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Madrid

Librerías, bares y reverencia a Isabel II, el plan de fin de semana de Karina Sainz Borgo en Madrid

Salir a pasear por el Madrid de los Austrias prendida del brazo de un personaje de Javier Marías, repasar las justas y cuitas de Cervantes y Lope quitándose el nombre de las calles entre Huertas y Santa Ana, arreglar el mundo en bares taurinos de Fuente del Berro, refrescar el gaznate con una cerveza bien fría en la Cervantes o desayunar un vermú de Los Gatos tras visitar el Museo del Prado. Abundan los planes y el tiempo escasea, así que mejor concentrarse en una ruta y una categoría: bares, museos y librerías en el centro.

De Vergara a la plaza de Ópera

Toda tarde de ópera… (que este diciembre tiene en el Teatro Real las funciones de La Bohème, y en enero El ocaso de los dioses dirigido por Pablo Heras Casado)… Toda tarde de ópera, decíamos, comienza en el número cinco de la calle Vergara, en La Buena Vida, la librería de Jesús Trueba, una de las mejores de la ciudad por su inmenso fondo literario. Pasearse por sus dos plantas una hora antes de la función, o incluso con hora y media de antelación, da para un buen arqueo de novedades y para someter a examen el solvente catálogo de sellos literarios.

Hechos con un libro, o dos o tres en La buena vida, al salir de la librería conviene girar a la derecha, atravesar la plaza de Ópera, hacer una reverencia a Isabel II, y subir por la calle Campomanes hasta dar con el número 13, allí se encuentra Desperate literature, una librería tocada por el espíritu de ‘Shakespeare and company’ o ‘City lights’, en la que es posible conseguir un despliegue de títulos de literatura internacional con ediciones de segunda mano.

Tras comprar otro libro en Desperate literature (es imposible salir sin uno en la mano), hay que desandar el camino en dirección a la calle Felipe V, la que conduce a la plaza de Oriente. En el número dos, es preciso detenerse al menos un minuto frente a una de las vitrinas más hermosas de todo Madrid. Se trata de Mi Favorita Finest Ballet Garments, una tienda especializada en atuendos de danza y en la que tanto el escaparte de zapatillas de punta como el vuelo de los tules y faldas desata un momento fugaz de belleza.

Acabada la función de ópera, hay dos claras opciones. La primera: asomarse a los jardines de Sabatini y dar una vuelta por el Palacio Real, cuya luz nocturna emboba y hace que los cigarrillos sepan mejor. La segunda opción es beber una cerveza o un vino y tomar una ración en la Taberna del Alabardero, epicentro de tertulias durante la transición, un lugar en el que igual se daban cita tenores y políticos, literatos y filósofos y cuyas paredes hoy dan buena cuenta de lo que se cocía en su interior.

Del Prado, Los Gatos y Moyano

El museo del Prado ha hecho una reordenación de la colección de Velázquez que exige una visita enjundiosa. Ha quedado distribuida en 7 salas que agrupan sus obras en el siguiente itinerario: Velázquez y el Naturalismo (sala 10), Velázquez. El viaje a Italia (sala 11), Velázquez. El retrato real (sala 12), Velázquez. Pintura religiosa (sala 14), Velázquez. Enanos y bufones (sala 15), Velázquez. Pintura mitológica (sala 15ª) y Velázquez.

Tras dar buena cuenta tanto de esa reordenación como de la muestra ‘Tornaviaje’, dedicada al arte iberoamericano en España toca cruzar el Paseo del Prado y subir en dirección al Cristo de Medinaceli, bajar por la calle de Jesús y detenerse en el número seis, donde se encuentra la tradicional taberna Los Gatos. Debe pedir allí un vermú, sin duda alguna el mejor de toda la ciudad. Ha de beberlo, si puede, preferiblemente cerca de la ventana, pues es ahí donde mejor se ve la colección de extravagantes objetos que lo decoran: desde un monaguillo con gafas de sol hasta trajes de luces. En ocasiones, la taberna se llena de gente. Como alternativa, en esa misma calle está la cervecería La Fábrica, en la que siempre suena Camarón de la isla y sirven un salpicón de mariscos de vértigo.

A unos cinco minutos andando, entre el jardín Botánico y Atocha, se encuentra la cuesta de los libreros de ocasión, treinta casetas de entre las que destaca la número seis, de Fernando Plaza, que tiene 76 años y la heredó de su padre, quien a su vez la compró en 1926. Desde entonces, él y su familia mantienen el negocio. Más de cinco mil volúmenes recubren las paredes de arriba abajo: ediciones de Aguilar de Quevedo, Cervantes o Lope encuadernadas en piel, enciclopedias, anuarios e historias de la pintura, también las colecciones Crisol y Crisolín, esos libros enanos con aspecto de misal.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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