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No es «ira histérica», es «ira histórica»

Algo pasó que ni recuerdo. Rugí y un amigo me preguntó por qué me enfadaba por algo que no tenía que ver conmigo. No tenía que ver conmigo como individua, pero sí tenía que ver conmigo como mujer.

—Es que tengo ira histórica —le dije. 

— ¿Ira histórica? Qué buen concepto. ¿Y eso qué es?

—Tengo ira por todas las mujeres que no he sido. Por todas las mujeres que han aguantado lo que yo no estoy dispuesta a aguantar. Por todas las mujeres que han sido meros contenedores reproductores. Por todas las violadas, las prostituidas y apaleadas.  

La vida de las mujeres es la historia del silencio, la represión y el aplastamiento. Esas civilizaciones que hoy admiramos tanto ya nos mandaron callar. En La Odisea, del siglo VIII a.C., Telémaco dice a su madre: «Vuelve a tu habitación, a tus labores con el telar y el huso. El discurso será asunto de hombres». Plauto lo sentenció después, en el siglo I a. de C.: «Por bien que hable una mujer, le está mejor callar». 

Y así han ido coleando las mordazas, una tras otra, hasta hoy.

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Nos han robado las palabras. Nos han robado la memoria. Nos han narcotizado con cuentos bochornosos de principitos azules. Nos han distraído de nosotras mismas con romanticismos de medio pelo. Nos han enseñado a ser celosas, posesivas, monógamas. A culpar a otras mujeres de las decepciones con nuestros hombres. 

Nos han anestesiado haciéndonos confundir nuestras emociones. Nos enseñaron a llevar nuestro malestar hacia la tristeza (¡ay, penita pena!), pero no nos enseñaron a mostrar nuestro poder con la ira (¡no me da la gana!, ¡ya está bien!). Es una jugada maestra porque la pena paraliza y la furia moviliza. 

Nos enseñaron que los hombres sentían cólera: luchaban, gritaban y podían blasfemar. En cambio, las mujeres eran seres de algodón: cuidaban, limpiaban y renunciaban a todo por el bienestar de los demás. A las que nacían con vulva les prohibían las válvulas de escape. Ni siquiera el cabreo. Y ni siquiera hoy. Porque hasta en el lenguaje nos siguen poniendo corsés. 

La periodista Mona Eltahawy empieza todas sus charlas con su declaración de fe: “Fuck the patriarchy” (que jodan al patriarcado). «Podría decir ‘desmantelar el patriarcado’, pero no lo hago porque soy mujer, soy de color y soy musulmana. Y por todo esto se supone que yo no debería decir fuck«, explica la escritora feminista. «Este es el poder de blasfemar, y el motivo por el que las mujeres no deben evitar hacerlo».

Así de vergonzante es: nos molesta más la ira verbal de una mujer que la de un hombre. Es sangrante la trampa del lenguaje. Eltahawy dice que utiliza la palabra fuck por el poder de la rudeza radical que tan bien ejercen las feministas como la ugandesa Stella Nyanzi. En 2017 esta académica fue encarcelada por llamar «par de nalgas» al presidente Yoweri Museveni.

Ese insulto formaba parte de una «granada propulsada por cohetes de palabras» contra el presidente porque se desdijo de una promesa de su campaña electoral: proporcionar compresas a las niñas para que pudieran ir al colegio cuando tenían la regla. Eltahawy afirma que es más ofensivo que una niña no pueda ir a clase porque no tiene compresas que cualquier palabrota. «La pobreza es más violenta que los insultos a un presidente. Fuck being polite. Fuck being nice” (A la mierda con ser educado. A la mierda con ser amable).

Es lo que hacen esos señores atestados de privilegios que se echan las manos a la cabeza cuando escuchan a miles de mujeres gritar en una manifestación contra una piara de violadores y proxenetas. «¡Qué ordinarias, qué vulgares, qué feas, qué mal vestidas!». A ver, bienhablados, vamos a poner las cosas en su sitio: aquí lo deleznable es violar, no gritarle a un violador que es un cerdo.

Siento ira histórica cuando pienso que, en 1911, la librepensadora Rosario de Acuña tuvo que pasar dos años en el destierro, escondida, por escribir un artículo en el que desataba su furia contra unos universitarios que habían intentando violar a una estudiante. A los agresores ni les soplaron. A ella, en cambio, le soplaron que la Guardia Civil iba a detenerla y tuvo que huir, corriendo, con 61 años, por haber escrito estas palabras: «¡Exterminen los hijos que les nazcan así, aunque sea estrellándolos!, ¡salven, por caridad, la raza nuestra, que lleva el camino de producir unos bichos con cabeza humana, sexualidad de ostra e inteligencia de asno loco!».  

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Había que quitar del medio a las que se quejaban. O las encerraban por peligrosas o las encerraban por locas. Tan poco se toleraba el enfado de una mujer que decidieron catalogarlo como una enfermedad: la histeria. Y todavía en 2017 pervive esa idea: a la académica ugandesa que insultó al presidente le hicieron un examen psiquiátrico. Aún nos llaman histéricas porque mostramos ira… como cualquier bicho viviente. Pero no es histeria; es ira histórica. Y no es un trastorno de salud; es una reacción y una resistencia.

La directora de Women’s Media Central Speech Project, Soraya Chemaly, lo explica en dos frases: «En EEUU, la furia de los hombres blancos suele presentarse como justificada y patriótica, mientras que la de los hombres negros se presenta como criminal, y la de las mujeres negras, como una amenaza. En el mundo occidental, la furia de las mujeres se ha asociado ampliamente a la locura».

Chemaly dedica más de 300 páginas al poder de la ira femenina en su libro Enfurecidas. No le convence eso de gestionar y controlar la ira; ella habla de la competencia de la ira y no tiene nada que ver con quemar contenedores ni liarse a guantazos con los demás. 

La furia, dice, es lo que le da determinación y lucidez. La furia es lo que le impide llevar esa vida de las amas de casa infelices que sobrevivían atiborradas de ansiolíticos en los EEUU de los años 60. Esas que, ¡no!, no estaban enfermas; estaban aplastadas, frustradas, iracundas y, encima, no lo podían mostrar. 

«La furia debería ser un derecho», escribe Chemaly. Ya lo es para todas las que lo hemos hecho nuestro: el derecho a la ira. Las que no aceptamos el silencio y la sumisión que le impusieron a nuestras mujeres del pasado. Las que vivimos como nos da la gana. Las que no oímos ni las críticas ni los insultos. Porque ya ni necesitamos neutralizar las ofensas haciéndolas nuestras; lo que sentimos es la más poderosa indiferencia. Es el «me la suda» de hoy (rudeza radical) y el «paso total» de Chus Lampreave (¡cómo me sigue gustando el cheli y la jerga de la Movida!). 

La furia que nace del derecho a la ira es constructiva. No va de pegar sartenazos ni aplastar a nadie. Va de exigir lo que entiendo por feminismo, después de haber leído a feministas de todas las épocas: la igualdad de todos (y todos incluye a todes, todas y todos). Es una ira que busca la justicia y la libertad y, por eso, hasta se puede explicar de forma poética. «Las mujeres furiosas», dice Chemaly, «arden con un brillo superior al del sol».

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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