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Madrid

Isabel Gutiérrez propone buscar las huellas de Filomena por la Casa de Campo un año después del temporal

Hace un año Madrid padeció la tormenta perfecta tierra adentro: sobre nuestras cabezas cayeron 1.250 toneladas de nieve en 30 horas en lo que, entonces, se nos antojó lo más cercano a un apocalipsis blanco. Pasado el primer susto, nos consolamos con pasatiempos delirantes: un eslalon por la Castellana, una guerra de bolas en plena Gran Vía, un peligroso paseíllo sobre la costra de hielo de la carretera Extremadura… Nos asombramos y nos carcajeamos por nuestra mala sombra con aquel meme de ‘la Filomena y la burrasca’.

Este fin de semana no está de más recordar unos días que perdurarán en la memoria de generaciones de madrileños. Y más allá de echar un vistazo a la galería de hipnóticas imágenes en la mayor exposición fotográfica virtual sobre el temporal que azotó la región entre el 7 y el 10 de enero de 2021, organizada a por la Comunidad de Madrid, no es mal plan comenzar de buena mañana pateando uno de los escenarios especialmente castigados por ‘la burrasca’: la Casa de Campo. Acaso suena socorrido, aunque bendita monotonía. Es un planazo que jamás cansa.

Árboles dañados en la Casa de Campo en enero de 2021

GUILLERMO NAVARRO
No hace falta atravesarla de lado a lado o perimetrarla (en bici o a pie) para observar las cicatrices que el zarpazo de Filomena dejó en sus bosques. Basta con entrar por una de las puertas de acceso desde Somosaguas, enfilar hacia la fuente del Zarzón y el puente de la Culebra, y recorrer la senda botánica hasta el Zoo Aquarium: miles de pinos quedaron decapitados o derrumbados, aunque encinas, fresnos y álamos resistieron. Los árboles caídos fueron echos picadillo para regenerar el terreno o aprovechados para convertir sus troncos en banquitos a la manera de Los Picapiedra.

Tras llegar al Zoo, y pensando en la caña o el vermú, tiramos por la vereda hacia el este en dirección al Lago; total, son tres kilómetros más y allí nos espera un rosario de buenos restaurantes con terraza. En el camino nos encontramos con un paraje que permaneció asombrosamente intacto un año atrás: el pinar de las Siete Hermanas. Un bosquecillo de esbeltos y altísimos pinos piñoneros a los que desde hace años guarda un cartel de ‘peligro’ de ponerse a su sombra si el día es ventoso, y que la puesta de sol hace de éste uno de los rincones naturales más fascinantes de la ciudad.

Café del Lago, en el Lago de la Casa de Campo

ISABEL PERMUY
Llegar al
Lago de la Casa de Campo
, con su chorro disparado hacia el cielo como si sus aguas guardara una ballena, supone hacer parada de al menos un par de horas para entregarse al aperitivo y, si se tercia, enganchar una comilona donde haya sitio cerca de la orilla (desde los clásicos El Embarcadero o el Urogallo, a los chiringuitos de última generación, como El Café del Lago, El Taller o Villa Verbena). Una legión de ciclistas, ‘runners’ y familias se arremolinan en las mesas y las barras donde más huele a churrasco y gambas a la plancha. Es invierno, pero en primavera el escenario es casi idéntico. En las noches de verano no falta la ilusión de cenar en un puerto de mar.

Hay quien, tomado el café, se daría la vuelta para desandar lo andado cuando cae la tarde, pero lo suyo es avanzar hacia el Manzanares por el Paseo del Embarcadero hasta el Puente del Rey y dar la espalda al sol mientras desciende y le enciende los colores al Edificio España, el Palacio Real, la Catedral de la Almudena o las cúpulas de San Francisco el Grande. A la izquierda, la casa-palacio de los Vargas, a la que ahora el Ayuntamiento mete mano para echar abajo los añadidos contemporáneos; a la derecha, la Huerta de la Partida; y de frente, la Estación del Norte.

Interior de Delic, en la Plaza de la Paja

SIGEFREDO
Y llegados a la Glorieta de San Vicente, según se tercie: si el cuerpo pide sesión de cine, bueno es subir la cuesta y alcanzar la Plaza de España para enfilar hacia los Renoir o los Golem; si se trata enganchar con el tardeo madrileño, propongo caminar por Virgen del Puerto por el lateral de los Jardines de Sabatini, doblar hacia el viejo Madrid por la calle Segovia hacia Puerta Cerrada y elegir entre el chateo en la Taberna el Almendro (Almendro, 13) para culminar con un picoteo de ensaladilla rusa de camarones, croquetas de puchero o carpaccio de atún con manteca colorá en La Malaje (Plaza de la Paja, 10); o merendar una tarta de zanahoria o de pistachos con merengue con un copazo en Delic (Costanilla de San Andrés, 14). Y dejar pasar las horas… El tiempo es el nuevo lujo, doy fe de ello.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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