada extremo. Hoy se ocuparán 140 butacas. Hay dispensadores de gel y los acomodadores están pendientes durante la hora y cuarto de función de que nadie se baje la mascarilla, según asegura el que comprueba los boletos.

«En la Zarzuela hubo que decirle a una señora que se pusiera la mascarilla», apunta Jaime, un asiduo, acompañado de Lola. Pero aquí «está todo bastante controlado», convienen. Cuentan que les da más miedo estar en los restaurantes o en el mercado, por la cantidad de gente, que en el teatro. Jaime desliza, puestos a hacer observaciones, que no está conforme con el cambio en la plantilla de celadores. Pero en el tercer piso el encargado está atentísimo, explicando a los asistentes que se pueden mover de sitio si no ven bien desde el suyo, siempre y cuando siga habiendo distancia con el resto de espectadores. Cuando todo el mundo está sentado se aparta, pero se da un golpe contra el apoyabrazos con tan mala suerte que le quiebra la pantalla del teléfono móvil. «Bueno, ya está», evita lamentarse. Al terminar, se despide: «Gracias por apoyar la cultura».

«Miedo ninguno. Y si lo hay, se le vence. Los Mártires son nuestra vida», dice Raúl, sentado en la butaca del teatro Fernán-Gómez, esperando que salgan al escenario los Mártires del compás, que celebraban este año el 25º aniversario de su primer disco hasta que el coronavirus se cruzó en medio. «Es una cita inexcusable, nos tendrían que matar», insiste, acompañado de May, que los conoció en el 99. El grupo de Chico Ocaña pudo venir finalmente a Madrid en el marco del festival ‘Madrid es Música’ y los fans de su mezcla de flamenco, jazz y rock no se arredraron, a pesar de que el centro de la ciudad rebosaba por la tarde y bajar por la Gran Vía hasta Cibeles requería esquivar mares de peatones de paseo. 

A la entrada, en Colón, estaba Muti, seguidora incondicional que se había quedado sin entrada (solo había 368 butacas disponibles de las 700 localidades de la sala) y consiguió una en el último segundo. Ya dentro, el público espera impaciente hasta que sale el grupo. «COVID más COVID se anula», bromea una mujer de un grupo de seis (el máximo permitido) sentados en segunda fila. Ocaña, nacido en 1957, enlaza chascarrillo tras chascarrillo entre canciones, con el virus como tema de fondo. «Yo tengo una edad en que soy propenso a los chungos», previene al arrancar. «No vale arrimarse, que ‘Arrirmarse’ vota a Ciudadanos», sigue, muy inspirado con los juegos de palabras, también para referirse a las desgracias de 2020, como la desaparición de «Covid’ Bryant», en referencia al jugador de baloncesto, fallecido en enero. Otro ejemplo: «Yo pensaba que ‘Cobi’ era la mascota de las olimpiadas». Así, sucesivamente, hasta que él mismo decide «dejar el monotema».

El público ríe a carcajadas y a mitad de concierto se sacude el pudor. Los asistentes empiezan a levantarse de los asientos y a bailar en estático, siempre con la mascarilla puesta. Los Mártires repasan éxitos de su primer disco, como Tiriti rap u Oremos, y otros posteriores, caso de Galicia calidade, himno posible de la España periférica que imagina una geografía peninsular con forma de rosquilla. Al acabar, avisan de que por profilaxis no habrá puesto de venta de camisetas y discos. Jesús, técnico de sonido, resume el sentir de la plantilla en estos tiempos: «Hay que hacer todo con mucho cuidado y procurando cumplir las normas. Trabajar con mascarilla, un incordio, pero en realidad no es nada», relativiza, para concluir: «Hay que acostumbrarse, como todo en esta vida, hasta mediados del año que viene».

La película Cómo sobrevivir en un mundo material (Kajillionaire), de la directora estadounidense Miranda July, se exhibió en el festival de Sundance sin pretensión de reventar las taquillas. Esta semana se estrenó en España, y en la sesión del domingo a las 21.00 en el cine Ideal tampoco había muchos espectadores. Entre los que sí aparecieron hubo varios que indicaron que se habían animado a ir porque ya han superado la COVID, caso de Virginia, acompañada por Daniel, que desde la convalecencia ha ido a las salas «tres o cuatro veces». «No vengo desde la de Freddy Mercury», dice Karen, que viene con Sofía, ambas con PCR negativa tras pasar la enfermedad y que al final deciden no entrar porque la promoción con la que contaban no es aplicable hoy.

Samuel Bolaños, director de comercialización de Cines Yelmo, dueña del Ideal, señalaba hace unas semanas al respecto de la «nueva normalidad» que las cifras de asistencia siguen siendo «complicadas», salvo en el caso de algunos estrenos esperados, como el de la cinta Tenet de Christopher Nolan, pero que el público «ha respondido bien» en una etapa en la que hay «muchísima incertidumbre». Asegura que los espectadores no han tenido quejas más allá de alguna situación puntual y que la coyuntura exige ser «flexibles».

Baptiste, Rubén y Roberto, con abrigos verde, negro y amarillo, respectivamente, van mucho al cine y no tienen recelo alguno. «Desde el momento en que es legal, yo entiendo que es seguro», apunta el primero, y los otros dos asienten. También indican que, salvo alguna vez en la Filmoteca Nacional, o cuando se estrenó el corto de Almodóvar, siempre hay poca gente. «Dicen que la cultura es segura, y me gusta creerlo», sonríe Jeff, que charla con Fidel antes de sellar la entrada mediante código QR, con la trabajadora bien parapetada en su puesto.

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Las entradas se compran por internet o en las máquinas expendedoras, y la cola, con rayas de separación marcadas en el suelo, es solo para comprar palomitas. Pero comérselas en la sala requiere cierta técnica, si se deciden seguir las instrucciones del vídeo informativo. A saber: bajarse la mascarilla, comer una, volvérsela a subir. Si se le añade el refresco, el proceso se complica. Y ya si se llevan gafas, el vaho convierte el asunto en un pequeño reto. No hay que perder la calma, no obstante, pues también aquí hay una butaca de separación a cada lado entre espectadores. Cargan más los 15 minutos de anuncios, incluido uno de seguros de salud. Se apagan las luces. Parece que la película gusta: nadie tose durante la proyección.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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