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Madrid

Los bares de Madrid recuperan sus barras: «Nos hace libres e independientes»

Calle Ponzano, hora del aperitivo. Bares a media asta a pesar de que desde hace horas la Comunidad de Madrid permite el consumo sentado en barras. Porque la barra no es sólo el elemento que sustenta el bar en España y en parte del extranjero; es también un símbolo de que llega la normalidad. A trozos, pero que va llegando. Sin embargo, en la calle de los bares por excelencia, en Ponzano, el lunes a media mañana y con nublado, el cronista se topa de primeras con una marisquería cerrada cuando había previsto cierta invasión en las barras. También con los repartidores de bebidas, que andan lentos, como si el Día D de la hostelería, que es este lunes, fuese otro día consuetudinario de eso que llaman «la nueva normalidad».

Realmente, Ponzano es/era zona de fin de semana antes de que el bicho cambiase la forma de ocio. O no, porque una vecina que «no quiere dar ni nombre ni apellidos», anda «hasta el moño del ruido» y no cree que la barra, conforme se vaya poblando según la incidencia acumulada y según los hosteleros compren taburetes, vaya a eliminar el terraceo que trajo la pandemia. Igual piensa Raúl, treintañero, que pasea con su hija recién nacida y que sabe que aumentar el aforo interior de los bares «no va a acabar con el infierno del jaleo y de las borracheras de esta calle».

Volverá el ligoteo
Poco a poco se anima Ponzano; eso sí, de clientes de siempre que o bien se arriman a la barra a lo bravo (esto es de pie, desobedeciendo la normativa) o bien en las mesas pegadas al mostrador. Al ser lunes, hay garitos que descansan de la clientela, como el de Joani, camarera y saludadora, que canta una coplilla mientras barre la terraza de césped sintético y exclama que sí, que a ella le «encanta la barra» porque «la barra nos hace libres e independientes». Consígnese aquí que oír en latino eso de libertad e independencia tiene su aquél, y Joani no esconde su exclamación, que parece sacada de un verso de José Martí.

Hay que recorrer locales cerrados, y otros abiertos como la cervecería Lola, en la que el camarero, asiático y en perfecto español, explica que «esta zona, antes del ‘boom’, era muy pobre» y refiere al cronista que él es el segundo cliente del día en usar el taburete y la barra. Y eso, quizá porque la querencia de sus clientes haya cambiado, o quizá porque cuando el día se templa son cinco estudiantes de Medicina los que disfrutan de su terraza y de las ventajas de la vitamina D solar.

Eduardo, Javier, Íñigo y Diego, cada uno de una parte de España, tienen visiones contrapuestas sobre la barra. Acaso porque no es lo mismo el interior de un local en Pamplona que en Jaén (el acento los delata). En lo que coinciden es en que en las barras sentadas de las discotecas «va a volver el ligoteo, la tertulia sobre el desastre del Madrid» y esa relación espontánea que se entabla con «el pavo, algo perjudicado, que va a pedir chupitos al camarero». En el fondo, estudiantes de Medicina, fían este alivio de luto del sector servicios a «una nueva pandemia», que parecen dar por segura.

Lo absurdo
Lo que es cierto es que la tasca madrileña -cada tasca madrileña- es una república independiente. En el Fide, entre gambas, Javier, su gerente, no entiende muy bien eso de los taburetes. Su argumento parece rotundo: «Para poder atender la barra, haz el cálculo y cuenta lo que me he de gastar en asientos. Y eso para que me cambien la norma la semana que viene». Tomi, que va en silla de ruedas, dice no comprender «lo absurdo» de que en una mesa se pueda estar de pie y haya que sentarse frente al mostrador. Además advierte de que, quien se sienta, consume menos y «puede tirarse dos horas con un café», que es un razonamiento que Javier, desde el otro extremo del bar, asiente con firmeza.

Pero en Ponzano, lo que sirve para un bar, no sirve para otro. En La Máquina, Marien y Luis Miguel enseñan a cámara su teoría de que la barra «es la esencia de un bar», y para ello posan distanciados explicando, incluso, «lo que se siente» cuando se alejan del terreno del barman. Marien y Luis Miguel disfrutan la barra en tanto «que la vida se normaliza». Lo mismo que dice el metre, que no esconde un rictus de felicidad, pese a la mascarilla, porque la escena de los clientes en la ubicación de antes le trae recuerdos de antes del Apocalipsis.

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Realmente, la vuelta del parroquiano a su sitio, aunque sentado, genera controversias en el micromundo de Ponzano. Un lunes en que la normalidad, aparte las opiniones, dio un paso más en su relativa consolidación.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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