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Adiós a John Le Carré, el maestro de las novelas de espías ambientadas en la Guerra Fría

Le Carré exploró la brecha entre el discurso triunfalista de Occidente sobre la libertad y las duras consecuencias de defenderla, en novelas como El espía que vino del frío (The Spy Who Came in from the Cold), El Topo (Tinker Tailor Soldier Spy) y Un hombre decente (The Night Manager), que le valieron la aclamación de la crítica y lo convirtieron en uno de los autores más vendidos del mundo.

Este domingo, su familia confirmó que el autor había muerto de neumonía en un hospital de Cornualles la noche anterior. En un comunicado, sus familiares señalaron que «todos nosotros lamentamos profundamente su muerte».

Jonny Geller, el agente literario que lo representó durante la mayor parte de su carrera, lo describió como «un indiscutible gigante de la literatura inglesa. Definió la Guerra Fría y en las décadas que siguieron al fin de esta era escribió sobre el poder sin tapujos y sin miedo…he perdido a un mentor, a una fuente de inspiración y, más importante, a un amigo. Nunca más veremos a alguien como él». 

Muchos de sus compañeros de profesión han querido rendirle un homenaje. Stephen King ha indicado que «este año terrible se ha llevado a un gigante de la literatura y un espíritu humanitario». Por su parte, Robert Harris ha señalado que la noticia del fallecimiento de Le Carré le produjo «una gran consternación… uno de los grandes novelistas británicos de la posguerra, y una persona única e inolvidable». Adrian McKinty describió la novela El Topo como «simplemente la mejor novela de espías jamás escrita», y el historiador Simon Sebag Montefiore lo llamó «el titán de la literatura inglesa que comparte espacio con los más grandes…en persona, cautivador, amable y generoso conmigo y con muchas otras personas».

John le Carré, cuyo nombre real era David Cornwell, nació en 1931. Mientras estudiaba alemán en suiza a finales de los años cuarenta, empezó a trabajar para los servicios secretos británicos. Después de trabajar como profesor en Eton, se unió al Servicio Exterior Británico como oficial de inteligencia. Desde un despacho en la sede londinense del MI5 en Curzon Street, reclutaba, coordinaba y hacía un seguimiento de los espías que trabajaban detrás de la Cortina de Hierro. Siguiendo el ejemplo de uno de sus colegas del MI5, el novelista John Bingham, comenzó a publicar thrillers bajo el seudónimo de John le Carré, a pesar de que su editor le aconsejó que optara por dos monosílabos anglosajones como «Chunk-Smith».

En su primera novela, publicada en 1961 con el título de Llamada para el muerto (Call for the Dead), un espía inspirado en Bingham y que es «increíblemente normal…bajo, gordo y tranquilo» burla a un espía de Alemania del Este. Fue el debut de uno de sus personajes más constantes a lo largo de su carrera, George Smiley. Un año más tarde publicó su segunda novela, Un asesinato de calidad (A Murder of Quality), en la que Smiley investiga un asesinato cometido en una escuela privada del Reino Unido. La novela recibió muy buenas críticas. La crítica de The Observer, por ejemplo, señaló que se trataba de una historia policiaca con una trama «muy compleja». Sin embargo, no fue hasta un año después, cuando Le Carré publicó su tercer thriller, que su carrera literaria se disparó.

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En El espía que surgió del frío (The Spy Who Came in from the Cold), Smiley solo es un personaje secundario. Sin embargo, su visión cínica del mundo impregna esta historia sobre una misión para enfrentarse a los servicios de inteligencia de Alemania del Este. Según Alec Leamas, al espía cincuentón que es enviado a Berlín Oriental, los espías no son más que «una sórdida comitiva de tontos vanidosos, traidores también, sí; maricas, sádicos y borrachos, gente que juega a indios y vaqueros para alegrar sus asquerosas vidas». Graham Greene señaló que era «la mejor historia de espías que había leído».

