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El fotógrafo que retrata cisnes comiendo de la basura y plantaciones de palma aceitera para concienciar sobre el medio ambiente

Desde pequeño, Joan de la Malla sintió la llamada de la selva. Con 22 años se adentró por vez primera y en solitario en la jungla de Borneo. «Tardé más de cinco horas en recorrer cerca de 500 metros», revive Joan. En aquella ruta a través del bosque tropical le sobrecogió la «abundancia de vida» y la «riqueza natural incontrolable». Fue durante ese viaje al archipiélago malayo cuando quedó prendado de una rafflesia, la flor más grande del mundo, con «un intenso color naranja y de casi un metro de diámetro».

Joan de la Malla (Barcelona, 1982), biólogo, docente y fotógrafo freelance –premio NHM Wildlife Photographer of the Year 2018–, permaneció arrodillado e inmóvil durante varios minutos hasta que se atrevió a acariciar un pétalo de aquella rafflesia. Luego la fotografió hasta que cayó la noche. Entonces colgó su hamaca y pernoctó entre un «intenso olor a fruta madura» y el «canto de incontables animales nocturnos». 

En 2016, de la Malla volvió a Borneo y fue directo a aquella ubicación donde diez años atrás había pasado la noche junto a una gran flor de rafflesia. De la Malla ni encontró la rafflesia ni halló el bosque tropical pues «en su lugar una plantación de palma aceitera crecía prolífica, ajena a mi atónita mirada», recuerda con tristeza Joan de la Malla uno de los tantos desastres medioambientales que documenta (cámara fotográfica en mano) y señala en Hidden Stories, su primer libro de autor que recoge parte de sus casi 14 años dedicado a la conservación. «Una oda a la naturaleza», según de la Malla, que rinde tributo «al trabajo de la gente que realmente está ahí, que viven en la sombra, pero que hacen labores titánicas con un amor y una entrega que me parece admirable».

En Hidden Stories el naturalista Joan de la Malla describe y refleja 25 historias relacionadas con problemas medioambientales y la conservación. O mejor dicho, de la lucha por esta y cómo naturalistas fieles a la ciencia y comunidades locales se convierten en guardianes y guardianas de la naturaleza. Su objetivo es divulgar la reconciliación con el ecosistema para que cada día más personas adquieran consciencia y reduzcan la huella que dejamos en la Tierra. «Creo que lo más interesante es generar debate y que la gente tenga interés por informarse, preocuparse y por formar su opinión», opina de la Malla.

El biólogo también retrata problemáticas socioambientales como las que ocasiona la extracción de minerales y metales como el azufre y el oro. «El azufre puede estar en un producto de cosmética vegana, pero ¿de dónde viene ese azufre? Esto tiene repercusiones en el medio de otra forma. Igual no se ha maltratado ningún animal en la mina de azufre porque allí no vive ningún animal ni crece ninguna planta. Pero tiene costes humanos y paisajísticos», reflexiona. De la Malla tiene en mente el volcán de Ijen, en Indonesia, donde los mineros cargan «cerca de 80 kilos de azufre en cada ascensión» y trabajan «entre gases tóxicos y llamas sin ningún tipo de protección» durante más de 12 horas diarias.    

La cara del mundo oculta que esclarece Hidden Stories expone situaciones contra natura como cisnes comiendo de la basura, focas dando a luz en campos de tiro, orangutanes huérfanos, compraventa de animales exóticos: seres vivos desterrados de su hábitat debido al especismo y a la colonización del ser humano sobre el ecosistema.

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Aun así, De la Malla plasma la belleza de la Tierra y las sinergias entre seres vivos que se nutren de esta y viceversa. Como el murciélago frugívoro de Madagascar, que gracias a sus deposiciones de semillas combate la deforestación de la isla. No obstante, aunque es una especie en peligro de extinción, los humanos le dan caza. Así como su hermano de especie e isla, el murciélago insectívoro, que controla las plagas que sufren los arrozales. Además, gracias a su dieta y guano contribuye al aumento de la productividad del cultivo mientras convive en la aldea malgache cuyo alimento básico es el arroz.

Las comunidades originarias de la Patagonia llaman terricidio «al asesinato no sólo de los ecosistemas tangibles y de los pueblos que lo habitan, sino también al asesinato de todas las fuerzas que regulan la vida en la tierra, a lo que llamamos ecosistema perceptible», explica el Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir.

«Las tierras indígenas representan el 37% de todos los espacios naturales que quedan en la Tierra», afirma Joan de la Malla. Por ello, Joan visibiliza la labor ecológica de proyectos que buscan empoderar a las comunidades locales. Por ejemplo, el realizado por mujeres masái (tribu «seminómada») en el Parque Nacional de Amboseli, Kenia. Amboseli es una extensa sabana con precipitaciones poco frecuentes.

«Lo que hacen estas mujeres es que durante la época de abundancia limitan el acceso a una zona de pasto, tanto a la fauna salvaje como a la doméstica. Cuando llega la época de escasez lo que se hace es alimentar artificialmente a la fauna doméstica aunque se los mantenga en un régimen de semilibertad. Esto evita que la fauna doméstica acabe con el pasto que sigue creciendo, aunque sea muy poquito, y que es aprovechado por la fauna salvaje (…) Es un win-win. La fauna doméstica pasa bien esos meses con el pasto, a las comunidades les facilita la vida y se deja que siga existiendo un espacio para que la fauna salvaje pueda seguir prosperando», cuenta de la Malla.

El fotógrafo debería ahora de estar trabajando en Bolivia, pero la pandemia le ha paralizado varios proyectos. «A mí me encantaría trabajar más cerca, pero desgraciadamente no consigo que la fotografía de conservación interese mucho a nivel nacional». Sin embargo, Joan cree que «a nivel de conservación aquí hay cosas muy interesantes. Tenemos algunas de las colonias más importantes del ave marina más amenazada de Europa, la pardela cenicienta. Están en retroceso y no se está documentando muy bien. Se está estudiando a nivel científico, pero nadie está documentando a nivel de historia por qué están en retroceso, nadie las está poniendo en valor y la gente no lo sabe (…) También hay historias de éxito, hay un pequeño sapo en Mallorca del que quedaban muy pocos individuos y ahora hay un proyecto de reintroducción y está mejorando su estado de conservación, es un proyecto muy exitoso».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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