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Opinión

Es hora de despertar del sueño

En los últimos meses asistimos a la aprobación de leyes que atacan derechos fundamentales de la persona (como la vida, con la Ley de Eutanasia; o el derecho a la educación, con la LOMLOE o Ley Celaá) y se anuncian otras que tocan su naturaleza misma, la identidad de la persona (con la Ley Trans). Todo ello en un momento excepcional, marcado por una pandemia mundial que ha condicionado y condiciona nuestra vida diaria, a todos los niveles; pero que, sin embargo, funciona como tormenta perfecta para arrasar con los cimientos de nuestra sociedad de una manera silenciosa, sin movilizaciones, con las personas ocupadas y preocupadas por la evolución del virus y sus consecuencias.

Es curioso que esta situación excepcional en materia sanitaria no ha impedido, más bien ha acelerado, la aprobación de estos proyectos normativos que, es cierto, han contado con mayorías suficientes en el Parlamento, pero la pregunta es: ¿basta con tener mayoría para legislar sobre cuestiones tan cruciales como la vida, la educación o la dignidad de la persona? El positivismo que impera hoy responde afirmativamente a esta pregunta, porque piensa que verdad es lo que dice la ciencia, ético lo que piensa o hace “la Mayoría” y justo lo que aprueba el legislador.

Hoy parece que todo es relativo, que todo es “según el cristal con que se mire”, no hay verdades objetivas porque “¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 38), y la sociedad, como Pilato, deja que sea la mayoría la que decida lo que es justo, vinculando la verdad a la mayoría. Así crecen nuestros jóvenes, pensando que no hay una Verdad que buscar y alcanzar, que dé sentido a su vida y luz a su historia. Qué extraños resuenan hoy los versos del poeta Antonio Machado “¿Tu verdad? No, la Verdad,/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela” (Proverbios y cantares, LXXXV).

La ética universal, verdadero patrimonio inmaterial de la humanidad que debiéramos proteger y defender, se sustituye por un relativismo ético que encumbra a “la Mayoría”, a quien se reconoce el poder absoluto y se convierte en la última fuente del Derecho. Solo así se explica la tibieza con la que muchas veces respondemos a los ataques que se infringen a la misma naturaleza humana, incapaces de responder, paralizados y sumisos frente a “la Mayoría”, ignorando las atrocidades que se han cometido en el reciente siglo XX con el aval de “la Mayoría” y que dieron lugar precisamente a la “Declaración Universal de Derechos Humanos” de 1948, conscientes de que la reciente historia había demostrado que la mayoría puede ser manipulada y engañada, y puede llegar a desprotegerse la dignidad de la persona y los derechos humanos, desapareciendo así el fin último de la libertad.

¿Y qué pasa con “la minoría”? ¿Cómo debe responder la misma? Con la actitud propia de la resistencia, conscientes de que hay una ley natural, inserta en la persona, que nos empuja a vivir libres, respetados en nuestra dignidad y resistentes a toda manipulación ideológica y al abuso de “La Mayoría”. Hoy más que nunca se hace necesaria esa minoría creativa que Benedicto XVI describía como las personas “que en el encuentro con Cristo han encontrado la perla preciosa, que da valor a toda la vida, y, precisamente por eso, logran dar contribuciones decisivas a una elaboración cultural capaz de delinear nuevos modelos de desarrollo”.

Y desde esa resistencia y como minoría creativa debemos ofrecer una alternativa cultural que devuelva la luz de la conciencia colectiva a una sociedad herida. Es hora de despertar del sueño y tomar conciencia de la realidad que vivimos y de la pendiente resbaladiza por la que peligrosamente nos deslizamos.

En la resistencia todos tienen un papel que jugar, a nivel individual y colectivo, personal e institucional, asociaciones y entidades, todos somos necesarios, nadie sobre ¡nadie! y menos las universidades católicas que “si es necesario deberán tener la valentía de expresar verdades incómodas, verdades que no halagan a la opinión pública, pero que son también necesarias para salvaguardar el bien auténtico de la sociedad” (punto 32 de la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae.

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Seamos, pues, esa minoría creativa que dé luz en el ocaso cultural que vive Occidente, desde la vocación de servicio y con ánimo regenerador.

Hagamos nuestro ese “que por mí no quede” de Julián Marías y pasemos a la acción, cada uno desde su responsabilidad.

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José Manuel Pagán es rector de la Universidad Católica de Valencia

Este artículo ha sido publicado originalmente en este sitio

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