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Cataluña

Hijos que maltratan a sus padres, un drama invisible

Laura Gómez se dio cuenta de que «algo no funcionaba» al poco tiempo de adoptar a su hijo, que entonces tenía tres años. «No le ponía nombre, pero sabía que algo no era normal. Yo había sido una niña rebelde, pero no todo podían ser problemas de adaptación», explica a ABC. Contra el manido «los trapos sucios se lavan en casa», esta madre decide explicar su caso porque, precisamente, la vergüenza y la culpa son responsables de que abusos y agresiones en el entorno familiar, en muchas ocasiones queden ocultos tras las cuatro paredes entre las que se suceden insultos y golpes. También de hijos a padres. La violencia filio–parental es, en muchos casos, invisible. A veces, por la incomprensión del entorno más cercano que, o bien minimiza su gravedad o señala a los progenitores por una supuesta falta de dureza a la hora de educar a los menores. Las causas pueden ser un trastorno; como en el caso del hijo de Laura; adicciones, fracaso escolar, o una combinación de estas.

«Es una realidad oculta. Los padres se sienten avergonzados, tienen sentimiento de culpa y se preguntan qué han hecho mal para que su hijo se comporte de esa manera. En los casos más graves, viven atemorizados por la dictadura en que se ha convertido su familia», apunta el inspector David Casanovas, jefe de la Unidad de Menores de los Mossos d’Esquadra.

Para despojarse del estigma se necesita tiempo, admite Gómez. Ya en primaria, un psicólogo diagnosticó a su hijo con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). El periplo por especialistas se ha saldado, casi dos décadas después, con otro resultado: esquizofrenia. «Con el tiempo ves comportamientos que no son travesuras», señala.

La mayor alerta de esta madre saltó cuando el chico, aún adolescente, torturó a dos perros. Más adelante, el consumo de alcohol y cocaína empeoraron su estado. «Cuando insultan, pegan o se ponen agresivos, pierden el sentido de la realidad, cosifican. No ven a la persona», subraya la progenitora, que rechaza que los brotes psicóticos se asocien necesariamente a la violencia, aunque a veces sea así. Ella dejó de esconderse hace mucho, aunque parte de su entorno –como su madre– sea incapaz de comprender la enfermedad del joven, que en ocasiones le empuja a robar para costear sus adicciones.

Laura Gómez

ADRIÁN QUIROGA
Eso sucedió hace unos meses, cuando el chico sustrajo a su abuela un anillo de 3.000 euros, y por ello esta se niega a pasar las Navidades en familia. La madre lo tiene claro, las celebrarán ellos dos solos. «Ahora vive conmigo, y está estabilizado, pero tengo que estar atenta», cuenta y que confiesa que en ocasiones ha tenido que encerrarse en su habitación para evitar un enfrentamiento con su hijo.

Hace unos años, esta barcelonesa presentó una demanda para incapacitarlo y más tarde solicitar su tutela. Se niega a relatar su vida como un drama. «Igual que se explica una enfermedad como la diabetes, ¿por qué no puedo contar lo que le pasa a mi hijo? Basta de esconderme», reivindica.

Tras quedarse viuda, es consciente de que debe mantenerse fuerte para poder ayudarlo. Su mayor temor es qué será de él si a ella le ocurre algo. Un pensamiento que rozó la obsesión durante la pandemia, que el joven, que ahora tiene 22 años, pasó ingresado en un centro psiquiátrico de la capital catalana.

Pero no siempre es fácil despojarse de la vergüenza. Un matrimonio coruñés, ambos de 45 años, lucha cada día para que su estabilidad familiar no se desmorone por el trastorno negativista desafiante severo de su hijo pequeño. El padre, que prefiere no dar su nombre, explica que se dieron cuenta cuando el niño, ahora de 11 años, solo tenía unos meses. «No había violencia física, pero entraba en crisis, no fijaba la mirada y solo emitía sonidos guturales», rememora. Que la abuela sea médico tampoco les evitó las críticas. «Te sientes juzgado por tu familia, que te dice que no eres lo suficientemente duro y severo», apunta.

Quien peor lo lleva es la madre. «A ella sí la ha agredido, y es la que más culpable se siente», cuenta con amargura. Tras el diagnóstico de una neuróloga esta pareja comenzó a comprender lo que ocurría. Fue gracias a la Fundación Ingada, como llegaron hasta otra, la Amigó, que les ha aportado pautas para poder ayudar a su hijo. «Antes las crisis le duraban horas, podía pasar en plena calle, y se autolesionaba. Ahora tenemos rutinas –horarios y actividades­, y los episodios más graves solo ocurren en casa», explica con cierto alivio el progenitor.

Pese al camino recorrido, no se ha despojado de la culpa. «Porque mi mujer y yo nos queremos mucho, pero cualquier otro matrimonio estaría más que roto», sostiene. «Aún ahora, a lo mejor está cinco o seis días normal, y al séptimo se levanta mal, abre los ojos, se agobia…y ocurre. Aprendes a aguantar el tirón de las crisis, y él también se va controlando. Antes te enfrentabas a él diciéndole que no se iba a salir con la suya, pero era contraproducente».

