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De braguetas y zepelines: los peores disparates que nos ha dejado el Brexit

El referéndum de David Cameron sobre la pertenencia a la Unión Europea tenía la misión de «dejar el problema resuelto durante toda una generación». Pero desde entonces, Reino Unido lleva cuatro años y medio atrapado en este delirio de una noche de verano que, técnicamente, ni siquiera ha empezado.

Debemos creernos que para llegar a esas luminosas cumbres hay que pasar por un camino de mierda, porque sin duda este es el sendero que hemos tomado. Aún así, y mientras esperamos al 31 de diciembre, hagamos un repaso de los mejores momentos del Brexit.

A un cierto punto, Michael Howard, antiguo líder del Partido Conservador, amenazó con una guerra contra España por Gibraltar. En otra ocasión, uno de los líderes de UKIP, el partido euroescéptico, escribió a la reina para informarla de que había cometido una «traición» cuando firmó el Tratado de Maastricht. Un grupo de expertos sugirió que el problema de la frontera en Irlanda podría resolverse volando en zepelín, pero estos tienen un problema, son aparatos muy caros y dependen por completo de la meteorología. Durante una de las «votaciones relevantes» (lo siento, no tengo ni idea de qué significa eso), un parlamentario pronunció en la Cámara de los Comunes: «Este acuerdo es una mierda, lo han retirado y le han dado brillo, así que ahora es una mierda que brilla. Pero podría ser la mejor mierda a nuestro alcance».

Personas ridículas cobraron relevancia. El alterado diputado conservador Mark Francois comparó una carta del director general de Airbus con el muro atlántico de defensa del general nazi Erwin Rommel; Steve Baker, otro diputado conservador, dijo aquello de «todo el mundo sabe que soy Steve Baker, el hombre duro del Brexit«; y Boris Johnson pronunció la frase «que se jodan las empresas».

También se anunció una adaptación del libro Bad Boys of Brexit (Los chicos malos del Brexit), escrito por Arron Banks, en una serie televisiva de seis capítulos producida por un «importante estudio de Hollywood». Dijeron que el presupuesto sería de 60 millones de dólares, lo que la convertiría en uno de los programas más caros de la televisión. A Kevin Spacey le pidieron interpretar a Farage.

El Brexit produjo momentos nunca antes vistos en la televisión, como cuando a Theresa May le enseñaron estiércol de vaca en el festival de flores de Chelsea y la primera ministra dijo que era «maravillosa». O cuando la televisión Channel 4 emitió la delirante producción en la que se veía a Jacob Rees-Mogg y Alastair Campbell sentados en una cafetería con un ginecólogo cuya esposa alemana le había dejado tras su voto a favor del Brexit (el ginecólogo quería dejar la UE porque pensaba que ello ayudaría al Servicio Nacional de Salud). Recuerden también aquella conversación entre el periodista Will Self y Mark Francois emitida por la BBC One en la a que Self preguntó: «Bueno Mark, ¿qué tienes en la bragueta?». «No es asunto tuyo», contestó Francois. «¿Estás diciendo eso porque tienes un pene pequeño?», dijo entonces Self. «De hecho, la respuesta es no, colega, todo lo contrario».

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Según muchos de sus más ardientes impulsores, la mejor forma de comprender el Brexit era aludiendo a la Segunda Guerra Mundial o a su propia virilidad. Tal vez esta última razón sea uno de los motivos por los que a Theresa May se le dio tan mal. Sólo lo habría hecho peor si hubiera obedecido la exigencia de Jeremy Corbyn activando el artículo 50 el día después del resultado del referéndum.

En su campaña electoral, May no se salió de su zona de confort y solo pronunció dos palabras, «fuerte y estable». Si la campaña es poesía y el gobierno es prosa, ya se pueden imaginar el tipo de prosa que puede haber salido de ahí. Pero los que lo vivieron no tienen que imaginarlo, May se comportó como si la respaldara una mayoría aplastante (lo mismo hicieron los laboristas). En aquel discurso entre toses, en el que un comediante de segunda categoría una nota de despido, ya era doloroso verla. Aunque no para Michael Gove, quien dijo: «He sido testigo de un gran discurso pronunciado por una primera ministra en su mejor momento».

