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Cataluña

Barcelona sin reloj

En la jerga deportiva cuando un delantero aprovecha un despiste del defensa, se hace con el balón y crea peligro en el área o marca un gol al portero vendido, se comenta con tono admirativo que «le ha robado la cartera».

Carteristas los ha habido siempre en las ciudades abiertas al turismo. Se cumplen noventa años del ‘Diario del ladrón’ en el que Jean Genet describía la Barcelona marginal. Por aquel entonces los amigos de lo ajeno que aprovechaban el despiste de sus víctimas en las aglomeraciones de la Rambla o los apretujones del tranvía se congregaban en las plazas del Barrio Chino, hoy Raval, para revender la mercancía. Avisado de tal posibilidad, uno podía acercarse a alguno de esos corrillos y, por un precio módico, recuperar su pertenencia.

Los carteristas y descuideros han dado paso a los que podríamos bautizar como «movileros» y «relojeros». Me comenta un amigo que mientras gozaba de uno de los conciertos del Primavera Sound alguien le birló con sigilosa habilidad el móvil: «Me lo habían advertido e incluso observé algún sujeto más pendiente del público que del escenario, pero llega un momento en que te dejas llevar por la música, te relajas y, ¡zasca!, ya no tienes móvil». En algunos casos, me cuentan, los ladrones se ponen en contacto vía mail y piden un rescate por el aparato como aquellos corrillos del Chino.

El problema de robar móviles es que al sigiloso ladrón se le puede seguir el rastro gracias al GPS. La facilidad para la geolocalización ha hecho que muchos delincuentes cambien de planes. Y es cuando aparecen los «relojeros», azote de los propietarios de marcas de gama alta. Aquí no hay sigilo, sino violencia extrema. Ahora, en temporada de manga corta, los «relojeros» calibran a primera vista categoría y precio; para asegurarse fotografían a la potencial víctima. Marcas de alta gama como Patek Philippe, Rolex, Richard Mille, Audemars Piguet y Hublot se valoran por los peristas en un abanico que va de los 800 a los 360.000 euros.

Cuando llega el momento del ataque y el atacado se resiste al embate la lucha destroza una epidermis hipersensible por la sudoración. Arrancar un ‘peluco’ de la muñeca comporta sangre. Las heridas o, en el peor de los casos, recibir un mal golpe puede acabar con la víctima en Urgencias.

Circulan imágenes de estos asaltos; como el acaecido en Vía Layetana, delante del monumento a Ramón Berenguer. Los relojes (todavía no robados) marcaban las 14,30 horas. La hora y la solana que caía a plomo sobre el asfalto que el urbanismo táctico de Colau destripa con más voluntad que acierto, componía un paisaje desolado que favorecía la impune rapiña.

El ladrón, -gorra, máscara, camiseta y bermudas, todo negro como su condición-, se abalanzó sobre el desdichado turista. Ni los gritos, ni lo explícito de la acción, que alguien grabó en su móvil, motivaron a los pocos transeúntes a socorrer al saqueado.

El turista forcejeó con el ladrón hasta que el cuervo de negro consiguió arrancarle el reloj. Al parecer, el mercado de la banda «relojera» son los países del Este y emiratos árabes. Seguirles el rastro, aunque su poseedor y la joyería donde lo adquirió conozcan el número de serie, no resulta fácil.

A menos de un año de las municipales Barcelona es paraíso de «movilistas», relojeros, carteristas, mendicidad organizada, grafiteros vandálicos o fumaderos de cannabis. Con la podredumbre importada, la caterva autóctona: vecinos que no recogen la mierda de su perro; niñatos que, ahora con locales abiertos, siguen dándole al botellón; y, cómo no, los ciclogamberros y petimetres en patinete que, pese a contar con el carril que tanto demandaron, circulan por las aceras y atosigan al indefenso peatón o enfilan calles en contradirección. Cuando les interpelas se mofan o te insultan, amparados por el demagógico ecologismo institucional. Si cada bicicleta y patinete llevara placa se les identificaría y denunciaría. Una multa y la posible confiscación del vehículo obrarían cual mano de santo, además de fomentar un pujante mercado de segunda mano. Tanto incivismo no debe extrañar en una Cataluña donde la Generalitat predica la desobediencia y el consistorio izquierdista blanquea la okupación.

El turista desvalijado trae a la memoria un pasaje del ‘Recuento’ de Luis Goytisolo: «Se hizo dejar en la plaza de Ramón Berenguer, gallardo conde, una estatua ecuestre de bronce destacada entre el foso de espacios verdes que se extendía al pie de la muralla romana, esquinados volúmenes coronados por el campanario y los contrafuertes de la Capilla de Santa Águeda…» …Y una sombra se abalanzó sobre el turista y, pese a su resistencia, le robó el reloj.

Barcelona tuvo un buen cronómetro en el 92 que aceleró un renacer cosmopolita: la autocomplacencia primero y luego el populismo (separatista y comunista) han dejado a la Ciudad Condal sin reloj.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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