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Madrid

Radicales de izquierda lanzan piedras a Abascal y Monasterio en su mitin de Vallecas

Lo curioso de Vallecas es que, pese a todo, hay aún solarones a 200 metros de la Asamblea de Madrid. El barrio de Pablo Iglesias no se tomó por asalto, como el cielo según el catecismo de Vistalegre; Vallecas se tomó por el aluvión del Sur que de noche hacía un techado y a eso se le consideraba vivienda. Antes que Pablo Iglesias se autoungiera como santo del barrio, ya andaban por estos pagos el Padre Llanos, y mucho después Paco Jémez, que también dejó su legado en el Campo del Rayo. La cosa es que en esto de ‘la batalla de Madrid’, en el ‘comunismo o libertad’ en que se ha planteado el 4-M, los de Vox fueron a actuar a la Plaza de la Constitución de Vallecas para foguear a Rocío Monasterio. En un momento dado, radicales de izquierda llegaron a arrojar piedras contra la comitiva del partido de Abascal. La Plaza es roja, y así el ladrillo arde en la tarde abrileña. Roja como el ladrillo visto, y rojo como el mito que Pablo Iglesias le concede al barrio. Hay tráfico para llegar a la Plaza Roja, desde la que no se ven las torres del Kremlin pero sí persianas verdes, ladrillo visto y todo como en cuadro de Antonio López. 

En uno de esos balcones, Manuel, asomado, presume del «palquito para cuando lleguen los palos, que habrá». Alguna lechera, de las muchas, de la Nacional derritiéndose y una estatua como de Berrocal. La batalla de Madrid tiene, en este miércoles vallecano, una de sus primeras escaramuzas. Porque es en Vallecas, porque es en la Plaza de la Constitución, porque el Ayuntamiento ha desautorizado el acto de Vox que la Delegación del Gobierno ha autorizado. Un jaleo competencial que no es muy difícil desentrañar. Fernandito da conversación, en el graderío circular de los escalones, a un vecino con una camiseta de Vallecas con la tricolor de pezón a pezón: ambos coinciden en algo atroz. En que es «una lástima que ya no esté la ETA». 

La Policía Nacional dialoga con los vecinos más militantes mientras resuenan mucho los leitmotivs de «barrio obrero», «provocación de la ultraderecha», así, como un mantra. Al espectáculo de ir a ver a Monasterio, con el morbo inverso, acuden dos futbolistas quinceañeras en traje de faena y de algún equipo que ha decidido que en el dorsal rece «Fútbol con principios» y «Vallekas independiente». La cantera, que pide paso. 

Claro que la gente de Vox habla o no, según le den y según el permiso paternal. Con una mascarilla de la Brigada Paracaidista cubriendo el acné, un joven, como en una letanía, dice que no «va a decir nada a medios de comunicación». Preguntado por si es una consigna «de arriba», junta los pies y mira al suelo. En cambio, recién venido de la Calle Viridiana de El Pozo del Tío Raimundo, Pepe dice que, «siendo de aquí de toda la vida» no cree que «esté provocando por venir a escuchar lo que alguien me cuenta que me puede resultar interesante. O no». Cuando se abre el chaleco motorista se le ve la credencial de Vox en la camisa a cuadros. 

Más alla, en la plaza de marras, que la nueva política es cosa de plazas, se van congregando viejos ‘peceros’ que no esconden su vocación en la mascarilla, mascarilla con entidad jurídica propia. Al cronista que bichea, le piden distancia social. Fernandito, llamado así, va pidiéndole explicaciones al bíceps de un Nacional de «por qué se permite que venga aquí la extrema derecha a provocar». Mónica, que estudia algo como de política, se queja de que «el barrio tenga el protagonismo porque ellos vengan a provocar». El helicóptero, casi rasante en la vertical de la esquina de las calles Pedro Laborde y Guillermo Pingarrón, causa una tremolina entre bloques tan juntos. «Puto helicóptero», dice alguien cuando los pájaros huyen.

En una plaza exenta a la plaza, los contrarios a Vox llevan mascarillas del Rayo Vallecano (otra vez el fútbol). Ha de ser el cumpleaños de algún rayista por los abrazos que se ven a la vera de un paso de cebra que no está pintado. A todos, en el fondo, se les ve carita de Domingo de Ramos, que algo parecen hacer por su barrio y por la Historia. Media hora antes del acto, la Policía despliega dos barreras circulares. Llueven latas y huele a multitud y piterío. Todos los colectivos sociales de Vallecas se han dispuesto en torno a la plaza. Saltan algunas latas. La policía controla incluso a los fotógrafos en tanto que los militantes de Vox hacen dos círculos en torno al atril de granito. A una señora la policía, con toda la parafernalia antidisturbios -antiestrés en el argot- le pide documentación, y el graderío silba a la Policía y ya les empieza a llamar directamente terroristas. Retrasada las primeras palabras de Rocío Monasterio unos diez minutos, hay un clamor de «fuera, fuera». Mucha más tensión que en las protestas a favor de Hasel. A los gritos roncos de «yo soy español», resuenan cánticos de un Campo del Rayo hecho plaza. 

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Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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