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Madrid

Isabel Díaz Ayuso, cariátide de blanco en al arco de la Asamblea

Mañana como de boda, aunque sea jueves sin sol y con lluvia fuerte y floja. Mañana de nubes sin claros, y Ayuso que ya llevaba de blanco y radiante un buen rato en las dependencias de la Asamblea repasando lo farragoso de una región que también ha de tutelar materias que no lucen. Y ha de hacerlo en 179 pueblos que, tristemente, aún no conocemos ni bien ni todos.

Mañana, pues, del debate de investidura con Ayuso sin tiempo estimado, o con tiempo apro:ximado, entre que en la puerta acristalada se iba reflejando alguna broma de MAR, alguna sonrisa. Y no se olvide esa chaquetilla, austera en contraste con el disfraz de ‘MaskSinger’, que era la que llevaba
Esperanza Aguirre
en ese ‘revival’ de sí misma.

Un cristalón delante, con el brillo limpio merced a los protocolos Covid de desinfección, impedía ver el juego de manos con las distancias obligadas. Por ejemplo, que el alcalde se atusaba la cabeza a un ritmo de 2 por 4. Con ese tonillo interno que siempre bailan, por lo bajinis, los munícipes hiperactivos.

Había dos ‘madrides’ en la Asamblea vallecana:
el Madrid que se sujetaba la puerta como en un palacete de Viena, y el que entraba a las banquetas así, como un vendaval que hubiera cambiado las plazas y las asambleas por eso que los cursis llaman ‘la moqueta’, que es la Asamblea que sí, que sí los representa.

Ahí iban, a diestra y a siniestra, con las carpetas en la mano, que igual daría si la llevaran en la cara. Principalmente la oposición, con unas zancadas para ir aligerando el matadero de ir, ver, oír y callar. Porque iban a un discurso sin nada por ganar o por perderse, sin réplica posible, que es una tarea que va en el sueldo del diputado más callejero.

Pasando el tiempo, el ambiente que se captaba era éste. La presidenta hablando de patinetes mientras que Irene Lozano hacía como que apuntaba, y el ya mentado alcalde en la tribuna de invitados que quizá desconectaba a ratos de su ‘partner’. Porque los tiempos asamblearios -y los dejes de Chamberí- no son los tiempos de las casas de Bertín Osborne
, y eso que sentimos. Aunque en lo de Bertín y en lo de la Asamblea, sí que Ayuso repitió, un poco más solemne, ese mantra de que «Madrid es una España dentro de otra». Una obviedad que no lo es tanto y que hay que explicar a alguno que otro con amor, pedagogía y un esquemita.

Antes de su teoría sobre el carbón, la candidata y presidenta en funciones bien que aprovechó para cargar contra el Gobierno, contra el ‘populismo’, contra los independentistas y hasta contra el ‘sursumcorda’. Y lo hizo antes de hablar del propio carbón, cuyo significado discursivo puede interpretarse en una metáfora facilona del fuego, la combustión y los restos fósiles que quedan en las tabernas y en Ferraz, cuando la hora de cierre.

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Ayuso, insistimos, hablaba mucho de quitar el carbón, de las familias, de «la M-60 verde». Pero también s
e sacó un cheque bebé de 14.500 euros que traerá lo suyo cuando le salga un opositor con cuatro lecturas de demografía para refutar a la presidenta y su

‘baby boom’ postabernario. Mientras todo esto pasaba, parece que Ayuso aguantó más de media hora con un vaso de agua. Acaso por esta razón, ponía la presidenta ese gesto entre el guiño y la autoconfirmación, ese rictus que está a medio camino entre subrayar lo dicho, la petición de un aplauso y la imaginación de abucheos futuros.

Y arriba, en el gallinero/tribuna de invitados, Almeida con un largo etcétera. Eso que llaman el ‘todo Madrid’ que el jueves sí que estaba bien representado. Dijo Ayuso que también se iba a debatir sobre el uso y abuso del móvil, que «podría llegar a ser una patología». Entonces, muchos guardaron el teléfono disimuladamente en la faltriquera o bajo los folios. Lo peor de la mañana es que no dio para ‘memes’, y eso es algo que habrá que consignar cuando toque.

Perdonen que se compare aquí la Ayuso que pide la confianza de la Cámara con la Ayuso que fue a relajarse con Bertín. En pocos días, son los únicos elementos comparativos con los que contamos.

Ayuso, seria, no sonreía por cuestión de etiqueta. El jueves tocaba hieratismo, pero la Cámara, su composición final de sillas, nos dará momentos de gloria cuando podamos contarlo de más cerca, cuando haya libertad en la Asamblea vallecana para recoger dimes y diretes del Ejecutivo regional. Cuando caiga el Covid y las mascarillas y podamos oler la adrenalina, el sudor con Álvarez Gómez mezclado con sudor y todos esos aromas que fueron los más nuestros. Tiempo habrá, también, para ver el mosqueo de quienes pierden su canonjía con la reducción de consejeros.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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