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Síndrome pandémico

Creo que lo padezco. El término lo he acuñado yo misma. Desde que se anunciaron las primeras vacunaciones en Reino Unido, con las múltiples noticias sobre la efectividad de las vacunas, sumado a los debates sobre la conveniencia de su obligatoriedad o no, he empezado a sentir una especie de añoranza por este tiempo pandémico, que tanto nos ha arrebatado. Sí.

El final del túnel lo he visto siempre tan lejano…, he tratado de esquivar los pensamientos acerca del fin de esta pandemia en mi personal forma de afrontar esta época de privaciones. Que todas esas informaciones, lejos de alegrarme, me han sumido en unos sentimientos más propios del que sufre síndrome de Estocolmo. Esto lo comentaré con mi psicólogo de cabecera, aparte de confesarlo aquí públicamente.

Y es que la pandemia nos ha quitado mucho. Pero, por otra parte, nos ha obligado a todos a realizar un ejercicio de adaptación que ha redundado en ciertas facilidades. Es aquello de no hay mal que por bien no venga.

Raro es ya el supermercado que no cuente con compra online, por ejemplo, y eso es de gran ayuda. Tenemos a los maestros y profesores ya plenamente adaptados, o casi,  a las conexiones online; las plataformas educativas han experimentado un salto que no terminaban de dar y los servicios de ocio, deporte y cultura pueden seguirse a distancia. Una bendición para quienes tenemos la movilidad complicada. Yoga accesible online, cursos de guitarra, webinarios de toda índole. La vida te quita, pero también te da.

De un día para el otro, los mensajes de los principales líderes políticos mundiales apelan a que realicemos un último esfuerzo de contención y responsabilidad esta Navidad, porque la meta está más cerca.

¿Cómo que más cerca?

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Déjenme un poco más en esta vida al ralentí. A medio gas. Déjenme un poquito más sin pensar en la normalidad y en todas sus consecuencias. Déjenme vivir en esta contrariedad permanente en la que el cuerpo me pide abrazos y amigos y la prudencia me lleva hasta el sofá de mi casa a videollamar o a ver una serie de Netflix. Déjenme en esta neonormalidad apagada, en la que una pequeña reunión familiar me produce más felicidad que todas las juntiñas familiares que llevo en mi haber. Lo pequeño, ahora, brilla.

¿Cómo será vivir de nuevo en la calle? Volverán todos esos eventos sociales presenciales a los que había que ir para ser… alguien. ¿Perderé mis clases de yoga online con un profesor que me describe las posturas? ¿Se acabarán las conferencias por Youtube? Seré capaz de quitarme la mascarilla en público? Pero si este año aún no tenemos ni casos de gripe gracias a la puñetera mascarilla, que, además, me mantiene la nariz calentita los días de frío… No, no quiero. No estoy segura de que todos esos cambios beneficiosos que ha traído la pandemia sin pretenderlo, se hayan consolidado lo suficiente como para permanecer. Un año es poco tiempo para generar costumbres… Pienso… No quiero retroceder a la antigua normalidad si eso implica menos conciliación, menos oportunidades de acceso a la educación accesible, al ocio y a la cultura a distancia.

Sí, creo que sufro el síndrome pandémico de Estocolmo. He buscado su definición por aclararme un poco las ideas confusas que perturban mi discernimiento y esto es lo que me ha devuelto la búsqueda de Google: El síndrome de Estocolmo es un término utilizado para describir una experiencia psicológica paradójica en la cual se desarrolla un vínculo afectivo entre los rehenes y sus captores. Al final, si es que voy a tenerte que querer, virus malo.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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