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Cataluña

Cuatro décadas de pandemia nacionalista

Me ha sorprendido la repercusión que ha tenido el anatema de «fascista y colono» contra el catedrático de Filosofía del Derecho Ricardo García Manrique lanzado por otro profesor en el Claustro de la Universidad de Barcelona (UB), en presencia del rector y de 180 profesores más sin que ninguno afeara el exabrupto.

Me ha sorprendido, no por el insulto, sino por la indignación que ha levantando entre el constitucionalismo como si tal descalificación fuera novedad en Cataluña. Como me ha sorprendido que sorprenda que ni uno solo de los 180 profesores presentes moviera un solo dedo para defender al profesor ‘excomulgado’. Porque de eso se trataba, de excomulgar al catedrático que había tenido el valor de oponerse a que la UB vendiera su neutralidad ilustrada al diablo de los condenados por sedición.

El estigma de facha, franquista, ‘botifler’, colono, imperialista, españolista, ultraderechista, genocida, enemigo del catalán, ‘ñordo’, etc., son las variantes de un mismo virus que expandió Jordi Pujol desde que llegó a la Generalitat en 1980. Lo que le pasó al profesor universitario, antes, lo sufrieron cientos de maestros. El 8-M de la pandemia nacionalista comenzó en la escuela de los años ochenta. ¿O creen que se fueron por casualidad 14.000 maestros de Cataluña en esa década? Secuestrada la escuela, se inició el contagio en las enseñanzas medias al inicio de los años noventa, y se culminó con la universidad en el presente siglo. Por eso es sorprendente que ahora sorprenda tanto.

¿Dónde estaban tantos sorprendidos entonces? Pues seguramente en el mismo lugar que están esos 180 profesores mudos, sordos y ciegos del Claustro de la UB. Porque ya no cuela que millones de judíos fueran sacados de sus casas sin que ningún alemán se percatara.

«El nacionalismo hegemónico no es una opción política cualquiera, como podría pensarse, sino una religión, y quien se opone a sus dogmas es un hereje, no un conciudadano que piensa de otro modo», razona el profesor. Esa es la cuestión, que el virus nacionalista nos ha robado el olfato de la democracia sin que nos demos cuenta. Por eso, lo hecho con el catedrático no es un insulto, sino una ‘excomunión’.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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