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Cataluña

El conjunto vacío

El consejero de Economía, Jaume Giró, ha dicho que «la glotonería de Madrid impone el hambre y el pan negro en Cataluña» y que «la voracidad de la capital sólo puede satisfacerse con nuestro ayuno». Con las metáforas del hambre, como con las del Holocausto, habría que ir con más cuidado, sobre todo cuando como el señor consejero hemos vivido los más agradables momentos de nuestras vidas alrededor de las mesas de los grandes restaurantes de España y del mundo. No es serio que Giró hable de «hambre», de «pan negro» y de «ayuno». La política que uno hace tendría que parecerse a su vida. España le ha ido muy bien a Jaume Giró, tanto en Gas Natural, como en Repsol, como en La Caixa, como ahora que hace comedia independentista en una Generalitat, en un partido y con unos amiguetes perfectamente instalados en el negocio autonomista. Giró, de familia humilde, empezó a comer caliente precisamente cuando empezó a trabajar para las empresas del Íbex 35, con la misión, entre otras, de protegerlas de la calamitosa propaganda, de los ataques y la general desdicha del secesionismo, severamente derrotado por la cobardía y la debilidad intelectual de sus apologetas y líderes.

España ha sido una historia de éxito para el señor Giró y para su familia. Basta con que se siente un momento a pensar de dónde ha salido todo lo que tiene para que entienda que el pan negro y el ayuno no han sido en absoluto sus características, por lo bien que España le ha pagado sus servicios prestados, que han sido muchos y variados. Cada cual puede tener sus sentimientos, pero a los catalanes nos ha ido bien siendo españoles. Pienso en mi familia –como el consejero tendría que pensar en la suya antes de ponerse a decir según qué tonterías– y no sé imaginarme un escenario mejor ni unos años tan agradables y fructíferos. Esto vale también para Podemos y demás apocalípticos: hemos vivido muy bien y el Estado y Europa nos lo han puesto bastante fácil. Por supuesto preferiría pagar menos impuestos, pero no como catalán, porque yo no pago ninguno de mis impuestos (salvo los de la Generalitat) en tanto que catalán, sino como Salvador Sostres Tarrida. Pero estoy seguro de que a holandeses y alemanes no les agrada tampoco pagar tanto y bien que agradecemos el dinero que nos llega de la Unión. Ahora imagínate que uno de Berlín dijera que «los catalanes nos roban». ¡Nos mete en un lío!

Nada es perfecto, todo es mejorable, Pedro Sánchez es un gobernante muy mediocre, pero también Pere Aragonès y Ada Colau; y los impuestos son el precio que pagamos por vivir en un mundo civilizado, aunque nos pese y nos duela y a veces podamos sentirnos legítimamente atracados y pensemos que se gasta nuestro dinero en chorradas, entre otras las chorradas del consejero Giró.

Para completar su intervención, dijo también que Cataluña tenía que «huir del cautiverio y recuperar la libertad». Una vez más, no creo que sea razonable hablar en términos de cautiverio desde el magnífico dúplex del paseo de la Bonanova en el que don Jaume vive junto a su esposa e hijas. Hay que usar palabras que se ajusten un poco mejor a nuestra vida. Y a nuestra trayectoria. Porque el señor Giró no ha ganado el dinero que le permite vivir tan bien trabajando en Òmnium Cultural o de profesor de catalán en un instituto de Gratallops. ¿Cautiverio? ¿Qué cautiverio? Jaume Giró ha tenido una manera muy española –y yo se lo aplaudo y le agradezco lo mucho que me ha ayudado– de interpretar su libertad, que tan extraordinarios réditos le ha dado. Si reuniera a su familia y les preguntara si hubieran preferido a un padre consejero y pobrecito toda su vida, o al correoso empleado de España que todos estos años ha sido, ninguno de ellos tendría duda de que la metáfora del cautiverio no tiene absolutamente ningún sentido y que la independencia de Cataluña y la libertad son un conjunto vacío. Hay que vivir bien. Hay que pensar mejor. La política ha de ser una excusa, no un subterfugio. Uno tendría que dar siempre la cara por lo que es, porque luego cuando fracasas por lo menos no haces el ridículo.

Y hay que decir que a Giró no se le ha dado bien, últimamente, esto de no hacer el ridículo. Es una lástima, porque no hacía ninguna falta. Podría haber sido más leal y aún estaría en La Caixa. Podría haber sido menos fantasma y nunca se habría metido en lo del Barça. La política es altamente ingrata y aunque seguramente Giró es el más preparado de los actuales consejeros, esto no es decir demasiado ni suele tener premio en una sociedad tan rota y desesperada como la catalana. Si además pretende llamar la atención y ganarse pedigrí indepe con incendiadas soflamas como la que nos ocupa, sólo acentuará su contradicciones y sus votantes se darán cuenta de que les intenta tomar el pelo. Ni Jaume Giró ayuna, ni come pan negro ni lleva una vida de cautiverio. No hay ningún buen restaurante de España en el que no haya estado y no arriesgará en nada su maravillosa vida española para luchar por una independencia que él es el primero que sabe que es imposible, precisamente porque los catalanes no comemos pan negro y somos más libres de lo que hemos sido en ningún otro momento de nuestra historia, en parte gracias a que la Justicia corrige los delirios totalitarios de los nuevos compinches de Giró.

Ni siquiera en un país tan destruido como Cataluña los cartuchos son infinitos. Giró ha quemado muchos en pocos años, aún es joven y si continúa equivocándose se le acabará el recorrido mucho antes que la vida activa. Giró aún es joven y muchos en Cataluña somos aún jóvenes, y tendríamos que empezar a hablar de otras cosas, a tomarnos en serio lo que importa, a no engañar a los demás con falsas promesas emocionales para conseguir sus votos y poder continuar engrasando la maquinaria con turbias y amiguiles transacciones. Tendríamos que hacer algo mejor, porque engañar a los demás es feo, y más cuando sabes que te aprovechas de su buena fe y de su ignorancia voluntarista y ciega. El presidente de la Generalitat parece poca cosa, y lo es, pero no es tonto, y como todos los bajitos toma nota de los desprecios y tiende a ser rencoroso. Sabe que Giró le está ninguneando y si parece que no se da cuenta es sólo porque está esperando el mejor momento. La comedia tiene un límite, como Laura Borràs descubrió el fin de semana pasado en el congreso de Junts, perdiendo las votaciones –o quedando tercera por detrás de dos momias, que es lo mismo.

Los buenos restaurantes los hicimos para que las personas se encuentren, exalten la amistad o aseguren el perímetro del desencuentro. Madrid no es glotona. Madrid tiene ganas de vivir y por eso ha protegido a sus comercios y comerciantes, en lugar de perjudicarlos, despreciarlos e insultarlos como han hecho Barcelona y Cataluña. Es la diferencia entre tomarse en serio la libertad, como la presidenta Ayuso, o hacer el payaso con metáforas impresentables, que deberían avergonzar a una persona que ha amasado su fortuna haciéndole la manicura a las principales empresas de España. El consejero Giró y su gobierno no ayunan, ni pasan hambre, ni están cautivos. Pero es tal su nivel de incompetencia, de cinismo y sectarismo que ni siquiera en una tierra tan afortunada y tocada por la gracia de Dios tenemos asegurado que no nos acaben sumiendo en la más deprimente ruina.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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