No se malgastaron meses, sino años, en medio de lío del Partido Conservador. Nigel Farage dimitió en varias ocasiones. En un momento llegó a decir que estaba a punto de convocar un segundo referéndum. Vince Cable, líder centrista de un partido por la permanencia en la UE, se perdió una votación clave del Brexit porque prefirió asistir a una cena en Londres para hablar sobre la creación de un nuevo partido similar a favor de la permanencia; y el empresario James Dyson trasladó su sede central a Singapur. El político conservador Michael Heseltine dijo en la revista Tatler que había estrangulado a un perro. En otra ocasión, Theresa May lo aprovechó para hacer una broma en una reprimenda pública a Boris Johnson. Heseltine aclaró que el perro había quedado cojo, pero que no había muerto, que había revivido después del incidente. Igual que Boris Johnson.

El partido UKIP protagonizó una trifulca en el edificio del Parlamento Europeo, que acabó con uno de sus eurodiputados en un hospital de Estrasburgo. Esta fue la declaración oficial del partido, «Steven está harto de los croissants y listo para un desayuno inglés tradicional». En lugar de dimitir, el líder del UKIP se atrincheró en un hotel con su novia racista de 25 años. Su sucesor puso al activista de extrema derecha Tommy Robinson como asesor.

En Bruselas, se decía que Reino Unido no podía estar tan mal preparada. Dominic Cummings, el bloguero del barrio de Islington que después se convertiría en asesor de Johnson, disparaba a diestra y siniestra en artículos de 20.000 palabras que resumían todo lo que el Gobierno estaba haciendo mal. Dominic Raab, ministro de Exteriores, hizo público que «no había entendido del todo» la dependencia que el Reino Unido tenía del cruce Dover-Calais (Francia). Era secretario del Brexit cuando lo dijo.

Los jueces, los periódicos, la BBC, la Cámara de los Lores, la Administración Pública… a todos los responsabilizaron de los fracasos que eran culpa de los políticos. David Cameron salía de vez en cuando de su refugio de pastor de 25.000 libras para publicar fotos de sus pies o embolsarse 100.000 libras nuevas por un discurso.

¿Quién complicó más las cosas con el Brexit? ¿Los conservadores? ¿Los laboristas? ¿Los liberaldemócratas? ¿El propio Partido del Brexit? ¿Hubo alguna vez una competición más reñida? Ninguno supo cumplir las expectativas de la gente. Después de meses y años, cuando todos ya debían haber sabido de qué iba la cosa, el Brexit siguió siendo una mancha en la que cada uno veía lo que quería ver.

Boris Johnson felicitaba efusivamente a May por el protocolo para la frontera en Irlanda mientras Michael Gove decía: «Sonó el silbato del final… y Theresa May es la ganadora». Pero un par de meses después, en la Cámara de los Comunes, después de hacer referencia a una pegatina anti-Brexit en el coche de la esposa de John Bercow, el entonces presidente de la Cámara, un parlamentario le gritó: «¿HAS CONDUCIDO ESE COCHE CON LA PEGATINA PUESTA?».

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Por supuesto, todo lo mencionado hasta ahora apenas representa un pequeño resumen de estos últimos años, en los que Reino Unido ha intentando una y otra vez recuperar el control sin éxito alguno.

¿Está el comienzo del fin por fin a la vista? ¿Bordará esta semana Boris Johnson una jugada de gobierno que nos permita pasar a la fase creativa de toda esta destrucción creativa? Sé que al primer ministro le gusta citar a gente, así que ofrezco la siguiente cita, del escritor rumano Panait Istrati, cuando visitó la Unión Soviética de los años 30 con sus purgas y sus juicios de opereta: «Está bien, ya he visto los huevos rotos, ¿ahora me enseñáis la tortilla?».

Traducido por Francisco de Zárate.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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