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El repunte de contagios por la «relajación» de diciembre desencadena una ola de restricciones de última hora para Navidad

Todo queda en manos de las comunidades autónomas. El Ministerio de Sanidad ha cambiado el plan que aprobó el 2 de diciembre, y ya no será obligatorio para las comunidades permitir cenas de 10 personas máximo y toque de queda a 1:30 en los días señalados de Navidad, ni abrirse perimetralmente a visitas de familiares y allegados entre el 23 de diciembre y el 6 de enero. La tendencia ha cambiado desde hace solo dos semanas y lo que era un claro descenso de casos de COVID-19 en España se ha revertido y amenaza con una especie de ‘tercera ola’ tras las fiestas, en pleno comienzo de la vacunación. Así que los gobiernos autonómicos podrán endurecer su estrategia reduciendo las cenas, prohibiendo viajes o adelantando el toque de queda, como ya han anunciado varios de ellos en las últimas horas.

Sanidad planteó el plan para Navidad como un documento vivo que lanzaba el mensaje general, decían, de «hay que quedarse en casa». Sin embargo, no ha sufrido modificaciones hasta una semana antes de Nochebuena. En el nuevo texto del documento hablan de eso y del cambio en los datos. «Las medidas planteadas a fecha de 2 de diciembre se realizaron en base a una situación epidemiológica con una tendencia descendente», reza. «Sin embargo, en los últimos días se ha observado una ralentización generalizada en el descenso de las tasas de incidencia; en algunos territorios, una ligera tendencia ascendente». Se refieren a que España ha superado este miércoles de nuevo 200 casos acumulados por cada 100.000 habitantes en 14 días, después de que la semana pasada bajara de esa cifra tras meses de ascenso –llegaron a superarse los 500–. En cinco comunidades los casos van en aumento: Baleares, Madrid, Canarias –en estas tres a mucha velocidad–, Comunitat Valenciana y Catalunya, cuyo secretario de Salud Pública, Josep Maria Argimon, explicaba en una entrevista en elDiario.es que los indicadores señalan un claro cambio de tendencia hacia una posible tercera ola.

Al ministro Salvador Illa todo esto, también que han subido otros indicadores como la positividad, le «preocupa» mucho, ha dicho. También al portavoz Fernando Simón, que lo achaca en un informe presentado a las comunidades que ha citado el ministro a la «relajación de medidas» y en el peor momento, «sin haber llegado a las fiestas de navidad ni haber podido registrar los efectos del puente [de la Constitución]».

Varios epidemiólogos consultados por este periódico también muestran su preocupación por los datos. Sobre todo porque implica llegar a los encuentros de riesgo de las Navidades, las cenas, con una base alta y, por tanto, más probabilidad de transmitir por estar portando el virus. La tendencia se debe aún consolidar, porque puede haber retrasos de notificación arrastrados del puente, a lo largo de la semana, pero «no tiene buena pinta, sobre todo porque concuerda con cosas como la desescalada en Catalunya», resume Pedro Gullón, miembro de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE). A Ildefonso Hernández, de la Sociedad Española de Salud Pública (SESPAS), le inquieta que «estando alrededor de 200, en cualquier momento, va para arriba». Daniel López Acuña, exdirector de Acción Sanitaria de la OMS, opina que ante este «ligero aumento, efecto de las aglomeraciones del Black Friday, la campaña de Navidad, y del puente de la Constitución, lo mejor sería abandonar la laxitud de principios de diciembre y ser más restrictivos y draconianos, como lo están siendo otros en Europa».

En todo caso, la situación que se acaba de dibujar no ha resultado una sorpresa. Los análisis y advertencias previos estaban ahí: Pere Godoy, presidente saliente de la SEE, vaticinaba el 29 de noviembre que, si entonces se relajaban las medidas en zonas como Catalunya y se fomentaban encuentros prenavideños, se podría dar la «paradoja» de que a lo largo de diciembre los fallecimientos a consecuencia de la segunda ola bajaran mientras los nuevos contagios de una ‘tercera’ comenzasen a subir de nuevo.

