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Una empresa textil que fabrica para Nike en Nicaragua oculta su brote de coronavirus

Las compañeras la llamaban con cariño «la abuelita». Era la mayor del área de bordado de la fábrica textil New Holland Apparel, en Nicaragua. Sonriente, decían que tenía una notoria voluntad por sus labores. Mayra del Socorro Cerda falleció el 19 de mayo de 2020 posiblemente por COVID-19. Tenía 61 años. 

Cerda trabajó por más de 30 años como maestra hasta que ingresó a New Holland. Aunque ya debía retirarse —en Nicaragua la jubilación para maestros es a los 55 años—, sufría de violencia intrafamiliar y prefería pasar más tiempo en la empresa que en casa. Presentó síntomas de fiebre a principios de mayo. Para entonces, varias mujeres en el área de confección hablaban del brote de coronavirus dentro de la empresa.

Ni la empresa ni el Gobierno reconocieron la razón de su muerte. Su acta de defunción indicó como causa una neumonía atípica. Para evitar el reconocimiento oficial del verdadero impacto de la pandemia, esa fue y es aún la clasificación de los casos no confirmados mediante pruebas en el país.  

New Holland rechazó los contagios de sus empleadas y siempre sostuvo que las enfermas debían presentar una valoración médica para aceptarlo. Una alternativa difícil ya que las pruebas para detectar el virus se encuentran únicamente bajo control del Ministerio de Salud (Minsa). Hasta el momento, la institución no informa de la cantidad de pruebas aplicadas. 

De igual forma, al consultar al Ministerio del Trabajo (Mitrab) si había conocimiento sobre los contagios la única respuesta que se obtuvo a través de una llamada telefónica fue un «no señora» y se terminó la comunicación. También se intentó contactar a la Central Sandinista de Trabajadores pero no hubo respuesta.

La maquila está en la carretera Tipitapa-Masaya. Sus trabajadores se dedican a la confección de ropa deportiva para las marcas Under Armour y Nike. La matriz de esta se encuentra en Honduras. New Holland contaba hasta junio de este año con aproximadamente 1.260 trabajadores.

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En Nicaragua nunca hubo confinamiento. Tras la llegada del primer caso de coronavirus, el 18 de marzo, prevaleció la normalización e incluso la vicepresidenta Rosario Murillo promovió actividades de concentración masivas. El Gobierno fomentó un sistema en el que la salud y la economía estaban en un mismo nivel. Las escuelas, centros de trabajo y centros recreativos han continuado abiertos hasta la fecha.

El director de Emergencia de Salud de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Ciro Ugarte, reveló en abril que la interacción con Nicaragua se había reducido. Recibía información del gobierno sobre las pruebas PCR, pero no sabía qué pasaba con la donación de  26.000 pruebas rápidas del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).

El féretro sellado 

«La abuelita» fue a la oficina de recursos humanos para poder recuperarse desde casa sin goce de salario. Iba acompañada de Darling Baquedano, compañera de la maquila. Dijo que era una persona de riesgo. Padecía de múltiples enfermedades laborales, tenía túnel carpiano, tendinitis, insuficiencia venosa, diabetes e hipertensión. Sin embargo, su petición le fue negada. 

Acudió dos días más a la maquila con fiebre. Al tercero, su condición empeoró. La empresa accedió a brindarle el permiso. Lo siguiente que supieron sus compañeras es que estaba intubada en el hospital. Murió en menos de 15 días.

El funeral fue el 19 de mayo, el día de su fallecimiento. Su cuerpo iba en un féretro sellado dentro de un carro, bajo medidas inusuales para un caso de neumonía atípica. El chófer utilizó durante todo el recorrido un traje de protección desechable. Era el traje que los sanitarios usan para protegerse ante infecciones.

El 13 de septiembre, Eugenia Meza Juárez, una ex bordadora de 27 años, lamenta que no pudo asistir al entierro. Ella también trabajaba con «la abuelita». Ahora está en casa de Baquedano, a un par de kilómetros de distancia de la maquila. Cuenta que siguió el recorrido gracias a los videos que grabó su compañera, quien fue la única que pudo estar presente.

Meza debió permanecer en casa porque tenía fiebre, igual que otros trabajadores de su área.

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Sentada en una esquina de la sala, esta joven de baja estatura y voz pasiva, recuerda cómo el deterioro de la abuela bordadora escaló rápidamente. A pesar de mostrar una actitud más introvertida, conversa abiertamente sobre su compañera. 

Baquedano es más abierta, conversadora y segura de expresar sus opiniones. Hasta que llega el asunto de la muerte de Cerda. Entonces, se limita a señalar que el área de recursos humanos de New Holland les prohibió hablar de los contagios. Y si lo hacían, se les extendía un llamado de atención. Destaca que la situación fue manejada bajo un alto sigilo.

