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Cataluña

Extrema izquierda barcelonesa

¡Viene la extrema derecha!, claman Sánchez y sus aliados comunistas e independentistas cuando no tienen nada que decir, que es casi siempre. Nada existe sin su contrario. Frío y calor. Polo positivo y polo negativo. Ying y yang. Apolíneo y dionisíaco. Don Óptimo y Don Pésimo.

En España hay extrema derecha pero su contrario no parece existir. Y existe. ¡Vaya si existe! La extrema izquierda es Podemos y franquicias como los comunes. Okupa ministerios en Madrid, transige con el separatismo en Cataluña, gobierna con el PSC -un decir- el Ayuntamiento de Barcelona.

Ni siquiera con el denostado Porcioles padeció la ciudad un consistorio tan infausto. No se asusten. No vamos a blanquear a Porcioles: fomentó el tráfico rodado y la especulación inmobiliaria, se pasó con remontes (áticos y sobreáticos, hoy tan cotizados); se cargó el tranvía cuando no tocaba: ahora resucitarlo no hace puñetera falta. Pero puso las bases de la Barcelona moderna. Consiguió una Carta Municipal que permitía ampliar el presupuesto de gasto, compiló el Derecho Civil Catalán, abrió el Castillo de Montjuïc y nos internacionalizó como Ciudad de Ferias y Congresos. Y el Museo Picasso. Y el Plan de la Ribera, embrión de la apertura al mar del 92. Y las rondas. La Gran Barcelona concretada en 1974 con la Corporación Metropolitana y el Plan General Metropolitano de 1976.

Los primeros alcaldes democráticos, Narcís Serra y Pasqual Maragall, reconocieron aquellos méritos sin ocultar los excesos del caos desarrollista. Por cierto, la burguesía que hoy presume de nacionalista no hizo ascos a los protocolos corruptos del franquismo sociológico.

El nacionalismo odia a Cobi. Y la extrema izquierda, también. Me malicio que la negativa a erigir una estatua a Copito de Nieve no se sustenta en anticolonialismo que exhiben sus detractores. Y no porque el simio blanco se asocie al alcalde franquista. Cobi también les molesta. ‘Matar a Cobi’, como tituló un afortunado artículo Jordi Amat en el suplemento ‘Cultura/s’ de ‘La Vanguardia’, es acabar con la Barcelona metropolitana que Pujol quiso abolir en 1987.

Cuando el 25 de julio acontezca el treinta aniversario de los Juegos del 92 a quienes lo recuerden se les tachará de nostálgicos. No llamen nostalgia, alcaldesa y Generalitat ‘republicana’, a hacer memoria (de la buena). Nada es mejor ni peor sino por comparación, observaba Swift.

Ya en 1980 Narcís Serra comenzó a hablar con Juan Antonio Samaranch sobre la posibilidad de unos Juegos en el 92. Cuando Serra dejó la alcaldía por el Ministerio de Defensa, Maragall y Samaranch trazaron el círculo virtuoso que culminó en la Olimpiada y una transformación urbanística aplaudida por la inmensa mayoría de barceloneses.

Sigamos con los alcaldes que precedieron a Colau. Joan Clos mantuvo mientras pudo la ilusión olímpica -ganaba las municipales de calle- aunque cometió el error de hacer demasiado caso a una de las ‘maragalladas’ (ocurrencias) de Pasqual. El engendro del Fórum de las Culturas anticipó una megalomanía retórica que años después hemos padecido con el proceso separatista. Del «Barcelona moverá el mundo» socialista a «el mundo nos mira» independentista. En eso consiste mirarse el ombligo.

Más alcaldes. Jordi Hereu fue un ejemplo de gestión económica y de restauración de la autoridad en una ciudad que Clos abrió demasiado a los antisistema. Cometió dos errores: desmantelar el museo militar del Castillo de Montjuïc para complacer a los ecocomunistas de Iniciativa y la consulta chapucera de la Diagonal.

La etapa socialista legó una magnífica red de bibliotecas, veintisiete mil edificios restaurados gracias a la campaña ‘Barcelona posa’t guapa’ y la transformación en espacios verdes de los interiores de manzana (mejor opción que las invasivas superislas).

Xavier Trias, primer alcalde convergente de la democracia, podría haber sacado buena nota: potenció la vigilancia de la Guardia Urbana, reformó aceptablemente Diagonal y Paralelo, pero puso el ayuntamiento al servicio del gobierno separatista, tanto en lo político como con su indulgencia ante una Generalitat morosa que perjudicaba la tesorería de la ciudad.

Y Colau, que amenaza con un tercer mandato. Si obtiene suficientes votos pactará con una Esquerra sin otro proyecto que el populismo secesionista de un Ernest Maragall al que Barcelona le importa un rábano. Urge que el PSC sea ahora el Partido del Sentido Común y busque alianzas con fuerzas de centroderecha que el ‘procés’ desnortó. Lo aconseja Hereu y aconseja bien.

Es la extrema izquierda del decrecimiento, incapaz de la más leve autocrítica. El partido de Pisarello que da entender que la guerra de Ucrania la incentivó la OTAN: «Belicismo sin control», lo llama el tucumano cual machista que culpa a la mujer violada «de llevar minifalda y provocar». El de Janet Sanz, que celebró el cierre de Nissan (tres mil parados más). El de Eloi Badia: por sus (malas) obras le conoceréis. Es la extrema izquierda mimetizada en la etiqueta progresista. Existe, ¡vaya si existe!

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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