Le Carré reconoció que el éxito arrollador de la novela le dejó atónico y que más tarde le provocó un conflicto interior. Como él mismo explicó en 2013, los servicios secretos británicos le habían dado permiso para publicarla ya que habían considerado que era «pura ficción, de principio a fin» y que, por este motivo, no representaba una amenaza a la seguridad. «Sin embargo, los medios de comunicación no lo percibieron así, y decidieron al unísono que este libro no era solo un fiel reflejo de la realidad sino que además era algo así como un mensaje revelador desde la perspectiva de alguien que estaba en el otro lado. No me quedó más opción que la de conservar la calma y observar, asombrado y paralizado, mientras la novela subía en la lista de libros más vendidos, y se mantenía en los primeros puestos, mientras todos los críticos la presentaban como un visión auténtica de la realidad».

Smiley se convirtió en el protagonista de tres novelas de Le Carré publicadas en los años setenta, que describen el pulso entre el corpulento agente británico y su homóloga soviética, Karla. En El Topo, desenmascara a un infiltrado en las más altas esferas del servicio secreto británico, mientras que en El honorable colegial (The Honourable Schoolboy) persigue una operación de blanqueo de dinero en Asia, para luego hablar de las conexiones suizas de Karla en la novela La gente de Smiley (Smiley’s People). El mundo de los «hurones» y los «faroleros», los «luchadores» y los «artistas del pavimento» fue tan convincente que sus excolegas del MI5 y el MI6 adoptaron como propia la jerga inventada por Le Carré.

Cuando la Guerra Fría llegó a su fin, los amigos lo paraban en la calle y le preguntaban: «¿Qué vas a escribir ahora?» Pero las inquietudes de Le Carré siempre fueron mucho más allá de la confrontación entre Occidente y el bloque soviético, y siempre fue escéptico con la noción de que la caída del Muro de Berlín representaba un punto y aparte, ya fuera para la historia o para el espionaje que engrasaba sus mecanismos. Abordó el comercio de armas en 1993 con Un hombre decente (The Night Manager), la industria farmacéutica en 2001 con El jardinero fiel (The Constant Gardener) y la guerra contra el terrorismo en 2004 con Amigos Absolutos (Absolute Friends).

Mientras tanto, muchas de sus novelas fueron adaptadas a la gran pantalla. Actores como Richard Burton, Alec Guinness, Ralph Fiennes y Gary Oldman interpretaron a personajes con muchos matices y el público aplaudió la destreza de la trama.

En 2017, el agente Smiley protagonizó por ultima vez una novela de Le Carré. El legado de los espías (A Legacy of Spies) cierra el círculo de la carrera de Smiley que regresa a la chapucera operación que se esconde en el corazón de la novela que lo hizo famoso. En un artículo publicado en The Guardian, John Banville alabó el ingenio y la habilidad de Le Carré, y afirmó que «desde El Espía, el autor no había ejercido su don de narrador de historias de manera tan poderosa y con un efecto tan emocionante».

Tras ser visto durante décadas como una persona misteriosa y enigmática, sobre todo por su desinterés en salir en los medios o por formar parte del circuito literario, Le Carré sorprendió al mundo en 2016 con la publicación de sus memorias, Volar en círculos (The Pigeon Tunnel). En ellas, detalla la mala relación con un padre violento y manipulador, y una infancia solitaria ya que su madre lo abandonó cuando él tenía cinco años. 

Le Carré también dio detalles sobre la extraña vida de un espía que se convierte en escritor y que acaba recibiendo invitaciones para comer con Margaret Thatcher y Rupert Murdoch. Vivió en Cornualles durante cuarenta años, se casó dos veces y tuvo cuatro hijos; uno de ellos, Nicholas, también acabó escribiendo novelas bajo el pseudónimo de Nick Harkaway. Le Carré reconoció que no se sentía «un marido modelo o un padre modelo, y no tengo ningún interés en que se me presente así». Escribir fue el amor que lo acompañó durante toda su vida: «garabateando como un hombre escondido en un escritorio».

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«He intentado que el mundo secreto que una vez conocí sirva de escenario para los mundos más grandes que habitamos», escribió. «Primero viene la imaginación, luego la búsqueda de la verdad. Luego vuelve la imaginación, y finalmente el escritorio desde el que escribo».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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