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Cataluña

Baños de normalidad en las playas de Barcelona

«Trabajamos viendo unas caras de felicidad que son impagables». Así describe la emoción de sensaciones de su día a día Gisela, responsable de los monitores del baño asistido en una de las playas de Barcelona, que año tras año se va consolidando. El servicio ofrece a las personas con movilidad reducida ayuda personal y técnica para entrar y salir del agua o para nadar. El éxito del servicio, que ahora funciona con reserva previa por el Covid, es tal que incluso recibe llamadas de turistas que quieren darse un chapuzón en la capital catalana.

Barcelona cuenta con tres puntos específicos de baño asistido, ubicados en las playas del Fòrum, Sant Miquel y Nova Icària, que cuentan con sillas anfibias y flotadores especiales para la ocasión, además de instalaciones adaptadas. Reciben a lo largo de la temporada a unos 5.000 usuarios que realizan unos 15.000 usos, según palabras a ABC del concejal y presidente del Instituto Municipal de Personas con Discapacidad (IMPD), Joan Ramon Riera, que remarca que aunque parecen muchos solo suponen el 10 por ciento de los residentes en la ciudad con algún tipo de discapacidad acreditada. «Al final, solo estamos mejorando su bienestar, dándoles calidad de vida, normalizando sus necesidades y permitiendo que hagan una vida como otras personas. Es un servicio muy empoderador», destaca Riera.

Varios perfiles
Los habituales a estas playas tienen movilidad reducida por problemas de nacimiento pero sobre todo por haber sufrido accidentes o enfermedades, como la esclerosis múltiple o incluso la ceguera. «Nosotros no preguntamos qué tipo de discapacidad tienen. Vienen a bañarse y nosotros les ayudamos a que puedan hacerlo realidad», explica la portavoz del servicio, que lleva más de quince años trabajando en el sector. También atienden a niños con Asperger, autismo o problemas cognitivos, algunos de los cuales bañan en sus brazos, y reciben periódicamente a fundaciones que atienden a personas con discapacidad.

El servicios usa flotadores especiales y sillas anfibias

REUTERS
«No es cuestión de hacer deporte, es poder entrar al mar como lo hace otra persona. Muchos se nos han puesto a llorar porque era la primera vez que entraban en el mar, porque siempre lo habían visto de lejos o porque hacía diez o quince años que no se bañaban por haber sufrido un accidente o una enfermedad», explica con emoción Gisela.

Entre los usuarios, así, los hay de habituales, que si pueden acuden a la playa cada día, y otros que se animan por primera vez a bañarse o que lo hacen más esporádicamente. Uno de los asiduos es Marcelo que, a pesar de su enfermedad degenerativa, sigue yendo con ilusión a su remojo, aunque cada vez con menos movilidad. Manolo, otro de los más frecuentes, acude cada día a la playa, se bañe o no. Es una especie de terapia reconfortante y llena de emoción tanto para los usuarios como para los monitores. Entre sus múltiples recuerdos destacan el sueño cumplido de un usuario que quería tocar una boya que está a 200 metros de la primera línea de mar. «Lo llevamos con flotadores y él se iba moviendo. Nadamos todos hasta allí. Fue precioso», remarca Gisela.

Llegar a las olas
De hecho, de este servicio es tan o más importante llegar hasta el agua que el propio baño, y es que las playas, como muchos espacios públicos, todavía no están habilitadas para las personas con discapacidad, que a menudo no pueden acceder al agua de manera autónoma ya sea por la orografía o también porque los temporales que azotan el litoral destrozan sus accesos. Así que solo con unas pasarelas especiales para llegar a primera línea de mar o técnicos que ayuden a llevar a hombros a quienes no pueden hacerlo por sí solos ya posibilita el baño. Igual de importantes son unas instalaciones accesibles y en eso Barcelona también ha sido pionera, estrenando este año el primer cambiador inclusivo –con ducha y lavabo adaptados, además de grúa y litera– en el punto de la Nova Icària.

Nati, a quien le falta una pierna y es otra de las habituales, se beneficiará de ello. «En el mar, es como cualquier otra persona y nada bien, pero no puede ir a una playa sin pasarelas», comenta Gisela. También recientemente una vecina de Badalona, cuyas playas no están preparadas, pidió hora para poder bañarse. «Ya nos ha dicho que se pondrá a llorar cuando entre en el agua, como otros muchos», sentencia Gisela.

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