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Madrid

Del Madrid más castizo al artístico y silvestre, una ruta para cualquier domingo

De Madrid se puede y debe aprovechar todo, hasta los andares. Y de andares por Madrid les voy a hablar. Como residente del centro mismo de la capital me gusta pasearme por esa ciudad de cielos asombrosos a todas horas del día. Mañana, tarde y noche. Si tengo que ir a algún sitio, allá voy andando. Nada de coche, ni de transporte público. Por la acera de la sombra en verano y por la del sol, en invierno.

Recién salida del portal de casa, puedo dirigir mis pasos a la derecha, a la izquierda, al norte o al sur, segura de que siempre me voy a topar con alguna de las excelencias de la Villa y Corte. Como para estas líneas me piden una sugerencia muy concreta, no puedo dejar que mi brújula ‘brujulee’ (valgan la redundancia y la licencia ortográfica) sin rumbo fijo. Decido tomar el callejero más o menos en línea recta, para que me dirija al Barrio de las Letras.

He de atravesar la Plaza de Tirso de Molina, frontera de Lavapiés, con su mezcla de razas, de culturas y estilos. Para algunos, el barrio más ‘cool’, gentrificado ya hasta la médula. Para otros, dueño aún del sabor más castizo de la capital. Por eso, la opción culinaria va de las mollejas a los ‘noodles’; del pincho de tortilla de patata y la caña bien tirada y muy fría al ‘picoteo japo’. No hace falta que les recuerde que cualquier ‘bareto’ del centro tiene algo que aportar no solo a la cocina y sus recetarios, sino a nuestro cuerpo de caminante herido por el ingente tráfico, perturbado por el humo y los bocinazos.

Encarrilo cuesta abajo la calle Huertas, la arteria principal del Barrio de las Letras. Mis pisadas se cruzan con frases de distintos escritores que han habitado y contado las calles de este centro de Madrid. Versos y dichos populares impresos en letras doradas entre los adoquines. «Madrid, castillo famoso / que al rey moro alivia el miedo, / arde en fiestas en su coso…», dejó escrito Moratín.

A la vuelta de la esquina, en la calle de Cervantes número 11, está la casa museo de Lope de Vega. Construida en el siglo XVI, el que fuera uno de los grandes escritores del Siglo de Oro español la compró en 1610 y vivió en ella hasta su muerte, en 1635. Una visita casi obligada, muy recomendable, que dota a estos lares literarios de mayor enjundia, si cabe.

Me cruzo a la vecina y paralela calle de Moratín y paso por delante de uno de mis destinos culinarios preferidos, una vinoteca que lleva el mismo nombre que la vía y está ubicada en el número 36. Tiene los mejores ‘caldos’ espirituosos de los alrededores, y una carta pequeña pero ajustada a los paladares más selectos.

Siguiendo por ese mismo empedrado, al final de la calle está una de mis ‘vermuterías’ de cabecera, ‘La Platería’. A pocos metros, tras degustar un aperitivo, podemos dejarnos llevar por el exquisito gusto artístico de CaixaForum Madrid, donde, hasta el 17 de abril, se puede visitar la magnífica exposición ‘Tattoo. Arte bajo la piel’, apta para todos los públicos, no sólo para los devotos del tatuaje.

Escenarios silvestres
Cruzando el Paseo del Prado, ese que los domingos por la mañana se libera de coches y otros motores y se llena de paseantes que hacen camino al andar, suelo adentrarme, un fin de semana sí y otro también, en el Real Jardín Botánico, uno de los escenarios silvestres por excelencia de nuestra querida ciudad, con permiso del Retiro.

Es increíble, pero muy cierto, que en el mismo centro de Madrid exista tan recogido lugar, donde todavía es posible disfrutar de la naturaleza y de la calma. Yo lo recorro siempre con la misma expectativa: dejarme sorprender por los olores y los colores en cada recoveco. ¡Y siempre lo consigo! Sus visitas guiadas son igualmente recomendables y toda ocasión me parece perfecta para disfrutarlo.

Al salir, con el olfato y la vista bien satisfechos, hay siempre dos opciones igual de apetecibles: adentrarse en el Museo del Prado, una de las mejores pinacotecas del mundo, en mi siempre modesta y muy subjetiva opinión, o girar en sentido contrario y dirigirse hacia la Cuesta de Moyano, donde los libreros de toda la vida guardan numerosos tesoros literarios aún por descubrir.

Si el tiempo acompaña y lo permite, suelo terminar mi paseo en la terraza del Círculo de Bellas Artes, un lugar ideal para ver y ser visto sin pudor mientras disfrutas de uno de los entornos más privilegiados de Madrid, cielo incluido. Quizá sean muchos pasos y demasiadas visitas para un solo día, así que también pueden optar por racionar las recomendaciones, que Roma no se hizo en un día, y tampoco nuestra ilustre capital. Disfruten mucho y no se olviden de bailar.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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