Pero, a una semana de Navidad, ¿estamos a tiempo de impedir esta situación? ¿Recrudecer medidas para estas fechas será posible? ¿Qué es lo más efectivo que pueden decidir las comunidades, ahora que lo tienen en su mano? Pedro Gullón responde que es «tremendamente complicado». Porque «en el fondo, el gran miedo real son las reuniones familiares. Y a base de decreto, son difíciles de cambiar. Y menos cuando llevas un mes anunciando unas medidas y la gente ya se ha hecho sus planes». 

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El motivo es el mismo que daba el propio ministro Salvador Illa en el programa Salvados el pasado domingo: «No se puede poner un policía en cada puerta de casa. Así que que las medidas de salud pública, y en concreto las reuniones de 10, de 6, o de 4, sean efectivas, dependen de que la gente las acepte y las asuma». Mario Fontán, expresidente de la plataforma ARES, de médicos residentes en Salud Pública, menciona lo mismo que Gullón: «Creo que aunque se pueda plantear reducir el límite de las ciudades o restringir más los desplazamientos, las autoridades deben ser conscientes de que salvo que militarices la sociedad, es complicado vigilar que se cumple al 100%». Illa apelaba a que la ciudadanía es «adulta» y, si las cosas han empeorado, sabrá entender que quizá toca un cambio de planes a dos semanas de final de 2020.

Gullón y Fontán optan por mejorar la comunicación estos días. «Comunicar muy bien la situación y los riesgos por todos los canales posibles y repetir aquellos mensajes que permitan a la gente organizar reuniones con seguridad. Aunque creamos que todo el mundo lo sabe, puede que menos del que pensamos», expresa el segundo. Es decir, repetir que no hay que llegar a 10 personas si no es necesario, reducir grupos burbuja mezclados, ventilación, mascarillas, aislamientos previos en la medida que se pueda. Y mientras, mantener o imponer medidas que sí sean más fáciles de controlar: teletrabajo y cierre del interior de los bares. 

Ambos expertos ven en cierta manera útil adelantar el toque de queda y que no se arrastre hasta la 1:30 como estaba previsto, para fomentar así que las reuniones sean solo entre convivientes y que no se desdoblen las reuniones –se elimina la opción de tomarte una copa en otra fiesta después de cenar en casa, por ejemplo–. López Acuña, asesor en Asturias, es partidario de eso y de tomar medidas «al estilo de Alemania: limitarnos a las actividades esenciales propiciando el permanecer en casa y el no desplazarse. Propiciar que las reuniones y celebraciones sean solamente de las burbujas de convivientes habituales sin abrir a segundas y terceras burbujas», algo que queda ahora en manos de las comunidades, aunque de nuevo muy difícil de controlar. También apuesta por restringir los viajes a familiares y allegados. Son peligrosos en el caso de que los hagan personas que mantengan «convivencia amistosa pero cercana con mucha gente» y se realicen sin aislamiento previo.

En ese sentido van algunas de las medidas adoptadas ya por las comunidades autónomas, incluso antes de que el Consejo Interterritorial de Salud aprobara abrir la puerta a endurecer las restricciones navideñas. Galicia, que ha vuelto a cerrar Santiago de Compostela, ha limitado las reuniones a seis personas de dos burbujas en las fechas más destacadas y Aragón ha dejado fuera de su plan de Navidad a los allegados. En Baleares, el toque de queda se ha fijado para la isla de Mallorca a las diez de la noche y Canarias ha cerrado la isla de Tenerife ante un aumento desbocado de los casos.

La lógica de todo ello la resume López Acuña: «Cuantas menos interacciones, menos riesgo». «A todos nos fastidia, pero hay que hacer un sacrificio más para no incrementarlo», zanja.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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