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Los protocolos que cambiaron por la pandemia han llegado para quedarse

El cansancio psicológico empieza a hacer mella en el personal hospitalario después de un año de pandemia. 365 días, uno tras otro, viviendo lo mismo, vaciando plantas para volverlas a desinfectar en bucle; las empleadas de la limpieza en los centros hospitalarios acusan el agotamiento, a pesar de que, según la limpiadora del Hospital Universitario Príncipe de Asturias, Fuensanta García Campayo, cuando empezó la primera ola, “la empresa contrató a más gente porque hacía falta ayuda y, para la tercera ola, repartieron personal para las tres UCIs; pero es que es muy agobiante estar con el EPI las siete horas”.

Ella y sus compañeras estaban acostumbradas a ponerse el traje y a cambiárselo de un paciente a otro, dado que en la UCI siempre están los enfermos de riesgo aislados, con lo cual, ya se llevaba todo a rajatabla; pero es que eso se ha extendido a todas las plantas: “lo que pasa es que ahora es todo covid y están todos aislados, y ver tanto movimiento y tan malita a la gente genera mucho estrés”, asegura García Campayo. 

Como dice Silvia Paniagua, auxiliar de enfermería del Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD) de Madrid “cuando empezó todo, pensábamos que esto tendría un principio y un fin, pero ese fin no llega nunca, estamos aguantando estoicamente, a ver si se empiezan a aclarar las cosas y las vacunas avanzan”. Paniagua estaba “adiestrada” para protegerse pues trabajaba antes de la pandemia con infecto-contagiosos y entraba con EPI porque ya sabía que las vías de contagio más habituales son las mucosas, tenía mucho cuidado con los picaportes, etc. “Pero ahora tenemos incluso más, porque antes no sabíamos a ciencia cierta el modo de transmisión, ahora sabemos que donde tienes que tener más precaución e ir siempre con mascarilla es en sitios cerrados y sin ventilación”. 

Otra auxiliar del SAD llamada Mayra Rivera confiesa que no se confía, pero se muestra optimista: “ya estamos más tranquilas porque ahora sabemos a qué atenernos y con qué estamos luchando, mientras que al principio sabíamos cómo se transmitía el virus, pero no sabíamos cómo tratarlo”. 

Por su parte, Irene Irrazábal explica que, como las auxiliares se cuidan normalmente de otras infecciones que los pacientes puedan transmitir, les resultó “fácil” aplicarlo, casi por intuición, en el contexto de la pandemia; incluso antes de los cursos específicos para atender a los pacientes de coronavirus que se preocupó de darles la empresa. Entre otros aprendizajes que les han quedado marcados para siempre, comenta: “aprendimos a ponernos primero el mono para no contagiarnos y, si antes nos lavábamos cinco veces las manos, ahora nos las lavamos 20”.

En ese sentido, todas las entrevistadas coinciden en sentirse más protegidas y en ser más conscientes que antes de que “todas las superficies, los pomos, las llaves de la luz, etc. los ha tocado mucha gente”; están más mentalizadas de que si siempre se ha trabajado sobre protocolo, a raíz de la irrupción de la covid, “ha habido que cambiarlos para limpiar más todavía, por ejemplo, los baños, se limpian más veces al día”. 

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Mayra Rivera agrega que, en el protocolo de atención a domicilio, solo han añadido una petición al paciente: “le pedimos que se ponga la mascarilla, tanto por su seguridad como por la nuestra, ya que si yo me contagio, les puedo contagiar a ellos”. 

Y dentro de esa atención personalizada, Irene Irrazábal apunta que han aprendido “a ser más tolerantes si cabe, a echarle más paciencia de la habitual, porque, como auxiliares, tenemos que ponernos en el lugar de los enfermos”.

De todo lo que han ido aprendiendo, se han ido instaurando ciertos cambios en los protocolos y en la organización de tareas que, sin ninguna duda, llegaron para quedarse, en opinión de Benita Chaparro, encargada del Hospital Universitario Príncipe de Asturias: “se van a quedar porque es una evolución en la protección del personal, cuando antes solo teníamos cuidado en no contagiar al paciente, pero ahora cuidamos de no contagiarnos nosotros mismos para no contagiar y protegernos”.  

Se quedarán las mascarillas dentro de los centros hospitalarios, se quedará la higiene de manos (que ya se venía predicando incluso en talleres que organizaban hace años incluso entre las empleadas temporales de verano); se quedarán los nuevos circuitos de limpio y sucio, como ejemplifica Chaparro: “dentro de los ascensores de carga, de público y de camas, se marcan con raya roja los que han trasladado pacientes con covid o sospechosos de ser infecciosos; y con franja verde los limpios, donde solo entra la gente que no tiene nada que contagiar”.

Igualmente, se han adoptado muchos protocolos y medidas para que las cosas se fueran haciendo cada vez mejor en los circuitos de Urgencias, “donde ya no se aguarda en la sala de espera para evitar que se acumule tanta gente, los celadores separan a los pacientes y a los familiares se les deja en una sala limpia”, explica la encargada.

Por fortuna, Clece, la prestataria de servicios para la que trabajan, a juicio de Silvia Paniagua, “se preocupa por sus trabajadores, nos hace sentir que somos importantes para la empresa, cuenta con nosotros, con nuestra opinión”. No en vano, ella misma fue llamada a formar parte del equipo mentor este año, lo cual, asegura, “motiva mucho”. 

En la misma línea habla Nuria Moreno, que lleva en el hospital universitario casi 29 años y contratada por Clece desde que entraron, en 2015: “se nota en la experiencia que es una empresa grande, siento que se han preocupado bastante por los trabajadores, por nuestra seguridad, nos han dado todo el material de protección necesario y reforzaron mucho el personal desde el principio”. Rivera confirma que “tienen material de sobra, nunca nos ha faltado todo el equipo de trabajo necesario”. 

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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