Según la memoria de la Fiscalía General del Estado, cada año se abren en España más de 4.000 expedientes a jóvenes por violencia filio–parental. Una cifra que no dejó de crecer hasta el año pasado, cuando fueron 4.699 frente a los 5.055 de los doce meses anteriores. La Comunidad de Madrid acumula el 9,4% de los casos, y en Cataluña las denuncias por coacciones o lesiones de hijos a padres aumentaron un 22% durante 2020, explica el inspector Casanovas. Un total de 625 frente a las 501 del periodo anterior.

«La violencia comienza contra las cosas. Es una escalada de gritos e insultos, a veces por motivos muy nimios. Estamos hablando de jóvenes con muy poca tolerancia a la frustración y pocas habilidades a la hora de resolver problemas», explica el jefe de Menores de la policía catalana, que indica que si no se toman medidas ante estas señales, se puede convertir en una situación de gravedad.

Los agresores sufren
Casanovas detalla que el maltrato de hijos a padres, además de suponer una realidad oculta, ha aumentado con el paso de los años. Para buscar ayuda, «si se trata de un estado primigenio, se puede acudir a unidades especializadas». También anima a hacer partícipe de lo que sucede a toda la familia, «nunca callárserlo. Si reviste gravedad, y ya existen agresiones físicas, mejor denunciar», aconseja el policía, consciente de que «el vínculo afectivo hace que cueste mucho» dar el paso.

En caso de que un Juzgado de Menores acredite el maltrato del hijo al progenitor o familiar, una de las posibilidades para la reinserción pasa por su internamiento en un piso donde convivirá con otros jóvenes que también han agredido a sus padres. Son recursos especializados que la Generalitat tiene en Barcelona y Gerona, y en los que se trabaja «la convivencia con un grupo educativo», cuenta Marta Seguí, coordinadora de uno de estos espacios.

Uno de los jóvenes en el centro de la Generalitat en Gerona

ABC
Al llegar, no todos son conscientes de que la situación en sus casas es un punto de no retorno. El trabajo de psicólogos y educadores en estos centros pasa, primero, por hacerles tomar conciencia del problema que existe. «La separación del núcleo familiar y que baje la escalada de violencia les hace pensar», apunta Seguí, que recuerda que ellos también sufren. «Los jóvenes son los agresores, pero no hay que olvidar que son víctimas de una circunstancia que ni ellos saben entender», explica.

La problemática, en contra de lo que se piensa, es transversal. «Afecta a todas las clases sociales, y no tiene por qué tratarse de una familia desestructurada», apunta el inspector y secunda la educadora. En cuanto al perfil, tres de cada cuatro agresiones físicas las suelen cometer chicos, mientras que ellas recurren, de forma más habitual, a gritos e insultos. La franja de edad va de los 13 a los 17 años, «en plena adolescencia», aunque puede comenzar mucho antes.

En el caso de este recurso, la convivencia les sirve para aprender a resolver conflictos sin agresividad. Con el paso de las semanas, una de las actividades para su recuperación pasa por la reparación del daño. «Puede ser algo tan simple como arreglar una puerta que habían roto en su casa», aclara Seguí, que detalla que el primer día que estos jóvenes regresan a sus hogares «es muy duro para todos porque es allí donde vivieron los conflictos».

ABC
«Podemos decir que existen tres grupos de menores violentos con sus padres. Los que viven en un contexto delincuencial, tienen amigos delincuentes y han recibido una pobre educación académica y emocional. Otros que han crecido siendo objeto de malos tratos o han visto violencia en sus padres, lo que les enseña que es una estrategia adecuada para resolver los problemas. Y, finalmente, lo que yo denomino el niño con ‘síndrome del emperador’, que tiene padres ‘normales’, que han hecho lo que han podido, pero cuyo hijo tiene unas dificultades de personalidad innatas (rasgos de psicopatía o de trastorno de conducta) que complican mucho la educación», detalla Vicente Garrido, catedrático de criminología de la Universidad de Valencia y autor de Los hijos tiranos (Ariel, 2011).

Fundaciones como Afatrac, de familiares de afectados con trastornos de conducta, o Amigó, ayudan a abordar y sobrellevar esta lacra. «Trabajamos con toda la familia, haciendo mediación y proporcionándoles un ámbito seguro. Con esa guía, orientación y asesoramiento, ellos mismos son capaces de reconducir la situación en el 90% de los casos», cuenta Claudia Rodríguez, coordinadora del proyecto ‘Conviviendo’, un recurso gratuito para ayudar a la resolución de conflictos entre adolescentes y familiares, en el que participan educadores y psicólogos.

Desde Afratrac advierten de que la situación se complica y mucho cuando los hijos dejan de ser menores. «Los recursos específicos son limitados y los ingresos en centros subvencionados se limitan a unos tiempos, en muchas ocasiones, insuficientes» para estabilizar a los jóvenes con diferentes trastornos. Muy pocos se pueden costear los 4.500 euros mensuales que cuesta. Algunas familias se han hipotecado pero, a largo plazo, no hay bolsillo que lo resista», explica desde la asociación Susana Ruíz de Almirón.

«Se necesitan recursos especializados porque es un problema social, que requiere un tratamiento específico», clama también Rodríguez. «Que el problema salga de las cuatro paredes donde se produce es el primer paso. Luego hay que pedir ayuda», subraya. Lo mismo indica el inspector Casanovas: «pese al vínculo sentimental, es muy importante que, si hay violencia, los padres denuncie
n».

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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