Una semana después del encuentro presencial, en una llamada telefónica, comparte su verdadera relación con Cerda. Mientras todas las trabajadoras del área de bordado reconocían a Cerda como «la abuelita», Baquedano la llamaba «madre». Ella perdió a su progenitora durante la guerra civil de los 70, cuando tenía apenas cuatro meses de vida. Con Cerda compartió siete años de amistad. En uno de los audios intercambiados con la anciana bordadora, se escucha como ella también con cariño la llamaba «mi bebé». 

Necesita días para explicar qué representa la muerte de su amiga. Aún carga con gran tristeza y culpabilidad por la muerte de su «segunda madre». Baquedano fue la primera en enfermarse de las dos. Durante esos días, recuerda cómo Cerda cuidaba de ella sin mantener ningún tipo de distanciamiento e incluso compartir la comida, en el afán de «la abuelita» por lograr que comiera un poco. Impotente, se responsabiliza de haberle transmitido el virus.

«No estábamos claras qué era COVID-19, sabíamos que teníamos que tomar todas las medidas, pero no lo hicimos», dice en una emotiva llamada de 20 minutos, cargada de rabia, ante la posibilidad de que su muerte pudo evitarse con un adecuado protocolo. Todas las trabajadoras de New Holland consultadas coinciden en que la empresa falló en la aplicación de medidas preventivas, como el respeto al distanciamiento físico y un adecuado suministro de equipos de higiene y protección dentro de la maquila.

De novena a tercera causa de muerte

La mayoría de casos de COVID-19 en Nicaragua fueron categorizados como neumonía atípica, según expertos independientes de la salud, quienes han reclamado al gobierno por un supuesto subregistro en los casos. 

Estas denuncias provocaron el despido de al menos ocho especialistas de sus centros públicos de salud. Los afectados denunciaron que sus despidos derivaron de sus críticas al manejo de la crisis sanitaria del gobierno: por haber reclamado equipos de bioseguridad para proteger la vida del personal de la salud y por solicitar que se fomentaran medidas de prevención en la población.

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Mercedes Somarriba, pediatra infectóloga, aclara que la conexión entre los casos se debe a la situación sanitaria mundial. Pero advierte que hasta ahora no tiene una evidencia clara de si es COVID-19 porque el Ministerio de Salud monopoliza y centraliza las pruebas en un único laboratorio.  La más reciente alternativa, y solo para los que salen de Nicaragua, es pagar 150 dólares, siempre al ministerio. Los médicos no pueden acceder a la información. Lo único que asegura es que los casos de neumonía atípica aumentaron y por ende en un contexto epidemiológico como el actual se crea un nexo entre estos.

El Mapa Nacional de la Salud del ministerio refleja que la neumonía pasó de ser la novena causa de muerte más común en Nicaragua durante los últimos tres años, a ser la tercera causa de defunciones en el país, con un acumulado de 2.612 muertes por neumonía entre enero y agosto de este año.

La teoría de un subregistro se fortaleció ante las denuncias ciudadanas sobre los llamados entierros exprés, como el de «la abuelita», en los que trabajadores del Ministerio de Salud entregaban ataúdes sellados a los familiares, a pesar de supuestamente no tratarse de casos de coronavirus. El departamento de comunicación de New Holland no respondió a las solicitudes para brindar su versión sobre los contagios internos vinculados con el fallecimiento de Cerda.

El Ministerio de Salud reconoce solo 4.533 casos positivos y 158 muertes hasta el 10 de noviembre. El Gobierno actualiza sus datos cada martes, pero no elabora mapas de zonas de riesgo ni sistematiza de forma pública la información acumulada. 

El independiente Observatorio Ciudadano reporta el doble de casos sospechosos e informa de 2.786 muertes sospechosas por COVID-19, en base a reportes ciudadanos. En el número de fallecimientos, incluye tanto los casos confirmados del coronavirus, como aquellos catalogados como neumonía, que corresponden al 5% de las muertes registradas por el Observatorio.

La negación gubernamental al cierre de las fronteras y los negocios frente a la pandemia responde al hecho de que una cuarentena oficializada golpearía aún más la debilitada economía del país producto de la crisis sociopolítica. En abril de 2018, Nicaragua enfrentó un estallido social producto de la aplicación de una polémica reforma al Seguro Social. 

La violenta respuesta de la Policía Nacional y grupos paramilitares afines al gobierno para reprimir las manifestaciones estudiantiles desencadenó una fuerte indignación en la sociedad nicaragüense. Las movilizaciones en Nicaragua dejaron un total de 325 personas fallecidas y más de 2.000 heridas, según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Solo en Costa Rica, país con el que persiste un mayor flujo migratorio, se registró un aumento del 1.376% de personas nicaragüenses solicitantes de asilo.

Meza, su mamá y La abuela

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Durante varias semanas, Meza, la amiga de Cerda y Baquedano, soportó las fuertes fiebres. También el dolor en el cuerpo, la dificultad para respirar y la pérdida del gusto y el olfato. 

La primera en contagiarse fue su mamá, Yadira Juárez Morales, que trabajaba también en New Holland en un área de empaque. La mamá fue a ver al médico de la clínica de la empresa. El doctor le confirmó que sus síntomas estaban relacionados con la COVID-19.

