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Opinión

Severo toque de atención

Las previsiones macroeconómicas de la Comisión Europea han desguazado este jueves la euforia sobreactuada con la que el Gobierno sigue fingiendo que el vigor del crecimiento de nuestra economía es imparable. El varapalo de Europa fue de órdago al rebajar la previsión que hizo Moncloa de crecer un 6,2 por ciento (antes llegó a ser incluso del 6,5) a solo el 4,6. Demasiado desfase, porque además la Comisión hunde también las que ya de por sí eran expectativas negativas del FMI (5,7 por ciento), de la Airef (5,5), de BBVA Research (5,2), o de Funcas (5,1). El escenario es demoledor, entre otros motivos porque el acceso de España a los fondos de rescate depende de la Comisión Europea. Además, la fallida previsión del Gobierno no se corresponde con ningún error de cálculo, sino con la obsesión de inflar artificialmente la recuperación para que cuadren unos Presupuestos Generales irreales e inviables. Al final, todo queda en un engaño al ciudadano, al que se adoctrina con una previsión de crecimiento falsa desde su raíz, y a quien se manipula con las excelencias del gasto público, el endeudamiento sin final y el déficit desbocado. La conclusión es que Europa está diciendo a Pedro Sánchez que España no hace los deberes y que la recepción de fondos sigue condicionada por unas reformas estructurales que no se acometen.

En España, el ‘escudo social’ acuñado como panacea de todos los males es puro marketing político. Lo que hay es un escenario inflacionista que preocupa cada vez más en Europa, y en ese contexto España ha pasado de ser el primer país con mayor expectativa de crecimiento a ser el decimoséptimo. Nuestro PIB solo se corresponde con una ficción creada por el Gobierno a sabiendas de que es falsaria, y eso convierte los Presupuestos en papel mojado por más que Sánchez se jacte de que otros primeros ministros europeos le piden, asombrados, sus recetas contra la crisis. De ser cierto, probablemente sería algún dirigente muy despistado y desconocedor de las cifras reales que maneja la Comisión Europea. El estancamiento ya no ofrece lugar a dudas.

Tampoco se están calibrando con un mínimo de seriedad política la crisis energética, el aumento del coste de las materias primas, las dificultades para su transporte, el crecimiento desmesurado del IPC, y el drama laboral de precariedad y temporalidad. No se trata de retratar el apocalipsis, sino de constatar que el Gobierno vive en una ilusión óptica y que los recursos que ofrece España están siendo utilizados de forma inapropiada. Por ejemplo, en Europa ya han empezado a sospechar del trilerismo con el que Sánchez se compromete a abordar unas reformas, y después las desactiva por exigencia de Podemos para no verse forzado a convocar elecciones. Sánchez tiene cada vez más difícil conciliar sus mensajes de un progresismo de fantasía con un endeudamiento que hipotecará a la próxima generación. Nos ha empobrecido la pandemia, sí. Pero también, nuestra endeblez productiva, la dependencia energética del exterior, y la soberbia política de un Gobierno que no es consciente de lo que ocurre.

La enésima prueba es lo que ha pasado tras conocerse que, en el documento de compromisos remitido a Europa, Sánchez pactó ajustar las pensiones como condición para recibir fondos de la UE. Ajustar, o recortar -lo mismo es-, aunque en el lenguaje de la izquierda estén proscritas esas palabras porque se trata de recortar sin que lo parezca. Sin embargo, el ministro José Luis Escrivá lo desmintió con otro indescriptible ejercicio de funambulismo, según el cual ya nunca se sabe cuándo el Gobierno dice la verdad y cuándo la oculta. A su vez, Pablo Iglesias reapareció para acusar a Escrivá de mentir, lo que revela que el estado de la coalición es catatónico. No solo hay fricciones. Hay una lucha de poder inmanejable que agrava la confusión. Los engaños de los ministros socialistas son ya un clásico. Pero Podemos, que siempre presume de purismo ideológico y que celebra como un triunfo cada vez que se impone a Sánchez, incurre en una hipocresía creciente. Dice votar con la ‘nariz tapada’ la renovación del TC, pero la vota aunque sea con división. Manipula una derogación de la reforma laboral que no es tal. El ingreso mínimo vital ha quedado en residual, y ha asumido la ley de vivienda del PSOE. Podemos no está en el Gobierno para mejorar la vida de los ciudadanos, sino para aferrarse al poder con apego de casta sin ningún proyecto creíble. Por eso nadie dimite. Este proceso solo certifica la decadencia de una coalición sostenida con alfileres que causa desconfianza en Europa. La doble certeza de tanta media verdad es que, pese a todo, Sánchez resiste, y que España vive a lomos de partidos antisistema.

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio.

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