Seis días después, Meza también empezó a mostrar signos de contagio. La empresa le planteó que o iba a la clínica o pedía vacaciones. Por miedo de elevar el riesgo de contagio, tomó las vacaciones para tratarse desde casa.

Luis Espinoza, sindicalista independiente en New Holland, asegura que la empresa a veces no rellenaba los puestos de alcohol colocados de la fábrica. Dice que solo se les entregó una mascarilla de tela que tuvieron que lavar diariamente durante dos meses. Tuvieron que confeccionar sus propias mascarillas con los trozos de tela que encontraron. No fue sino hasta después de que se presentaron contagios dentro de New Holland que inició a aplicar medidas de protección para sus colaboradores.

Meza y Baquedano ya no trabajan en New Holland. Tras superarse los contagios internos, la compañía despidió a 884 trabajadores sin previa notificación. Según la empresa, las marcas de ropa Under Armour y Nike redujeron sus pedidos debido a la pandemia. Situación que niegan al menos dos obreros que continúan dentro de la maquila. Aseguran que la producción ha mantenido su ritmo habitual.

El 27 de julio, los más de 800 trabajadores que se presentaron a trabajar, notaron que dos largas filas se extendían en la entrada de la maquila. Quienes marcaran su carnet podían ingresar. A quienes no les marcara, significaba que estaban despedidos y debían pasar a retirar sus cheques.

Un grupo de 50 trabajadores, liderados por Baquedano, rechazaron retirar sus cheques. Se dirigieron al Ministerio del Trabajo para consultar el porqué de sus despidos. En el Ministerio de Trabajo se les informó que los despidos ya habían sido acordados con los sindicatos de la empresa en junio.

«Trabajamos bajo pandemia, trabajamos enfermos con COVID-19, yo traje el contagio para mi casa, todas llevamos el contagio a nuestros hogares», dice.  Extiende una pausa —a causa del recuerdo de Cerda— y dice: «Me preocupa la violencia que vivimos humanamente, laboralmente, en esta industria».

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Baquedano se pone en pie y camina hacia una pequeña mochila ubicada frente a ella. Contiene papeles. Entre ellos, el documento del acuerdo sindical con el gobierno y varias epicrisis. Constatan que la mayoría, como ella, sufre de enfermedades crónicas, lo cual violenta otro acuerdo firmado por la empresa en el cual se detalla que aquellas personas crónicas serían enviadas a sus casas con goce de salarios por la pandemia. Ella tiene cáncer de tiroides.

En un país sumergido por una crisis, los temas políticos están a la puerta de todas las agendas. Desde la llegada a casa de Baquedano, cuenta que su padre fue preso político por participar en las protestas de 2018. Comparte que fue tal el asedio que sufrió su familia en ese entonces, que perdió el miedo a denunciar. El pasado 4 de septiembre denunció junto a 159 compañeros por la vía legal a la empresa para que se les reintegre a sus puestos. Pero advierte de la afinidad que existe entre el Ministerio de Trabajo y los sindicatos con el partido del Frente Sandinista, que gobierna el país.

De bordar a la ropa usada

Meza, la bordadora que trabajaba con «la abuelita», pasó varias horas al sol el día de los despidos. No pudo negarse a recibir el cheque, tenía varias deudas por pagar. Pero su liquidación se redujo a 323 dólares, un pago que Meza no considera justo. Por los ocho años de trabajo y su sueldo de 200 al mes, según la ley, tuvo que recibir, al menos 1.600. Aunque tiene 27 años, padece de diabetes, hipertensión, sufre de tendinitis en un hombro, de túnel de carpio en ambas manos, y tuvo un accidente laboral que le dejó dañado un nervio de una pierna de forma permanente, todas estas enfermedades que desarrolló durante los años que trabajó dentro de la maquila. 

Desde entonces, vende ropa usada. Vive cerca del Sistema Penitenciario La Modelo y aprovecha los días de visitas, porque se vuelve transcurrida la zona para vender. Algunos días gana entre 50 córdobas (1,44 dólares) y 100 (2,89 dólares) al día. Entre risas, dice que una vez vendió apenas 10 córdobas, es decir 0,28 dólares.  

Su madre por otro lado, continúa laborando para New Holland. Aunque no por mucho tiempo: le dieron una extensión del contrato por dos meses. El padre de Meza cuenta solo con una pensión reducida. Y tiene tres niños. Su hija de cuatro años padece de epilepsia, por lo que tiene grandes gastos en medicamentos.

Según la madre de Meza, no ha habido ninguna alteración en los pedidos, asegura que el trabajo continúa igual. New Holland reasignó personal en las áreas donde antes estaban las personas despedidas, como su hija, que espera que la contraten de nuevo: «La situación económica del país está dura, y pues los reales (dinero) se van rápido».

Esta es la historia de una doble crisis, la sanitaria y la sociopolítica. También es la de cientos de trabajadoras que debieron tratarse a su suerte desde sus hogares, un despido masivo de personas con enfermedades crónicas y una obrera cuya causa real de muerte pudo no ser reconocida.

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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